Para muchos, el mundo del narcotráfico ofrece una vida de lujos y poder. Basta observar la indumentaria y las marcas con las que se suele asociar a los principales capos. Los medios han desempeñado un rol determinante en la expansión de la narcocultura, no solo mediante las narcoseries, sino también a través de reportajes, noticieros y la literatura sobre el fenómeno.
Esto no implica únicamente la producción de símbolos propios del tráfico de drogas; incluso muchas representaciones ajenas a su glorificación contribuyen, en cierta medida, a fortalecer esta cultura.
Por ello, en las detenciones de figuras prominentes de los cárteles, su costosa vestimenta atrae a menudo más atención que el propio arresto. A fin de cuentas, hay quienes consideran que vale la pena arriesgarse con tal de disfrutar, aunque sea fugazmente, de ese estilo de vida.
En su obra La invención de lo cotidiano (1996) el historiador francés Michel de Certeau destaca la relevancia de lo que el receptor “fabrica” al consumir contenidos de diversos sistemas de producción: “Por ejemplo, el análisis de las imágenes difundidas por la televisión (representaciones) y del tiempo transcurrido en la inmovilidad frente al receptor (un comportamiento) debe complementarse con el estudio de lo que el consumidor cultural ‘fabrica’ durante estas horas y con estas imágenes”.
Por “fabricar” se entiende producir, crear o generar. En una sociedad dominada por el hiperconsumo, propio del capitalismo actual, la correlación entre este concepto y la narcocultura resulta ineludible. ¿No es, después de todo, atractiva la vida del narcotraficante por la riqueza que proyecta? Mansiones, animales exóticos, vehículos de gama alta, moda y celebraciones; todo ello sumado al poder político, económico y social que proyecta el “negocio”. Para muchos, esa es la vida de privilegios que define ese espacio, una visión reforzada por una vasta producción cultural que trasciende las pantallas, como se observa en los narcotours, que ofrecen al público visitas a escenarios de arrestos o enfrentamientos.
Etiqueta
Resulta difícil sostener que los productores de narcoseries busquen deliberadamente hacer atractivo el mundo del crimen. Sin embargo, su labor ha reconfigurado la percepción del narcotraficante, transformando su imagen en la de una suerte de héroe o antihéroe.
Esta percepción se ve reforzada por los actos de caridad en comunidades vulnerables. La recepción del producto y los factores que influyen en ella juegan un papel fundamental, especialmente cuando se busca plantear estrategias para contrarrestar el fenómeno.
La cultura es un elemento esencial de la sociedad. No es raro observar un consumo masivo de símbolos y estilos ligados al narcotráfico en el país, lo que apunta a una normalización cultural.
En este sentido, la narcocultura representa un desafío para las instituciones y para la sociedad mexicana en su conjunto. Ahora que el fenómeno resuena con fuerza en la retórica estadunidense, donde cada vez más voces hacen eco de su presencia en casi todos los aspectos de la vida nacional, se plantea el peligro de que el narcotráfico se convierta en una etiqueta para catalogar, sin más, la identidad de las y los mexicanos.
Ante tal panorama la pregunta más compleja sigue siendo: ¿por dónde empezar?

