El 25 de agosto, pero de 1918, nació en Lawrence, Massachusetts, el gran Leonard Bernstein. Pianista, director de orquesta, compositor, conferenciante, locutor y escritor de origen judío, su nombre de pila era Louis —a petición de la abuela—, pero sus padres lo llamaban Leonard.
Sin temor a exagerar, estamos en presencia de un auténtico revolucionario de la música. Un personaje que encontró en Estados Unidos campo fértil para desarrollar un estilo propio en todos sentidos y contribuyó a que ese país ocupara un lugar relevante en el contexto internacional.
Bernstein destacó en Broadway y en las salas de concierto. Igual se le encontraba escribiendo un musical que dirigiendo las sinfonías de Mahler. Imprimió un estilo propio a la compleja obra de este extraordinario compositor y orquestador, que son referencia obligada para cualquier melómano.
Leonard Bernstein comenzó sus estudios de piano cuando apenas tenía diez años de edad. De ahí, su meteórica carrera lo llevó a Harvard, donde se graduó, para continuar en el Instituto Curtis de Música. Fue así que profundizó en sus estudios de piano, pero también incursionó en la composición y en la dirección de orquesta.
Decía que Lenny (como le llamaban sus amigos y conocidos) ayudó a colocar a su país en el mapa artístico mundial, pues siendo muy joven fungió como director asistente en la mismísima Filarmónica de Nueva York. El entonces director titular de dicha agrupación, el maestro Bruno Walter, cayó enfermo una noche y Bernstein entró al quite en un concierto transmitido por televisión con cobertura nacional. A partir de esos momentos su nombre y fama experimentaron un impulso realmente notable. Le cayeron varias ofertas para contratarlo en otras orquestas.
Original
Y no solo eso. Mientras crecía como la espuma en el podio y con batuta en mano, ya componía música clásica, para Broadway y en el jazz. Todo esto propició que se le catalogara como “el primer compositor estadunidense en recibir reconocimiento mundial”.
Realmente un músico por demás versátil. Fue director titular de la citada Filarmónica de Nueva York de 1958 hasta 1969. Destaca su labor con los jóvenes. Asimismo, Bernstein incursionó en el ámbito de la ópera. Dirigió La Bohème, de Puccini, cuya grabación se caracteriza por contar con un elenco estadunidense en su totalidad.
Asimismo, dirigió y grabó en Múnich Tristán e Isolda, de Wagner. Y no solo eso: fue el primer estadunidense en dirigir en la casa de ópera de La Scala de Milán, teniendo a la mismísima María Callas en el escenario.
De su muy amplio repertorio propio, es decir, del catálogo de sus composiciones, me quedo con el popular musical West Side Story (1957), la cual ha trascendido ya como una ópera. Es de una manufactura sorprendente. Les recomiendo que la vean, la escuchen y la disfruten. Encontrarán varios fragmentos que les sonarán familiares.
Ahora bien, su estilo para dirigir orquestas era absolutamente original. Contagiaba con sus gestos y movimientos. Invitaba, prácticamente, a bailar al ritmo de la obra en turno. No escondía sus emociones. Lo amaban en las orquestas Filarmónica de Israel y Filarmónica de Viena, a las que acudía con frecuencia como director huésped.
Destacan sus interpretaciones —incluido su papel como solista al piano— de las obras de Gershwin Rhapsody in Blue y Un americano en París. Realmente notables.
Finalmente, me parece que de la película sobre Leonard Bernstein titulada Maestro, filme de 2023 que protagoniza Bradley Cooper, lo único destacable es la relación tan compleja, muy propia y duradera con su esposa, Felicia Montealegre. Prefiero quedarme con el músico y no con las desviaciones personales del personaje.
¡Viva la música!