Una de las heridas más profundas en la historia de México fue la guerra contra Estados Unidos. El término herida resulta preciso si se considera que, hasta hoy, la sociedad mexicana comprende ese episodio desde un sentimiento de pérdida e impotencia, pues fue la derrota que provocó la cesión de gran parte del territorio nacional.
Hay una diferencia entre los hechos históricos, siempre complejos y sujetos a la interpretación académica, y la forma en que estos siguen acechando el presente, profundamente insertados en la sique nacional.
En este análisis, sin embargo, el interés no radica tanto en la relación de la sociedad mexicana con este suceso traumático sino en la del gobierno estadunidense. El pasado 3 de febrero la Casa Blanca publicó un texto celebrando el 178 aniversario del Tratado de Guadalupe Hidalgo. Este documento puso fin a la guerra de manera oficial, entre otras cosas, y selló la entrega de poco más de la mitad del territorio mexicano.
El comunicado, que refleja la retórica de la administración actual, presenta el conflicto a partir del triunfo estadunidense. Lo califica como “una victoria legendaria que aseguró el suroeste de Estados Unidos, reafirmó la soberanía estadunidense y expandió la promesa de la independencia americana a lo largo de nuestro majestuoso continente”.
Conviene reflexionar sobre este mensaje pues ejemplifica cómo una nación utiliza la narrativa histórica para su conveniencia.
Relato anacrónico
En primer lugar, destaca la hazaña con proporciones épicas al establecer que fue una “victoria legendaria”, posicionando el discurso en un tono triunfalista destinado a perdurar; una suerte de épica. Posteriormente, la retórica vincula los logros de aquel triunfo con un lenguaje que entrelaza pasado y presente. El texto utiliza conceptos como el Destino Manifiesto y afirma que se “aseguró el suroeste”. Con ello, la visión de la Casa Blanca sugiere que dicha invasión poseía ya un sentido histórico predeterminado; es decir, que el acontecimiento solo cobró significado pleno al entenderse como un guion escrito, cuyo resultado final estaba destinado.
El documento sitúa la relevancia de la guerra para encaminar a Estados Unidos hacia la grandeza. Bajo esta lógica, la victoria estadunidense y la anexión de esos territorios eran inevitables.
Resulta aún más interesante la conexión que el texto establece con la actualidad para justificar las políticas presentes. El presidente Donald Trump asume una continuidad con 1848, marcada por la defensa ante supuestas amenazas externas: “(...) guiado por nuestra victoria en los campos de México hace 178 años, no he escatimado esfuerzos en defender nuestra frontera sur contra la invasión, defender el Estado de Derecho y proteger a nuestra patria de las fuerzas del mal, la violencia y la destrucción”, afirmó el mandatario.
El empleo del término invasión para calificar la migración actual, contrastado con la narrativa oficial sobre la guerra de 1846, revela un esfuerzo deliberado por enmarcar la política migratoria contemporánea como una cuestión de defensa militar con raíces históricas.
A pesar de que la realidad histórica dicte lo contrario, pues fue Estados Unidos el que invadió territorio mexicano, esta contradicción resulta irrelevante para el discurso gubernamental, cuyo objetivo es consolidar una historia de salvaguarda de la soberanía frente a amenazas externas. De este modo el Estado instrumentaliza una narrativa que tergiversa los hechos para legitimar su agenda actual, construyendo un relato anacrónico donde México figura, una vez más, como uno de sus antagonistas.

