SOBRE LA NACIÓN

“Eje discursivo y motor de acción”.

La nación
Columnas
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Si en México acudiéramos a un documento que funcionara como su “acta de nacimiento” lo más cercano sería encontrarse con el Acta de Independencia del Imperio Mexicano del 28 de septiembre de 1821. No obstante, la cuestión no estaría del todo zanjada, puesto que las décadas posteriores a la independencia vieron pugnas entre proyectos de nación y, en suma, con el objetivo de establecer lo que sería la nación mexicana.

Ni siquiera el proyecto imperial logró consolidarse y aun así dejó al país con un documento inaugural.

Esto no implica, desde luego, que se le otorgue el mismo peso afectivo que, por ejemplo, los estadunidenses conceden a su Declaración de Independencia. Con todo, rara vez un ciudadano mexicano lo menciona cuando se le pregunta por los inicios de México.

En el siglo XIX, con el auge de los Estados-nación, las preguntas por las naciones comenzaron a surgir en la medida en que también surgieron los nacionalismos que clamaban por sus naciones. Bien lo dijo el politólogo y economista Walter Bagehot en 1872: “Sabemos qué es (nación) cuando no nos lo preguntan, pero no podemos explicarlo ni definirlo con mucha rapidez”.

Una de las reflexiones más sugerentes (como señaló Eric Hobsbawm y coincido) provino de la conferencia que el historiador Ernest Renan impartió el 11 de marzo de 1882 en la Sorbona: “¿Qué es una nación?”

Renan lanzó preguntas sugerentes para problematizar la interrogante: “Pero ¿qué es, pues, una nación? ¿Por qué Holanda es una nación, mientras que Hannover o el Gran Ducado de Parma no lo son? ¿Cómo Francia persiste en ser una nación cuando el principio que la ha creado ha desaparecido? ¿Cómo Suiza, que tiene tres lenguas, dos religiones, tres o cuatro razas, es una nación, mientras Toscana, por ejemplo, que es tan homogénea, no lo es? ¿Por qué Austria es un Estado y no una nación? ¿En qué difiere el principio de las nacionalidades del principio de las razas?”

Tales cuestiones revelaban la complejidad en el uso de dicho término.

Memoria y proyecto

No satisfecho con solo interrogar, Renan propuso una definición: “Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que no forman sino una, a decir verdad, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, la otra en el presente (…) En el pasado, una herencia de gloria y de pesares que compartir; en el porvenir, un mismo programa que realizar (…) Una nación es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se ha hecho y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer…”

La nación, pues, era memoria y proyecto. Un ayer aceptado y un mañana en común en alianza.

Incluso en los siglos XX y XXI el concepto de nación han suscitado debates académicos. Sus propias definiciones suelen esconder intereses subyacentes. Como sostiene Benedict Anderson en Comunidades imaginadas (1983) las naciones se imaginan, modelan, adaptan y transforman. Son, en esencia, fabricaciones sociales.

En este contexto, ante el auge de las extremas derechas, la nación funciona como eje discursivo y motor de acción frente a la narrativa de que esta ha perdido su esencia. Se clama, así, por recuperar una nación presuntamente extraviada. La consigna de salvar o defender la nación canaliza incertidumbres económicas, políticas y culturales hacia amenazas directas encarnadas en grupos excluidos, como la población migrante.

En última instancia, la pregunta ¿cuándo nace una nación? es menos una búsqueda cronológica que un ejercicio de sospecha que obliga a cuestionarse quiénes la están imaginando hoy, con qué herramientas y contra quiénes.

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