LO QUE LA CARTA NO DICE

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Columnas
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Esta semana México avanzó un paso más en una ruta de colisión con Estados Unidos. No por un desacuerdo comercial. No por migración. No por aranceles. Sino por algo mucho más delicado: la decisión de convertir los señalamientos sobre posibles vínculos entre política y crimen organizado en una disputa de soberanía nacional. Y detrás de esa decisión apareció nuevamente el expresidente AMLO.

El exmandatario rompió el silencio con una carta en la que denuncia una “embestida intervencionista” y una “actitud prepotente e injerencista” de Washington. Pero ninguna de esas frases responde la pregunta que hoy inquieta a millones de mexicanos: ¿son verdaderos o falsos los señalamientos? Él optó por ignorar la legítima preocupación de millones de mexicanos sobre la presunta narcopolítica, desacreditar al acusador y elevar aún más la tensión con el principal socio comercial, financiero y de seguridad de México.

La carta va todavía más lejos. Afirma que “algunos funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha en México”. La afirmación resulta reveladora porque transforma uno de los mayores problemas de seguridad nacional de nuestra historia en una simple conspiración electoral. Desaparecen las preguntas sobre financiamiento criminal, captura institucional o infiltración del narcotráfico. Todo queda reducido a un supuesto intento por favorecer a sus adversarios políticos.

La implicación es aún más grave: si los señalamientos provienen de investigaciones estadunidenses, entonces el exmandatario está sugiriendo que fiscales, agencias federales y autoridades del Departamento de Justicia estarían fabricando investigaciones criminales para intervenir en la política mexicana y desestabilizar a Morena. Es una acusación extraordinaria. Pero no ofrece una sola prueba para sostenerla.

Tesis

Después acusa a funcionarios estadunidenses de creer que “podrán engañar de nuevo a muchos ciudadanos estadunidenses con la táctica propagandística hitleriana de repetir y repetir mentiras”. Es una afirmación difícil de ignorar. No solo descalifica a actores políticos de otro país sino que también presupone que millones de votantes estadunidenses son incapaces de distinguir entre propaganda y realidad. Resulta una forma bastante peculiar de denunciar la injerencia extranjera: interviniendo discursivamente en la política interna de Estados Unidos mientras se exige respeto absoluto para la mexicana.

La carta también contiene momentos involuntariamente reveladores. Sobre la designación de los cárteles como organizaciones terroristas, pues recuerda que él le dijo a Donald Trump que no debía cometer “ese garrafal error” y presume que el entonces presidente estadunidense tomó en cuenta su opinión. Más adelante asegura que a Trump “le interesa más la historia que el cargo” y que no le gustaría ser recordado como “un mandatario atrabancado que se peleó con casi todo el mundo”. Es decir, el problema no sería la información que hoy tienen las agencias estadunidenses sino que Washington dejó de escuchar los consejos del exmandatario mexicano. Como si él entendiera las motivaciones de Trump mejor que el propio Trump.

El tono se vuelve todavía más agresivo cuando atribuye el conflicto a “las rémoras que lo rodean (…) paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”. Resulta difícil denunciar una “actitud prepotente” mientras se insulta así al entorno completo de otro jefe de Estado.

Pero quizá lo más importante sea lo que no dice. No habla del fracaso de la estrategia de los “abrazos, no balazos”. No habla de territorios capturados por el crimen organizado. No habla de alcaldías, policías y fiscalías infiltradas. No habla de los miles de muertos, desaparecidos y desplazados que ha dejado la violencia. No habla de una realidad que cada vez resulta más difícil de explicar sin la captura parcial de estructuras del Estado por parte de organizaciones criminales.

Después de varias páginas encuentra tiempo para explicar cómo piensan Trump, sus asesores, los votantes estadunidenses y el gobierno de Estados Unidos. Lo que no encuentra es una sola línea para responder a los señalamientos. Porque al final la tesis central de la carta parece ser esta: el problema no son los posibles vínculos entre crimen y política. El problema es que alguien decidió investigarlos.

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