CIUDAD DE MÉXICO, 28AGOSTO2018.- Sergio Ramírez, periodista, escritor y abogado nicaragüense, durante la presentación de su libro “Ya nadie llora por mi” en la librería Rosario Castellanos, ubicada en la colonia Condesa.
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Andrea Murcia/Andrea Murcia
11 noviembre 2021
Hector González
Columnas

“PARA MÍ, LA LIBERTAD ESTÁ LIGADA A LA JUSTICIA”

“La literatura se basa en la honestidad y en la libertad”.

Sergio Ramírez ha dedicado su vida a estudiar y reflexionar sobre el poder. Durante sus años como estudiante de Derecho se entusiasmó con la revolución cubana y vio en ella, junto con varios compañeros, una vía para derrocar la dictadura de Anastasio Somoza.

El tiempo lo desengañó y comprendió los excesos del régimen castrista, primero, y ahora de quien fuera su compañero de lucha, Daniel Ortega.

Ahora el narrador nicaragüense no puede volver a su país so pena de ser encarcelado por sus opiniones críticas. Su persecución despierta la indignación de políticos y artistas de distintos países. Ramírez en tanto no pierde la esperanza de que la situación en su país encontrará una salida pacífica y sin intervencionismo.

—Usted creció en un tiempo en que libertad y revolución eran casi sinónimos. Hoy, sin embargo, parecen conceptos antagónicos…

—Cierto. El sentido de libertad que nos daba la izquierda como excusa o justificación nos parecía lo más importante. Creíamos que el cambio social era más relevante incluso que la libertad personal. Ese dogma quedó descabezado.

—¿Para usted qué es la libertad?

—La libertad es poder elegir o decidir en igualdad de oportunidades. Para mí es un concepto muy vinculado con la justicia.

—¿En su noción de libertad cómo influye el desencanto político?

—Para bien o para mal soy parte de una generación que no se entiende sin la revolución cubana. Creíamos que si en la isla cayó Batista, en Nicaragua caería Somoza. Lo creímos al menos durante 20 años. Sacralizamos al guerrillero verde olivo. Sin embargo, muchos cambiamos nuestra idea sobre Cuba, en particular a partir del caso Padilla. De Jean-Paul Sartre hasta Mario Vargas Llosa. El cambió se profundizó en el siglo XXI. Ya no existen esas figuras de intelectuales orgánicos, una vez más se busca independencia y eso me parece positivo. Necesitamos intelectuales críticos e independientes de partidos, credos o dogmas. Yo mismo me veo como alguien que más allá de las ideologías y a mi edad contrapongo democracia sobre dictadura. En mi país, sin ir más lejos, quisiera ver una democracia más fuerte y sin represión.

—Ahora mismo usted no puede regresar a su país sin temor a ser detenido…

—Los cargos que me imputan son risibles. Cuando salí de Nicaragua en junio creí que sería pasajero. El desarraigo es complicado y ahora lo estoy asumiendo. Antes, durante la dictadura de Somoza, teníamos la lucha armada como camino. Hoy es distinto y espero que no volvamos a la época de las armas y que seamos los propios nicaragüenses quienes encontremos el camino.

—En aquel entonces Daniel Ortega era su amigo y compañero de causa.

—Éramos jóvenes y queríamos un sistema que fuera una especie de combinación entre el Partido Comunista Cubano y el PRI de México. Creíamos en la revolución como motor de cambio. Desgraciadamente las cosas cambiaron y Ortega terminó como un dictador más en la historia de América Latina.

Represión

—¿Resulta el exceso de poder compatible con la libertad?

—El exceso de poder va contra la libertad. Cuando alguien se ciega por el poder solo busca presionar y ejercerlo sobre las vidas humanas. Quien se obnubila pierde el sentido del tiempo, hace a un lado los escrúpulos e incluso deja de pensar en la muerte.

—¿Cree que eso pasa en Nicaragua?

—En Nicaragua están cerradas las puertas de la democracia. La represión cada vez es mayor y las libertades están restringidas. Las elecciones de noviembre no son más que una simulación. La verdadera oposición está exiliada o en la cárcel y quienes compiten son comparsas de Ortega. Sería una atrocidad que la comunidad internacional lo reconociera como presidente electo en un contexto así.

Morales, el personaje de su nueva novela, Tongolele no sabía bailar, regresa a Nicaragua por cuestiones políticas. ¿Usted se ve de vuelta?

—Por supuesto, pero ya no para hacer vida política. Me retiré y todavía me cuesta tomar distancia. Finalmente soy un articulista y ejerzo mi derecho a opinar. La realidad siempre termina siendo teñida por la política.

—A partir de la relación que establece entre libertad y justicia, ¿cómo concibe a la literatura?

—La literatura parte de la urgencia y la necesidad. Tongolele no sabía bailar es una novela que dialoga directamente con el presente y en ese sentido representó una gran dificultad. Es difícil hablar de procesos que ni siquiera están concluidos. Al principio pensé escribir algunas crónicas sobre las víctimas, pero al no haber estado en el lugar de los hechos no me parecía honesto y para mí la literatura se basa en la honestidad y en la libertad para seleccionar los temas y experimentar con el lenguaje. Llegar a viejo no quiere decir quedarse encerrado en un estilo inamovible. Me gusta sentirme libre de escribir lo que sea.

Perfil

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) es novelista, cuentista, ensayista, periodista, político y abogado. Participó en la revolución sandinista y ejerció como vicepresidente de su país de 1985 a 1990. Fue secretario general del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) en dos ocasiones. En 1996 se retiró de la política para dedicarse de lleno a la literatura. Producto de la militancia es su libro de memorias, Adiós muchachos. Entre sus títulos destacan Castigo divino, Catalina y Margarita, está linda la mar, por el cual ganó el Premio Alfaguara de Novela. Su obra ha sido traducida a más de 20 idiomas. En 2014 fue galardonado con el Premio Carlos Fuentes a la creación literaria en lengua española. Ese mismo año fue nombrado vocal del patronato del Instituto Cervantes en representación de las letras y la cultura latinoamericana. En 2017 obtuvo el Premio Cervantes. Su novela más reciente es Tongolele no sabía bailar.