2026, AÑO BISAGRA: DEL MUNDO A MÉXICO

2026
Columnas
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Arranca 2026 con un mundo menos crispado que en 2024–2025, pero todavía frágil.

La OCDE mantuvo sin cambios su proyección: crecimiento global de 3.2% en 2025 y desaceleración a 2.9% en 2026, con recuperación modesta a 3.1% en 2027. La lectura es doble: evitamos la recesión global, pero el dinamismo se apoya en pocos motores y con riesgos latentes.

En energía, el crudo luce más tendente a la baja que al alza. La OPEP pausó en diciembre su plan de aumentar producción durante el primer trimestre de 2026 ante señales de exceso de oferta. Goldman Sachs y JP Morgan prevén precios del Brent entre 56 y 60 dólares por barril para 2026, con presión adicional por mayor producción de países no-OPEP. La reciente intervención militar estadunidense en Venezuela añade volatilidad, pero apunta a petróleo estable si la demanda no sorprende al alza. Para economías importadoras es un alivio: menos presión inflacionaria y espacio para recortes graduales de tasas donde la desinflación ya avanza.

En comercio, 2026 será un año de revisión: el TMEC entra a su joint review el 1 de julio. No es un trámite; es el momento de renovar confianza o abrir incertidumbre rumbo a 2036. El proceso arrancó formalmente en septiembre de 2025 con consultas públicas en los tres países. Estados Unidos con Trump, podría condicionar la extensión del tratado a ajustes en reglas de origen automotriz, medidas contra trabajo forzado y restricciones a empresas chinas. En tiempos de cadenas de suministro reconfiguradas y aranceles defensivos, el mensaje que envíen EU, Canadá y México sobre reglas y certidumbre valdrá tanto como cualquier estímulo fiscal.

América Latina llega cansada, pero con bolsillos de resistencia. Brasil desacelerará de 2.4% en 2025 a 1.7% en 2026, antes de recuperarse en 2027; México avanzará de 0.7% en 2025 a 1.2% en 2026. La región entera discute cómo convertir el boom de minerales críticos y energías limpias en inversión con licencia social. Para México, el tablero regional agrega competencia y oportunidades si acelera su agenda de infraestructura y talento.

Frentes

¿Qué dice 2026 para México? La Inversión Extranjera Directa (IED) ofrece una base sólida. Al tercer trimestre de 2025, la IED acumulada alcanzó un récord de 40 mil 906 millones de dólares, 14.5% más que el mismo periodo de 2024. Lo más relevante: las nuevas inversiones se triplicaron, pasando de dos mil a seis mil 500 millones, concentrándose en manufactura (37%), servicios financieros (25%), energía y centros de datos. Estados Unidos aportó 39.5% del total, seguido por España, Japón, Países Bajos y Canadá. El reto 2026 no es “más monto”, sino mayor contenido regional en cadenas estratégicas y que la revisión del TMEC amarre reglas que premien producción en América del Norte.

La estabilidad fiscal será otra prueba. Pemex cerró el 3T-2025 con pérdidas de 61 mil 200 millones de pesos (mejora respecto de pérdidas previas, pero aún relevantes) y deuda financiera que ronda los 100 mil millones de dólares. Con petróleo estable y costo financiero todavía alto, la empresa seguirá demandando apoyo público, lo que estrecha el espacio para inversión en salud, educación o mitigación climática si no se ordenan prioridades. La credibilidad de la política económica en 2026 dependerá de cómo se gastan los pesos y de cuántos se absorben en rescates.

¿Dónde están las tareas concretas? Cuatro frentes. Uno, hacer del TMEC un ancla de certidumbre: reglas claras en origen, estándares laborales y solución de controversias sin sorpresas. Dos, desatorar la tramitología energética y ambiental con ventanillas únicas que midan tiempos de respuesta. Tres, aterrizar programas de talento para electrónica de potencia, semiconductores y mantenimiento de robots industriales: capacitación con empresa adentro, no solo con aulas. Cuatro, transparencia radical en proyectos prioritarios: tableros de avance físico-financiero y evaluación independiente de costo-beneficio.

El mundo de 2026 crecerá menos, pero con reglas previsibles puede crecer mejor. Para México el año bisagra pasa por convertir la oportunidad geográfica en capacidad instalada, la IED en productividad y la retórica de la soberanía en energía confiable. Si lo logramos, la desaceleración global será un bache manejable; si no, será la excusa perfecta para otra década de promesas. La decisión, como casi siempre, está más en nuestras instituciones que en los precios del mundo.

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