BAD BUNNY EN EL SB: ESPEJO, RUIDO Y… ¿DESPUÉS?

Bad Bunny en el Super Bowl
Columnas
Compartir

La presentación de Bad Bunny —masiva, íntegramente en español, estéticamente política— no fue un paréntesis de entretenimiento: fue un test de estrés del ecosistema identitario estadunidense. Estimaciones iniciales ubican la audiencia en torno de 135 millones de personas, entre las más altas de la historia, mientras la contraprogramación “patriótica” de Turning Point USA apenas reunió unos millones de vistas. El orden de magnitud habla por sí mismo.

El show no fue un panfleto: fue una gramática cultural. Hubo referencias a Puerto Rico, guiños a independencia y una frase final que buscó trascender la coyuntura: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, leída por algunos críticos como resistencia exuberante.

Que en el escenario más mainstream del planeta se articule una latinidad orgullosa —no folclórica— es un dato de realidad: la población latina en Estados Unidos roza los 68 millones, explica buena parte del dinamismo demográfico y económico reciente y no es nicho ni minoría marginal: es un bloque joven, conectado y crecientemente influyente.

Pero el espejo también devuelve grietas. La reacción de Trump y sectores conservadores osciló entre el escándalo y la descalificación; figuras demócratas celebraron el gesto como acto de pertenencia. Lo relevante no es el intercambio de adjetivos sino lo que revela: la política convertida en identidad. Lilliana Mason lo documentó: cuando las lealtades partidistas se fusionan con raza, religión o cultura, surgen “megaidentidades” emocionales que hacen casi imposible escuchar al otro. El superbowl lo ilustró en tiempo real: el mismo espectáculo fue “celebración” o “provocación” según la trinchera desde la que se mirara.

Cass Sunstein advirtió hace dos décadas que los entornos informativos filtrados empujan a la polarización de grupo: a mayor homogeneidad, posturas más extremas. El algoritmo no crea el conflicto, pero acelera sus inercias.

Proyecto común

Desde esa lente, la NFL —conservadora por diseño reputacional— tomó una decisión legible: reconocer, sin paternalismo, el peso cultural y económico de un público al que ya no puede tratar como invitado. La apuesta implica un cálculo frío: el futuro comercial de la liga pasa por audiencias bilingües y negarlo sería mala estrategia antes que mala política. Que el espectáculo conectara con decenas de millones no resuelve ningún dilema político; sí desmiente la fantasía de que la latinidad es un decorado que debe pedir permiso para existir.

Lo que sigue exige distinguir trending de tracción. Un show históricamente visto no sustituye organización, registro de votantes, construcción de coaliciones ni defensa de derechos en tribunales. La cultura abre puertas; la política las mantiene abiertas. El momentum sirve si se traduce en evidencia de que la pertenencia compartida puede articularse sin borrar matices. Eso demanda instituciones —medios, ligas, marcas— que dejen de instrumentalizar la diversidad como campaña y apuesten por públicos mixtos donde el desacuerdo no sea alarma.

No conviene romantizar. La polarización afectiva no se disuelve con un coro; exige incentivos al cruce: periodismo que no hable solo para su tribu, liderazgos que expliquen sin caricaturizar, algoritmos auditables que no premien el outrage como modelo de negocio. En el terreno concreto, el reto es traducir símbolos en compromisos: si Puerto Rico apareció en la pantalla más vista, que aparezca también en la agenda con luz, inversión y respeto a su compleja identidad; si la latinidad se celebró sin pedir traducción, que el acceso a servicios, crédito y ciudadanía plena deje de pedirla.

Decir “somos parte de América” o afirmar que el amor supera al odio no es una plataforma electoral: es un mínimo civilizatorio. La pluralidad cultural no cancela la pertenencia nacional: la enriquece. La latinidad que puso un espejo el domingo no es monolítica ni unanimista: es un archipiélago de acentos y biografías que exige ser visto como ciudadano antes que como mercado.

La memoria pública recuerda estribillos más que papers, pero las sociedades se sostienen con reglas, no con coros. La representación importa y la audiencia responde. La pregunta adulta es si podemos convertir el aplauso en conversación y la identidad en proyecto común. Si la respuesta es sí, el domingo del SB no ganaron “ellos” ni “nosotros”: ganó la posibilidad de reconocernos sin miedo en la pantalla más grande y, desde ahí, ocuparnos de lo que importa fuera del estadio.

×