LA LIBERTAD NO PIDE PERMISO

 Isabel Díaz Ayuso
Columnas
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La intervención de Isabel Díaz Ayuso en la Universidad de la Libertad (UL) no fue una visita protocolaria: fue la exportación de una gramática política. En su eje más sólido —“no se pide permiso para defender la libertad”— colocó la libertad no como una pieza del debate, sino como su condición previa: aquello que debe protegerse incluso cuando incomoda, incluso cuando divide, incluso cuando se vuelve impopular.

Ese marco tiene una arquitectura reconocible. Primero, define un adversario ideológico: lo que llamó “pensamiento colectivista totalitario”, una forma de política que busca administrar emociones negativas para que el ciudadano acepte vivir con menos y dependa más del poder.

Esa descripción, más moral que técnica, revela su estilo: Díaz Ayuso no discute solo políticas públicas; discute el tipo de persona que una política produce. En su lectura, el colectivismo no administra bienes públicos: administra afectos.

Segundo, introduce el miedo como herramienta política deliberada. Denunció que “se fomente el miedo” para ejercer poder y que no debe haber ciudadanos ni representantes intimidados.

Este punto puede separarse del ruido coyuntural y volverse universal: las democracias mueren, a veces, no por la abolición formal de elecciones, sino por la erosión cotidiana de garantías. Cuando la crítica se penaliza socialmente, cuando el disenso se vuelve sospecha, cuando la reputación se convierte en campo de castigo. Ahí Díaz Ayuso sostiene un argumento clásico: sin libertad de expresión y sin seguridad jurídica, la democracia se vuelve fachada.

Tercero, habló de civilización y responsabilidad. Insistió en dejar de “comprar la versión acomplejada” del pasado para evitar que la sociedad eluda su responsabilidad sobre el presente y el futuro. Y remató con una frase que condensa su propuesta simbólica: “Que la libertad nunca tenga que pedir perdón”.

Contrapesos

La idea es nítida: una política anclada en culpa histórica tiende a fabricar identidades resentidas; una política anclada en responsabilidad colectiva mueve la energía social hacia construcción, no hacia ajuste de cuentas.

Hasta aquí, el mapa general de su pensamiento. Pero un análisis de altura también debe señalar el filo que corta en ambas direcciones.

El primero es conceptual: cuando “libertad” se convierte en bandera absoluta, corre el riesgo de volverse identidad de bando. La libertad liberal se fortalece cuando tolera el desacuerdo y lo vuelve método; se debilita cuando reduce al adversario a caricatura. El discurso que denuncia polarización puede, si se vuelve consigna, reproducirla con el signo invertido. La prueba del liberalismo contemporáneo es esa: demostrar que puede convivir con lo que le incomoda sin pedir censura ni obediencia.

El segundo filo es institucional. Díaz Ayuso insiste en que “del socialismo se sale”, pero lo difícil no es salir de una etiqueta; lo difícil es construir reglas que impidan que cualquier proyecto capture al Estado. Las democracias no se protegen con intenciones, sino con contrapesos: prensa libre, justicia independiente, transparencia y procedimientos limpios. El valor del discurso se mide por su propuesta: ¿cómo se traduce la “libertad” en instituciones que sobrevivan a los gobiernos?

Hay un tercer elemento que merece subrayarse: el valor de la semilla. Su intervención universitaria no es el punto de llegada; es el punto de partida. Los debates que transforman sociedades suelen comenzar en foros académicos antes de expandirse a la plaza pública. Lo que Díaz Ayuso dejó en México no es solo un discurso: es una invitación a que esa conversación sobre libertad, responsabilidad e identidad se extienda a más universidades, más ciudades, más generaciones. El pensamiento liberal necesita territorios donde crecer, y cada foro que lo acoge amplía el mapa.

La presidenta de la Comunidad de Madrid vino a recordarnos que “libertad” ya no es una palabra decorativa: es un campo de batalla moral en Occidente. Su intervención ofreció una tesis fuerte: la política que administra emociones y divide por identidades puede destruir democracias desde dentro. Esa tesis no caduca al terminar el evento; se vuelve más relevante cada vez que alguien la retoma, la discute y la convierte en argumento propio.

La pregunta que queda —para España, para México, para cualquier democracia en tensión— es si somos capaces de defender la libertad sin volverla trinchera y de construir futuro sin cargar el peso de culpas que no nos corresponden. Isabel Díaz Ayuso plantó esa semilla. Que germine depende de cuántos decidan esparcirla.

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