Empecé a escribir antes de saber escribir, calculo que a los cuatro o cinco años, frente al micrófono de una grabadora Sony de un casete con el superpoderoso botón de “record” que convertía mis ideas y pensamientos, pasados por la voz, en canciones. ¡Los fabulosos casetes!, esos dispositivos que, si bien de repente terminaban enredados en el mecanismo de los reproductores, eran generosos en la cantidad de grabaciones que podían soportar y con más de un intento de capturar una canción desde la radio, rezando para que el locutor no hablara a la mitad o antes de la nota final. Estábamos en 1984 o 1985.
Por esa misma época las letras en el papel empezaron a formar palabras en mi mente y mi diestra aprendió a armar las palabras en el papel, ambas experiencias que definirían el camino de mi existencia. Aunque todavía faltaban nueve años para que los libros se convirtieran en lo que me quitaría el sueño por las noches y lo que me llenaría de sueños despierta (y a veces hasta dormida).
Eso sucedió una mañana del verano de 1994, en la crisis económica que nos robó el viaje de vacaciones entre un ciclo escolar y el otro y me convirtió en una adolescente con demasiado tiempo libre, sin interés por la programación televisiva que ya me sabía de memoria.
Fui al librero de la sala. Busqué entre los ejemplares ahí reunidos uno de los más anchos. Estiré los dedos para agarrarlo sin tener ni la mínima idea de que estaba por nacer mi adicción, mi pasatiempo favorito, mi delirio, el motivo de mis alegrías y de mis desesperanzas, la respuesta perfecta a cualquiera de mis problemas, las razones de mis mayores desafíos; las primeras letras de mi vocación en la vida.
El libro fue El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga, el primero que leí con verdadera pasión por lo ahí narrado y por la manera en que estaba narrado.
Otros títulos que leí como posesa fueron Romeo y Julieta, Momo, El viejo y el mar, Grandes esperanzas, Todos los fuegos el fuego, Cien años de soledad, El Aleph, Donde el corazón te lleve y más.
De ahí, todo título a mi alcance fue devorado como si se me fuera la vida en ello. De ahí, me fui llenando de ideas, de aventuras, de hallazgos, de historias memorables, de esquemas narrativos, de personajes y sus matices, de estilos, de musicalidad, de ritmo, de frases inolvidables. De ahí, lo siguiente fue enamorarme de un poeta y leer sus poemas y escribirle poesía y besarnos entre métrica y verso libre, páginas arrugadas al fondo del bote de basura o entre nuestros ombligos.
Fiel
Así, a los 15 años, en 1995, la respuesta a la pregunta “¿A qué te quieres dedicar de grande?” dejó de ser “pianista”, “veterinaria” o “filósofa” y transmutó a “escritora”. Lo que he sido desde entonces y hasta ahora, 31 años después de nacer aquella convicción (y no, no me morí de hambre).
Más adelante los libros me mostraron su habilidad para hacerme permanecer fiel a mí misma e inadaptada a un mundo al que me resultaba y me sigue resultando imposible adaptarme. ¿Cómo lidiar sin ellos con tanta hipocresía, con tanto desamor, con tanto egoísmo, con tantas amistades por contrato, con todo ese amor ficticio con disfraz de verdadero?
Como escribió Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi, años de formación: “Para escribir es preciso no sentirse acomodado en el mundo, es un escudo para afrontar la vida”. Así, a mí escribir me ha salvado más de una vez.

