José Manuel Schmill es una presencia constante en mi memoria. A propósito de su natalicio –habría cumplido noventa y dos años en abril–, he sentido la necesidad de escribir estas líneas.
Schmill fue mi primer contacto directo con un pintor vivo. Cuando yo tenía tres años retrató a mi mamá. Fui testigo, sin saberlo, de una práctica entonces más común y significativa: el oficio como una práctica viva, necesaria, cotidiana. La pintura sucediendo frente a mí.
Crecí viendo su pintura. Algunas de mis primeras memorias pictóricas son suyas: obras colgadas en mi casa y en la oficina de mi papá, amigo cercano de su hermano Ulises.
Desde entonces aprendí a reconocer sus temas: retratos, paisajes, desnudos, criaturas monstruosas que más tarde él llamaría fancy free. Fue un referente decisivo en mi formación, al punto de que a veces me pregunto si estaría hoy en el mismo lugar sin esa influencia. El contacto temprano con el arte deja marcas indelebles.
Schmill era, en sí mismo, una personalidad. Vehemente, apasionado, incontenible. No respetaba nada. Coincidíamos esporádicamente en distintos contextos y siempre lo recuerdo igual: imposible de domesticar. Irreverente, burlón, imprudente, a veces grosero, casi siempre divertido. Tenía el gusto de incomodar, de romper el protocolo, de decir lo que no debía decirse. Y, al mismo tiempo, era culto, sensible, refinado, incluso caballeroso.
Hoy, en una época marcada por la susceptibilidad inmediata, la corrección política y el temor a disentir, se echan de menos figuras así: voces incómodas pero más libres, críticas sin cálculo, inteligencias que no negocian su pensamiento. Schmill pertenecía a esa especie cada vez más rara. No por provocación vacía, sino por una forma genuina de confrontar, de sacudir inercias.
Yo solía mantener cierta distancia. Me producía curiosidad y una especie de fascinación. En él se adivinaba un mundo interior hecho de libros, música, pintura y experiencias que para mí eran aún inaccesibles.
Cuando llegó el momento de decidir, la pintura –o la sensación de que, en realidad, ella me había elegido a mí– apareció con claridad. Quizá en parte porque Schmill ya habitaba el paisaje de mi memoria. Sin embargo, terminé estudiando con Manuel García Jurado, uno de sus grandes amigos y al igual que él, alumno de Bardasano. Más tarde vendría Demetrio Llordén, quien también había sido su compañero de juventud. Durante años, Schmill existió para mí en relatos ajenos, en anécdotas, en ecos, en historias imposibles de verificar.
No fue sino hasta la muerte de Llordén, y después de haber estudiado pintura durante años, que me acerqué a él desde otro lugar: ya no como niño curioso, sino como pintor formado que quería seguir aprendiendo. Lo busqué y me respondió con naturalidad: “Venme a ver y tráeme lo que haces”.
Conocí entonces su departamento-estudio: una mezcla de taller, biblioteca y gabinete del terror. Había música, libros, películas y objetos extraños por todas partes. Era exactamente el espacio que uno imaginaba para él. Me propuso salir a pintar paisaje, algo que yo deseaba ejercitar más. Así comenzó una etapa que recuerdo con gran afecto y agradecimiento.
Durante más de un año salimos constantemente a pintar: pueblos remotos, ruinas, iglesias abandonadas en lo alto de algún cerro. Lugares a los que todavía podía llegarse. En ocasiones los paisajes para pintar parecían una vieja película de horror, de esas que tanto le gustaban. Hablábamos de música, cine, literatura, pintura, cuestiones existenciales o historias suyas que permanecen en la zona ambigua entre el mito y la verdad. En nuestros ratos libres íbamos a librerías o buscábamos discos.
Entre nosotros predominaban las afinidades, pero también había discrepancias que lo hacían todo más interesante. Por ejemplo, a mí me fascinaba Celibidache –a quien él había retratado–; a él no. En la pintura, esas diferencias se movían en un terreno más técnico, propio de un diálogo entre pintores.
Schmill, como su pintura, era profundamente dual. En sus mujeres más bellas aparecía algo inquietante; en sus monstruos más feroces, una extraña ternura. Lo mismo ocurría con él. Detrás de la irreverencia había cortesía. Detrás del sarcasmo, bondad. Detrás del escándalo, sensibilidad. Por esos años también me retrató. Y aunque la relación era muy cercana, nunca dejé de hablarle de usted.
Lo recuerdo y extraño nuestra complicidad: las conversaciones, las carcajadas, esa forma de vivir por y para el arte. Nuestro vínculo era como ciertos licores intensos, que incluso en pequeñas dosis, embriagaba mucho.

