Animalítico V. Óleo sobre lienzo, 60x50 cm.
Juan Carlos del Valle
24 febrero, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

LAS BIENALES Y LA PINTURA

Es demasiado caro, dicen, hacer la evaluación a partir de obras físicas.

En México las bienales han proliferado en las últimas décadas. Cuando el pintor Rufino Tamayo instituyó la bienal que lleva su nombre en 1981, tenía como propósito reflexionar sobre el ejercicio de la pintura contemporánea a nivel nacional, así como promover, difundir y fortalecer las diversas expresiones pictóricas de los artistas mexicanos y revelar la actualidad de la enseñanza de la pintura en México.

Al recorrer recientemente la exposición de una de las bienales de pintura más importantes del país procuré aproximarme a la muestra con la mayor neutralidad posible, despojado de prejuicios o escepticismo, y en un genuino afán de disfrutar de una selección de buena pintura mexicana contemporánea. Sin embargo, salvo por pocas excepciones, lo anterior no ocurrió.

Si el sentido de las bienales de pintura es ofrecer un panorama de lo que está ocurriendo en la pintura nacional, es inevitable preguntarse sobre lo que se está poniendo de manifiesto desde ahí. Más concretamente: ¿qué pasó con la pintura en México?

Uno de los cuestionamientos más inmediatos al enfrentarse a la selección de pinturas de una bienal es acerca del criterio operante que las puso en ese lugar. En otras palabras: ¿esto es lo mejor de las opciones que había o esto es lo que eligieron los jueces? ¿Por qué eligieron eso? Y al mismo tiempo: ¿quién designa a los jurados y por qué? He observado de cerca el funcionamiento de algunas bienales y también he podido dialogar con colegas respetados que han fungido como jurado y participantes y en todas parece haber características compartidas.

Por un lado, no suele haber consenso entre los miembros de los jurados. Y aunque esta disensión pudiera enriquecer las muestras, la mayoría de las veces se traduce en discordancias y líneas de evaluación confusas, disociadas e incongruentes. Por otro lado, increíblemente, son pocos los jueces que saben ver pintura. Y es que al margen de posturas ideológicas, plásticas o conceptuales, el requisito mínimo para juzgar pintura debiera ser el conocimiento profundo del lenguaje propia y específicamente pictórico.

Escasez

También parece ser una generalidad el hecho de que en las bienales nacionales se juzga a las obras concursantes a partir de imágenes digitales enviadas por los artistas en vez de piezas físicas. Es evidente que la reproducción digital de una pintura dista ya de por sí del encuentro directo con la misma —y además varía dependiendo del monitor o dispositivo que se utilice para verla—, alterando radicalmente la experiencia de la obra, para bien o para mal, y anulando la posibilidad de valorarla honestamente. Es demasiado caro, dicen, hacer la evaluación a partir de obras físicas. Sin embargo es mucho más alto el costo —y trasciende lo económico— de hacer una mala bienal.

Sobre la alarmante cuestión de la escasez de buena pintura en las bienales me pregunto si se debe a que ya no hay grandes pintores o si es que los hay pero no se enteran de las convocatorias. ¿O será más bien que no les interesa presentarse en concursos de esta naturaleza? Si fuera cierto que, como pretendía Rufino Tamayo, las bienales catapultan su carrera, ¿por qué no les interesaría a todos los pintores participar?

Puede ser que para algunos de los pintores consolidados los premios que ofrecen los certámenes a los ganadores no resulten lo suficientemente atractivos. Pero sobre todo, y más allá de cualquier recompensa económica, la realidad es que las bienales no son hoy espacios de prestigio donde los buenos pintores estén adecuadamente representados y, desde luego, las consecuencias de resultar ganador no derivan en una visibilidad mayor, un reconocimiento internacional (ni local) o la generación de un mercado. La prueba es que para la mayor parte de los ganadores de las bienales ese triunfo no ha representado en absoluto el punto de inflexión de su carrera.

Las bienales nacionales de pintura son aclamadas por algunos como el “último bastión de la pintura” y hay un debate permanente en torno de su actualidad o caducidad. Se está polemizando no solo sobre la pertinencia de la bienal sino sobre la de la pintura misma. La bienal como institución siente la necesidad de justificar su propia existencia y parece que no sabe cómo abordar o enfrentarse a la pintura. Tras los embates que ha recibido en las últimas décadas, la crisis de la pintura se ha manifestado en la escasez de grandes maestros y la consecuente escasez de buenos pintores. De ahí se desprende que todo lo que hay de fallido en las bienales es lo mismo que hay de fallido en la pintura actual.