Érase una vez una época en la que una exposición era, simplemente, una exposición. Un lugar de encuentro alrededor del arte. Asistir a una inauguración de una galería era una experiencia mucho más simple: una copa de vino, una botana, una conversación. Las obras, que no pretendían ser más ni menos que lo que eran, formaban parte de la vida cotidiana; habitaban casas, restaurantes, oficinas y consultorios.
No era un mundo ideal. Existían rivalidades, jerarquías, arbitrariedades y exclusiones. Pero también había cierta naturalidad que hoy parece escasa. Nadie esperaba que una exposición se transformara en una experiencia inmersiva, una estrategia de posicionamiento, una pieza de contenido o una plataforma para exhibir credenciales culturales, morales o ideológicas. Era un ecosistema más pequeño, más orgánico y menos producido. Como lo era también gran parte del mundo antes de que todo comenzara a medirse en términos de rendimiento, visibilidad y espectáculo.
Las exposiciones dejaron de ser encuentros para convertirse en acontecimientos. El espectáculo empezó a desplazar la conversación, la experiencia a sustituir a la obra y la representación a imponerse sobre la vivencia misma. Todo empezó a volverse más escenificado, más calculado, más fotogénico. Ya no basta con mostrar una obra; hay que construir una narrativa, generar expectativa, diseñar momentos compartibles y alimentar una maquinaria de atención que nunca se detiene. Poco a poco, el arte ha ido adoptando las mismas lógicas que dominan el resto de la vida contemporánea: aceleración, hiperestimulación, sobreproducción, simulación, visibilidad permanente y renovación constante.
Apenas termina una exposición, la siguiente ya está esperando ocupar su lugar. Tan pronto se inaugura un proyecto, ya es insuficiente frente al que viene después. Todo debe ser más visible, más fotografiable, más comentado, más novedoso. Lo que importa ya no es únicamente la calidad de lo que se hace, sino su capacidad para capturar una atención cada vez más fragmentada. La lógica del scrolling se ha instalado en la vida cotidiana. Hacemos scroll en las exposiciones, en las conversaciones y hasta en las relaciones. Consumimos imágenes, proyectos y personas con la misma velocidad con la que consumimos contenido.
Vivimos en una cultura que mide el valor de las cosas –y de las personas– por su capacidad de producir y optimizar. La productividad se ha convertido en una virtud; la contemplación, en una sospecha. Quien se detiene corre el riesgo de desaparecer. Y, sin embargo, casi todo lo que realmente importa –una amistad, una pintura, una idea, una conversación– necesita tiempo. Estamos rodeados de herramientas diseñadas para ahorrarlo, pero rara vez nos preguntamos qué hacemos con él. La paradoja es que, mientras buscamos ser cada vez más eficientes, pasamos horas adormecidos frente a una pantalla. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para optimizar la vida y pocas veces habíamos estado tan distraídos de ella. Cuanto más adoptamos los ritmos de las máquinas, más nos alejamos de aquello que nos hace humanos. El sueño capitalista americano, ha derivado en una pesadilla.
En esa misma lógica, las relaciones han adquirido un carácter cada vez más instrumental. Conocer personas es equivalente a acumular contactos. Las conversaciones se evalúan por su utilidad potencial. El afán de optimización ha terminado por colonizar espacios que antes pertenecían a la amistad, la curiosidad o el simple placer de compartir tiempo con otros.
Nunca había sido tan fácil difundir una obra. Los medios tradicionales han perdido buena parte de su influencia y, a la vez, cualquiera puede construir una audiencia desde una plataforma propia. Sin embargo, entre tantas voces compitiendo simultáneamente por atención, pocas veces ha resultado tan difícil sentirse verdaderamente conectado con una obra, una idea o una persona. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de contacto y tan pocas de conexión. Quizá esa sea una de las formas más profundas de la enajenación contemporánea.
¿Qué le queda entonces al artista si las estructuras que existían antes ya no funcionan pero las nuevas resultan desconcertantes, abrumadoras, deshumanizantes? Quizá el verdadero acto de resistencia consista en preservar la propia humanidad; la propia identidad. Pienso entonces en aquellas inauguraciones modestas, las de la copa de vino y los cacahuates. No porque fueran mejores, sino porque recordaban algo que hoy parece olvidarse con facilidad: que el arte, antes que una estrategia, una experiencia híper curada o una plataforma de visibilidad, es un vehículo de encuentro humano.

