CUENTOS QUE NO SON CUENTOS

Copia de COLUMNAS (1920 × 1080 px)-9.png
Columnas
Share

Hay personas que parecen sacadas de una novela. No porque inventen historias sino porque las viven. Yareli Arizmendi es una de ellas.

La primera vez que la vi fue una tarde de domingo. Laura Esquivel se la presentó a quien terminaría convirtiéndose en su compañero de vida, mi tocayo Sergio. Ella llegó con esa mezcla extraña de belleza, inteligencia y energía que suele desarmar a cualquiera. Tendría poco más de veinte años y cargaba ya una historia que parecía escrita por Corín Tellado después de una noche de insomnio.

Su padre la había enviado a vivir a Estados Unidos cuando era muy joven. Nunca conocí todos los detalles de aquella decisión y, siendo sincero, tampoco pregunté demasiado. Hay historias que pertenecen a quien las vivió y que uno debe escuchar solamente cuando son contadas de manera voluntaria. Lo que sí recuerdo es que Sergio quedó absolutamente fascinado desde el primer momento. Y no hablo únicamente de la belleza física, que era imposible ignorar. Hablo de algo mucho más difícil de encontrar: una vitalidad auténtica, una inteligencia despierta y una manera de mirar el mundo que hacía que cualquier conversación se volviera interesante.

La primera cita de aquellos dos merece un lugar especial en el museo universal de las malas ideas que terminan funcionando.

Fuimos a las luchas.

Sí, a las luchas.

Nada de cenas románticas, velas, música suave o paseos bajo la luna. No. El escenario elegido fue el Embudo Coliseo, entre gritos, máscaras, llaves, patadas voladoras y el olor inconfundible de la cerveza derramada sobre el concreto.

Cuando llegué a mi casa y le conté a mi madre, soltó una carcajada.

—¿Cómo se les ocurre llevar a alguien a las luchas en una primera cita? Es lo más antirromántico que he oído en mi vida.

Y probablemente tenía razón.

Entrañable

Sin embargo, el amor tiene la mala costumbre de ignorar los manuales. Mientras los luchadores se lanzaban desde las cuerdas, Sergio recibía sus propias huracarranas sentimentales. Lo que parecía una salida extravagante terminó convirtiéndose en el inicio de una historia que ya supera las tres décadas y media.

Treinta y tantos años.

Con el paso de los años descubrí algo que muchos de los que conocen a Yareli saben perfectamente. Además de actriz, escritora y productora, posee una rara combinación de sensibilidad y sentido común. Dicho en palabras más sencillas, es el faro que suele evitar que los demás nos estrellemos contra las rocas de nuestras propias pendejadas.

Y cuando digo los demás, me incluyo sin ninguna vergüenza.

He visto más de una ocasión en la que una conversación con ella logra poner orden donde parecía haber únicamente caos. Tiene esa capacidad de escuchar, analizar y ofrecer una perspectiva distinta sin necesidad de levantar la voz. Es un talento poco frecuente en una época donde todo el mundo quiere hablar y casi nadie quiere escuchar.

Por eso no me sorprende que haya escrito Pasado perfecto.

Más que una novela, el libro me parece una conversación íntima con los fantasmas que todos llevamos dentro. Algunos lectores encontrarán ficción. Otros encontrarán memoria. Muchos descubrirán ambas cosas mezcladas de manera inseparable.

Porque al final la literatura funciona así.

Los escritores solemos disfrazar la realidad para decir la verdad.

Cambiamos nombres, modificamos escenarios, alteramos fechas y maquillamos recuerdos. Pero debajo de todas esas capas permanece intacta la emoción original. Ahí es donde vive la verdadera literatura.

En Pasado perfecto Yareli construye una historia donde el pasado regresa para exigir respuestas. Una mujer recibe la noticia de la muerte de su padre después de décadas de silencio. Lo que parece un acontecimiento aislado termina convirtiéndose en una excavación emocional. Poco a poco aparecen recuerdos, preguntas, heridas antiguas y secretos familiares que parecían enterrados para siempre.

La novela habla del perdón, pero no de ese perdón simplista que suele aparecer en las frases motivacionales. Habla del perdón difícil. Del que exige mirar de frente aquello que nos lastimó. Del que no siempre implica reconciliación, pero sí comprensión. Quizá por eso el libro resulta tan cercano. Es una obra entrañable, honesta y profundamente humana. Una novela para quienes disfrutan las historias donde la ficción y la realidad se toman de la mano hasta volverse indistinguibles. Enhorabuena. Y que vengan muchos libros más.

×