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19 octubre, 2020
Guillermo Deloya
Columnas

EL PECADO FAVORITO

¿Quién no recuerda la frase final de Lucifer personificado por Al Pacino en la película El abogado del diablo? En la afirmación sobre la relevancia que tiene la vanidad como pecado capital va inserta una realidad que bien puede hacerse contemporánea.

En este México que rebasa todos los pronósticos posibles sobre las consecuencias de la pandemia la carencia de humildad para corregir el rumbo es devastadora. Hugo López-Gatell camina con pasaporte hacia las más negras páginas de la historia donde, por comportarse con dinámicas de político, dejó muy atrás la objetividad técnica y logística que se requería en este momento de crisis.

Más allá de las cifras el funcionario convertido en una suerte de vocero político raya en la irresponsabilidad criminal al aventurar medidas poco atingentes para la mitigación de contagios y muertes por Covid-19. Prueba del enardecimiento que provoca su halo de grandilocuencia es la también histórica comparecencia de dicho funcionario ante el Senado de la República. Por más que se recuerde no es fácil traer a la memoria una presentación tan accidentada y llena de acusaciones, señalamientos y hasta insultos al antes autonombrado Rock Star de la 4T.

Lo anterior deja lecciones inobjetables. La más importante quizás es que en un asunto de salud que involucra tecnicismos e información científica para la toma de decisiones no se puede ser complaciente con el poder político, y mucho menos tergiversar a conveniencia acciones que de haberse tomado en un momento oportuno pudieran haber salvado centenas de vidas.

Por otra parte, y en contraprestación, la adopción de medidas de política pública que se toman desde las instancias ejecutivas debe tener como único eje rector la búsqueda de la salvaguarda de la integridad física y la vida misma. Hoy llegamos a un punto donde la mezcla indistinta de estos dos caminos configura un esquema de rencillas sumamente lamentable, y que más allá de la discusión sobre el porqué se hizo o no se hizo exacerba los ánimos entre contrincantes con signos de creencia distintos en la política. Dificulta una ruta futura ante un panorama que puede llegar a ser peor por lo que a contagios y muertes respecta.

Excusas

La ya iniciada época de propensión al contagio por influenza agrava las exigencias al sistema de salud nacional. No tendremos cabida para la pronta reacción si no establecemos como objetivo común un recalibrado plan de contingencia sanitaria. Lo visto en el Senado adelanta que la confrontación por momentos se hará insalvable mientras López-Gatell continúe al frente de las decisiones en la materia.

Sin recato alguno el subsecretario es un hábil usuario del sarcasmo, mismo que destina hacia quienes lo cuestionan. Se dice orgulloso defensor de un hombre, Andrés Manuel López Obrador, y hurga afanosamente en el pasado próximo y remoto para poner la flamígera espada de la culpa sobre el signo político de quienes tuvieron responsabilidades hace décadas. Acusa de oscuros intereses que quieren retornar a la penosa corrupción que hubo en todas las instancias del sistema, al tiempo que enardece con énfasis la voz de sus personales fantasmas convertidos en excusas. Diagnostica con sarcasmo infantil de “disonancia cognitiva” a los senadores que se oponen a efecto de elegantemente llamarlos torpes o necios. Sin embargo jamás se le ve dispuesto ni receptivo; a todo señalamiento, aun cuando vaya revestido del más alto rigor de investigación, corresponde una altanera respuesta. Se aventura incluso a la descalificación de grupos de científicos, académicos y reconocidas personalidades por la imperdonable osadía de cuestionarle su tan cuestionable quehacer público.

Un escenario donde se ve en un lejanísimo horizonte la existencia de una vacuna contra el coronavirus, donde el desabasto de medicamentos es motivo de múltiples manifestaciones y en el que además existen debilidades ancestrales en el sistema de salud requiere urgentemente de una distensión pronta para poder generar rumbos y consensos. Lo cuestionado y errático que del cúmulo de decisiones de Gatell justificarían su terminación en la responsabilidad que hasta ahora tiene. Si a los malos resultados le sumamos una actitud definida con maestría por Santo Tomás de Aquino el binomio es impasable. Decía el gran teólogo: “Se peca de apetito desordenado de la propia excelencia de uno mismo”. Soberbia, más que vanidad, definitivamente mi pecado favorito.