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19 octubre, 2020
Tomás Caparroso
Columnas

UNA PERSPECTIVA PERSONAL: EDUCACIÓN PARA LA PAZ

La paz no es solamente la ausencia de la guerra.

¿Qué les parece si por un momento dejamos de resolver los problemas con gritos, insultos o agresiones y cambiamos nuestra forma, escuchando al otro con atención, con empatía y con respeto sobre lo que tiene que decir?

Pareciera una situación sencilla pero no lo es. Hoy nuestra sociedad está más dividida, atravesando una severa crisis sanitaria que parece no tener un fin próximo, aunado a otras grandes dificultades que no han tenido la gestión adecuada, como en materia de violencia e inseguridad, de pobreza, de desempleo o problemas con la educación, entre otros rubros.

Sin duda 2020 ha sido un año complejo, de adaptación, de aprender y reaprender, de nuevas formas de trabajo, de un nuevo modo de enseñanza, de interrelacionarse con los otros, de comenzar nuevos proyectos y de culminar otros pese a las inclemencias, de enfocarnos en nuestras necesidades e intereses y, sobre todo, de revalorar lo verdaderamente trascendente de la vida y que nos posiciona en un nuevo lugar para saber hacia dónde nos dirigimos en la construcción de mejores seres humanos y como una mejor sociedad en la búsqueda de orden, progreso y estabilidad.

¿Qué necesita suceder para aprender que la forma en que hemos venido haciendo las cosas no es la más prudente ni la más adecuada? Desde la Segunda Guerra Mundial las naciones están en la búsqueda de promover la paz: si bien hay avances todavía hay mucho sobre lo que se tiene que trabajar.

Educar para la paz, más que constituirse como un modelo educativo en las escuelas, se convierte en movimiento cotidiano, una forma de educar y educarse desde el hogar, el trabajo, la escuela, etcétera, en la que se compagina lo intelectual con lo emocional y de cierta manera propicia una serie de herramientas y habilidades para hacer frente a la violencia, así como convivir y solucionar pacíficamente los conflictos.

Cambio

Educar para la paz se vuelve una necesidad para las sociedades que han sufrido o sufren contextos de violencia y de las cuales se pretende modificar esas pautas de conducta ya que no solo permite erradicar la violencia sino que conlleva una serie de valores como la libertad, la igualdad, el respeto, la justicia, la cooperación y la solidaridad, que además tienen trascendencia en otros sectores.

Nosotros como apasionados e interesados de la mediación y de la cultura de paz nos hemos podido percatar de que este instrumento o mecanismo de solución pacífica de controversias es el idóneo para contribuir a este tipo de pretensiones de la paz ya que nos marca las directrices, herramientas y técnicas para dotar a las partes en conflicto con una perspectiva distinta a la hora de resolver sus problemas mediante una comunicación efectiva, además de coadyuvar a destrabar el conflicto de fondo, lo que permite dialogar respetuosamente y, de vital importancia, encontrar soluciones eficaces.

La mediación en un contexto integral te cambia la vida, la forma de entender las relaciones y de cómo gestionar de mejor manera los conflictos. Implica todo un proceso de educación que puede aplicarse casi a cualquier situación. De cierta manera esto constituye una cultura de la mediación y el mejor ejemplo es todo el esfuerzo y movimiento que se ha generado en la UNAM, principalmente gracias a la exitosa labor del doctor Raúl Contreras Bustamante, director de la Facultad de Derecho, y del Posgrado de Derecho, del cual soy un orgulloso egresado de la primera generación en Mediación y Medios Alternativos de Controversias, comprometido con mi universidad, la mediación y la paz.

En este tenor puedo decir que a pesar de la pandemia las clases en la Facultad de Derecho continúan de forma virtual, pero sobre todo se sigue buscando apoyar a las nuevas generaciones y producir ese cambio de mentalidad para pasar de formar abogados pleitistas a abogados mediadores o conciliadores: dejar atrás esa cultura de la confrontación para entender una cultura de la colaboración.

La sociedad no solo necesita tener mejores juristas sino que necesita tener mejores seres humanos que sean conscientes y atentos a los problemas e intereses, enfocados en soluciones.

Recordemos a la ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1992, la doctora Rigoberta Menchú, quien nos decía: “La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz”.