A la 1:01 de la madrugada del 3 de enero, mientras Caracas dormía bajo un silencio engañoso, la Fuerza Delta del Ejército estadunidense aterrizó en la ciudad que durante dos décadas aprendió a convivir con el miedo. Tres horas después Nicolás Maduro —el hombre que convirtió las mayores reservas de petróleo del planeta en maquinaria de hambre— estaba a bordo del USS Iwo Jima, rumbo a Nueva York, para enfrentar cargos de narcoterrorismo.
“Lo vi como si estuviera viendo un programa de televisión”, declaró Donald Trump desde Mar-a-Lago, con la frialdad de quien observa violencia sin pagar sus consecuencias.
Lo que ocurrió no es un capítulo más de la larga pesadilla venezolana: es el parteaguas que separa el tiempo de la resignación del tiempo de las decisiones.
Estados Unidos ejecutó el golpe quirúrgico más audaz en América Latina desde 1989 y anunció que “dirigirá” Venezuela hasta lograr “una transición apropiada”. La pregunta inevitable es si, con todas sus aristas legales y geopolíticas, este golpe contra una dictadura abre por fin la puerta a la libertad. La respuesta es condicional: sí, siempre que el remedio sea temporal, verificable y conduzca a instituciones venezolanas, no a una ocupación permanente.
Fracturas
Para entender la magnitud del quiebre basta con mirar los números que sangran: más de dos décadas de erosión institucional; elecciones fraudulentas que convirtieron el voto en pantomima; purgas militares y control político de PDVSA; 7.7 millones de personas en diáspora —una nación entera desplazada, el equivalente a vaciar por completo Bolivia—; producción petrolera desplomada de 3.3 millones de barriles diarios a menos de 900 mil.
El país con las mayores reservas probadas de crudo del planeta —303 mil millones de barriles, suficiente para abastecer al mundo durante una década— reducido a la inevitable miseria socialista: riqueza infinita bajo tierra y hambre sobre ella.
No fue mala suerte: fue el Estado autoritario, dictatorial, autócrata, asfixiando al individuo. La pregunta no era si Maduro caería, sino cuándo y cómo. Trump eligió el cómo: poder militar abrumador, captura extrajudicial, juicio en Nueva York. El cuándo lo dictó la oportunidad operativa tras meses de rastrear cada movimiento del dictador.
El mundo reaccionó con fracturas que revelan más sobre intereses nacionales que sobre principios. Milei celebró; Lula denunció que “traspasaron una línea inaceptable”; Petro ordenó tropas a la frontera y pidió reunión urgente del Consejo de Seguridad; México invocó la Doctrina Carranza; la Unión Europea reconoció que Maduro “carece de legitimidad”, pero exigió respeto al derecho internacional; Guterres calificó la operación como “precedente peligroso”; China y Rusia exigieron “aclaración inmediata”.
La división es clara: quienes temen el método vs. quienes celebran el resultado. Pero ninguno puede negar que el multilateralismo fracasó primero.
Tres pilares
El debate jurídico, aunque ardiente, es secundario frente a la pregunta estratégica: ¿qué sigue? Estados Unidos no capturó a Maduro para después preguntarse qué hacer con Venezuela. Marco Rubio admitió que Maduro recibió “múltiples ofertas muy generosas”, pero “prefirió jugar como un niño grande”. Pete Hegseth advirtió que “EU puede imponer su voluntad en cualquier lugar y en cualquier momento”. El mensaje a autocracias es cristalino. Pero el desafío real no es militar, es político: ¿cómo convertir una victoria operativa en estabilidad sostenible? La historia está plagada de victorias militares que se pudrieron en pantanos políticos.
Tres escenarios emergen del humo del bombardeo, cada uno con probabilidades distintas y consecuencias asimétricas.
El primero —optimista, pero no inverosímil— es una transición rápida liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, quienes ganaron las elecciones de julio de 2024. Machado ya declaró que “llegó la hora de la libertad” y que están “preparados para liberar presos políticos y traer a nuestros hijos de vuelta a casa”. Este camino requiere tres pilares: un acuerdo civil-militar que ofrezca amnistías condicionadas a mandos sin crímenes atroces —Vladimir Padrino López es la figura clave—; liberación inmediata de presos políticos y elecciones verificables en 12-18 meses; y desmantelamiento gradual del Cartel de los Soles y el Tren de Aragua, que controlan rutas de cocaína, oro y contrabando en ocho países. Además, como explicó Marco Rubio, limpiar a Venezuela de los narcoterroristas internacionales que la dictadura de Maduro acogió, principalmente, los miembros de las guerrillas colombianas. Este escenario baja violencia, atrae capital, legitima el cambio. Pero exige timing perfecto y voluntad de negociación que la polarización hace frágil como cristal.
El segundo —peligroso y probable si falla el primero— es la fragmentación; y aquí la palabra se queda corta para describir el horror que podría desatarse. Sectores del chavismo sin Maduro podrían reorganizarse: Diosdado Cabello desde la clandestinidad, Delcy Rodríguez refugiada en Rusia, facciones militares leales no a una ideología sino al negocio. Sin liderazgo central, el aparato represivo muta en feudos criminales: señores de la guerra cobrando peaje por cada litro de agua y cada respiro de libertad. Venezuela se convertiría en Somalia caribeña, donde grupos armados compiten por rentas criminales. La crisis migratoria de 7.7 millones podría duplicarse: imaginen 15 millones de venezolanos desperdigados por el continente, cada uno con una historia de pérdida, cada uno con un motivo para nunca volver. Evitarlo requiere control territorial inmediato, inteligencia financiera que asfixie economías paralelas y cooperación regional que hoy no existe. Sin esa cooperación, este escenario no es distópico: es inevitable.
El tercero —el peor para la legitimidad regional— es una tutela estadunidense prolongada. Si Washington mantiene administración directa más allá de seis meses, la narrativa de “liberación” muta a “ocupación” y toda la buena voluntad se evapora. Nacionalismos dormidos despiertan. Insurgencias se justifican con retórica antiimperialista que América Latina conoce de memoria. Cuba, Rusia y China financian resistencia como proxy war y Venezuela se convierte en tablero donde grandes potencias mueven fichas sin importarles cuántos venezolanos mueren. Trump mostró su cálculo con transparencia brutal: “Vamos a hacer mucho dinero con el petróleo venezolano”. El lenguaje transaccional alerta: ¿recuperación legítima de activos o neocolonialismo energético con máscara de liberación? Sin autoridad venezolana reconocible al frente, sin cronograma vinculante de salida, sin multilateralismo que legitime cada paso, la victoria militar de hoy se convierte en el pantano político de mañana. Y los pantanos no se drenan con misiles.
Legitimidad
La vida cotidiana se mide en realidades más inmediatas que cualquier análisis geopolítico. Una madre que camina kilómetros vendiendo chicles para comprar comida. Un ingeniero petrolero que trabaja de repartidor en Bogotá porque su título no vale nada. Un hospital donde las cirugías se hacen sin anestesia. ¿De qué sirve la estabilidad de precios cuando 50% de los hogares no tiene ingreso para comprar lo básico?
Sin paquete humanitario robusto y sin seguridad pública básica, cualquier autoridad interina pierde legitimidad en semanas. Y no hay legitimidad sin justicia: desmantelar aparatos represivos, procesar perpetradores, garantizar libertades civiles no son el adorno de una transición, son el cimiento. Estados Unidos puede capturar a Maduro en una noche, pero no puede construir Estado de Derecho con misiles. Eso solo lo hacen venezolanos con instituciones que funcionen.
El factor petrolero explica tanto como condena. Rehabilitar campos abandonados, restaurar oleoductos, reconstruir refinerías requiere entre 150 y 200 mil millones de dólares y cinco a siete años de inversión sostenida. Chevron, Repsol, TotalEnergies no pondrán esos recursos sin tribunales independientes, sin arbitraje internacional vinculante, sin certeza de que el próximo gobierno no nacionalizará otra vez.
“La libertad no llega como regalo ni como botín de guerra”.
La comunidad internacional deberá ligar cada alivio de sanciones a hitos medibles: liberación de presos, reforma electoral, independencia judicial. Y la oposición venezolana tendrá que superar la tentación del reparto clientelar; su legitimidad ya no vendrá de la resistencia heroica, sino de la capacidad de administrar lo público con transparencia quirúrgica.
En el tablero geopolítico las fichas se mueven con velocidad de vértigo. China tiene 60 mil millones de dólares en deuda petrolera y enfrenta un dilema: ¿reconoce un gobierno interino pro-occidental para recuperar centavos por dólar, o financia insurgencia chavista? Rusia pierde su base aeronaval en Punto Fijo, su único puente militar al Caribe. Si acepta esta derrota sin respuesta, ¿qué mensaje envía a sus aliados en Siria, África, Nicaragua? Cuba enfrenta colapso energético inmediato: sin los 50 mil barriles diarios subsidiados la isla podría generar la mayor ola migratoria desde los balseros de 1994. Irán pierde su único vínculo en Occidente. El tablero no es venezolano, es hemisférico y global. Y cada jugador tiene incentivos perversos para desestabilizar si no obtiene garantías.
México
¿Y la lección para México? No es moral, es de vigor institucional. México condenó la operación invocando la Doctrina Carranza. Pero la realidad brutal es que cuando un régimen destruye instituciones, convierte la petrolera estatal en botín, asfixia la prensa y corrompe tribunales, la soberanía se convierte en ficción. La comunidad internacional no intervino porque amara la democracia, sino porque un narcoestado con 7.7 millones de refugiados desestabiliza a todos.
México debe preguntarse con honestidad incómoda si sus propios contrapesos —INE, Suprema Corte, medios independientes, Pemex con autonomía técnica— son suficientemente sólidos para resistir décadas de erosión, o si estamos a un líder carismático de distancia de repetir el ciclo venezolano.
La soberanía no vive en el discurso del balcón sino en el contrapeso que se atreve a decirle “no” al poder, aunque el presidente grite. La filosofía liberal no es lujo intelectual sino antídoto cotidiano contra el autoritarismo que siempre promete paraísos y entrega infiernos.
Hoy, ante el estruendo que despertó a Caracas, vale recordar que la libertad no llega como regalo ni como botín de guerra: llega como pacto frágil entre ciudadanos que deciden construir en común. Un pacto que debe ser venezolano en su esencia, acompañado por el mundo, pero no sustituido por él, vigilado por instituciones multilaterales y con fecha de caducidad clara para cualquier tutela externa. Si Estados Unidos respeta ese cronograma, si convierte poder militar en transición política, si tiene la sabiduría de retirarse cuando el trabajo esté hecho, la noche más larga de Venezuela habrá servido para reconciliar a un país con su futuro. Si lo incumple, si la “liberación” se convierte en ocupación disfrazada, el continente aprenderá una lección que costará décadas olvidar: que sin Estado de Derecho, toda victoria militar es espejismo.
Pero seamos profundamente honestos: entre el caos narcoestatal de Maduro y la ocupación militar de Trump, ¿existió un camino intermedio que América Latina debió construir y no construyó por cobardía, por cálculo político, por complicidad disfrazada de neutralidad? ¿Pudieron la OEA, Brasil, México, Colombia haber forzado una transición negociada antes de que la Fuerza Delta aterrizara? La respuesta más incómoda es sí, y ese sí nos condena a todos.
El fracaso del multilateralismo latinoamericano —su incapacidad para detener dictaduras en el vecindario— es lo que permitió que Washington decidiera solo. Y ahora cosechamos lo que sembramos: un continente fracturado que paga hoy la factura de su omisión: esa neutralidad diplomática que siempre fue complicidad disfrazada.
La historia venezolana, por fin, puede dejar de escribirse con hambre, miedo y éxodo. Que la escriban, desde hoy, ciudadanos libres que votan sin terror, empresas que invierten porque confían en que los contratos se respetarán, jueces que fallan porque la ley los obliga. A eso le llamamos libertad; el único activo que no pueden expropiarnos si nos negamos a ser siervos. Y sobre el abismo que aún falta cruzar, a eso le debemos, sin titubeos, pero con honestidad, nuestra voz estridente y nuestro escrutinio implacable.

