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25 septiembre, 2020
Alberto Barranco
Columnas

¡AAARRANCAN!

El fin de fiesta dejaba un tiradero de papelitos de apuestas y vasos desechables.

Más que la emoción de la carrera o la bolsa en juego de la apuesta el epicentro en el graderío lo provocaba la pasarela: el collar de turquesas, el sombrero cuajado de flores, la catarata de pulseras, el vestido de seda, los zapatos de correas, los abanicos de China y a veces las estolas y sacos de piel. Los murmullos eran directamente proporcionales al tamaño de la extravagancia.

El México de la elegancia y la distinción, decía la almibarada crónica de El Imparcial al corte del listón. El Hipódromo de Peralvillo nacía, orgulloso, solemne, el 23 de mayo de 1882. El presidente Manuel González levantaba su único brazo en prenda de júbilo.

Lo demás era lo de menos: que los jockey nacionales superaban a los ingleses; que la yegua Marquesa perdió paso en la curva; que mi general apostó su casa a Don Quijote

La locación, parte recta y parte ovalada, caballerizas atendidas por españoles y portugueses, se laxaba con el espectáculo de Joaquín de la Cantolla y Rico, inaudito ascenso de su globo al calce y, en temporada alta, el gran circo del señor Orrin con su estrella principal, el payaso Ricardo Bell.

Las reglas se discutían y dictaban desde los salones del lujoso Jockey Club de la Casa de los Azulejos entre juegos de naipes, copitas de ajenjo u oporto, duelos de esgrima o partidas de boliche con participación del “rey del pulque”, Ignacio Torres Adalid, Manuel Rincón de Teresa, Pablo Escandón o Tomás Braniff.

El padrino se llamaba José Ives Limantour.

La fiesta duró un suspiro: clausurado el 24 de noviembre del año en que nació, el hipódromo de seis mil metros cuadrados murió de soledad, para renacer décadas después como colonia Exhipódromo de Peralvillo.

El destino colocó como vecinos de asiento al apostador profesional Robert Degreat y al rico comerciante en telas Emilio Olvera, fallando en su apuesta el primero, quien la pagaría a tiros de pistola.

Nuevas ofertas

Y aunque el coso seguía vivo en 1911 la mancha de sangre ahuyentó a la clientela.

Incipiente aún el siglo XX llegaría, una década después de la plaza de toros cercana, el segundo acto: el Hipódromo de la Condesa, concreto armado al asombro del respetable y carreras de dos mil 100 metros para equinos tresañeros y espacio para dos mil 400 espectadores.

El tercero se abrió el 6 de mayo de 1943: el Óvalo de Sotelo cobijado en 52 hectáreas con una longitud de mil 408 metros y espacio para 14 caballos en el casillero de apertura, bajo una alfombra de arcilla y arena.

La oferta del Hipódromo de las Américas la colocaría en la mesa el empresario italiano Bruno Plagliai, quien uniría su vida a la de la actriz y bailarina Merle Oberon. La obra la edificaría en ocho meses la firma Joan & Sloan.

Las reglas obligaban a realizar pruebas antidoping a los caballos. La estación radiofónica “de la hora” machacaba una y otra vez: “Aaarrancan, martes, jueves, sábados y domingos”. Si a la inauguración, discurso al calce del presidente Manuel Ávila Camacho, llegó el presidente de Costa Rica, Carlos Calderón, el desfile lo engrosarían Richard Nixon, John Wayne, Humprey Bogart…

Ahora que los imprescindibles eran María Félix y Mario Moreno Cantinflas, aunque revueltos, no juntos, además de Antonio Badú y Mauricio Garcés en busca de una “chica”. El fin de fiesta dejaba un tiradero de papelitos de apuestas, vasos desechables ayunos ya de cerveza… y proa al Monte de Piedad.

En el cartel aparecen como estrellas el Handicap de las Américas, el del Día del Charro, el Copa de Oro, el de la Raza… reservados todos para caballos purasangre o un cuarto de milla. En la bitácora se anota una huelga de jockey. Los paristas, sentados en una fuente al oasis de flores del centro del óvalo, chaparritos, delgaditos, no más de 1.50 metros y 48 kilos, pantalón blanco y casaca roja, dejarían impresa la postal.

Entre las patas de los caballos.