Uno puede medir la fortaleza real de los gobernantes en su tendencia a perder los estribos o a desesperarse. El político que se siente seguro, protegido, no manifiesta públicamente sensación de amenaza o enojo frente a los desafíos de la realidad cotidiana. Cuando el gobernante ya no administra públicamente sus emociones sino que lo desbordan, uno debe empezar a preocuparse.
Resulta muy desconcertante la obsesión trumpista de pelearse con el primer Papa estadunidense. Uno supondría que ante las críticas de la Santa Sede la Casa Blanca tendría mejores recursos diplomáticos para responder antes que bajar al presidente norteamericano a un pleito de cantina con otro jefe de Estado. Se me dirá que es el sello de la casa del trumpismo, pero nunca será lo mismo entrar en disputa con un gobernante folclórico como Gustavo Petro que con el Papa, líder de más de mil millones de católicos en el planeta.
Se multiplican los reportes en la prensa estadunidense en el sentido de que las organizaciones políticas de los católicos norteamericanos cada vez están más molestas con el mandatario estadunidense. Hablamos de grupos políticos conservadores que apoyaron sus campañas presidenciales y que tienden a identificarse tradicionalmente con la agenda del trumpismo.
¿Qué necesidad tiene, pues, de hostilizarlos? Parece más bien que ha perdido control de sus emociones y no se da cuenta de que ataca a quienes podrían suavizar su derrota en las elecciones intermedias de este año. Sería un cierre inesperado para su segunda presidencia, derrotado no por sus enemigos wokes, progres y el Partido Demócrata, sino más bien abandonado por los mismos grupos conservadores que lo llevaron al poder.
No está de más insistir: el Papa es estadunidense y eso unifica las simpatías de los católicos norteamericanos a su favor. Pero el presidente pareciera pensar que cuando enfrenta al Pontífice se las ve con un argentino populista como era el caso de Francisco, cuando en realidad se encuentra con un sofisticado intelectual y estratega eclesiástico estadunidense.
Batalla
Dice mucho de la política contemporánea que el interlocutor que en la política norteamericana preocupa al jefe de la Casa Blanca sea un heredero de San Pedro y no un gobernador o legislador del Partido Demócrata. Si algo reveló la elección de Hungría el fin de semana pasado es que la batalla se está dando entre distintas modalidades de conservadurismos.
Finalmente, el motivo del choque entre estas dos personalidades fue Irán, vale decir: una intervención militar similar a las que el mandatario estadunidense prometió que ya no habría. Eso quiere decir que los reclamos nacen del mismo discurso trumpista. Se demanda consistencia con las promesas de campaña, no un cambio de ruta. De tal manera que él lleva todas las de perder en este pleito, pero vivimos una época de vértigo y las cosas cambian de un día para otro, ya no se diga en un lapso de semanas o meses.
Por ahora vemos cierta desesperación porque el operativo en Irán no fue tan simple como prometieron aliados y allegados de la Casa Blanca. Mal síntoma cuando un mandatario no sabe leer su momento histórico y tiene que culpar a otros intérpretes del mismo.

