En febrero de 2025 Gideon Rachman, del Financial Times, escribió una columna titulada Trump, Putin, Xi y la nueva era del imperio. La lectura resulta sugerente porque en lugar de presentar a estos tres actores como polos opuestos (una visión común, aunque a menudo errónea y preocupante, que simplifica el escenario como una lucha entre izquierda y derecha) los situó dentro de una tendencia compartida.
Según Rachman, los tres ven la expansión territorial como un objetivo nacional clave y parte de su propia aspiración a la grandeza. Así, el autor planteaba un panorama global definido por una nueva era en la que las potencias ejercen sus propias prácticas imperialistas, las cuales, paradójicamente, pueden llevarlas a entrar en conflicto entre sí.
El texto de Rachman partía de las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia, Panamá y Gaza, las cuales calificaba como demasiado frecuentes para ser ignoradas o descartadas.
Luego de los recientes sucesos en Venezuela el debate sobre el imperialismo ha cobrado una fuerza inédita en lo que va de la presidencia de Trump. La intervención militar del pasado 3 de enero y la subsecuente captura de Nicolás Maduro se justificaron bajo una lógica de propiedad y fuerza bruta que Trump ha bautizado, sin ironía alguna, como la Doctrina Donroe.
Esta política declara explícitamente que el hemisferio occidental es “NUESTRO hemisferio” (palabras de la Casa Blanca), redefiniendo a la región no como una comunidad de socios, sino como un activo estratégico bajo la administración exclusiva de Washington.
Rachman advertía con acierto que estos nuevos imperios ven la expansión como su curso de acción natural. Y con la expansión llega el botín.
Panorama
Aunque el petróleo fue un factor relevante, detrás de la decisión del ataque de Trump subyacían motivaciones más complejas: era una señal retórica hacia China y Rusia para reafirmar que Estados Unidos mantiene su esfera de influencia en América Latina; era una estrategia de legitimación ante su electorado al ofrecer resultados tangibles en la guerra contra las drogas; y era, finalmente, una maniobra para desviar la atención de los archivos de Epstein.
En este entramado de intereses la transición democrática en Venezuela quedó fuera de las prioridades.
El impacto ya no se limita a Caracas. Las advertencias lanzadas hacia Colombia, Cuba y México por figuras clave de la administración, como Marco Rubio y Pete Hegseth, reconfiguran el mapa geopolítico inmediato. La soberanía en el hemisferio se ha vuelto condicional y la confianza en el derecho internacional parece desmoronarse.
Mientras Washington impone su Doctrina Donroe en el Caribe, el Kremlin encuentra una justificación espejo para su propia brutalidad en Ucrania y su zona de influencia en Europa del Este.
China, por su parte, aunque condena formalmente la violación de la soberanía, acecha con invadir Taiwán apelando a razones históricas y políticas.
El panorama actual pertenece a las grandes potencias. Estas ya no fingen jugar bajo reglas o acuerdos internacionales; al contrario, compiten abiertamente en un sistema donde la seguridad de los Estados pequeños depende, enteramente, de su sumisión al imperio de turno.

