Ahí les va un chiste de amplia circulación en Monterrey: “¿Cuánto cuesta educar a un mexicano?” Respuesta: “¡Dos dólares! Lo que pagas en el puente para pasar por tierra a Estados Unidos”.
Siendo honestos, el chiste no falta a la verdad. Basta con cruzar la frontera para que el mexicano promedio se abroche el cinturón, respete los límites de velocidad, deje de tirar basura y cumpla —milagrosamente— con todas las normas existentes.
Esta transformación no es exclusiva de viajes a Estados Unidos. El mismo fenómeno se repite en cualquier lugar donde la ley, la autoridad y el orden todavía significan algo; y, más importante aún, donde inspiran respeto: dos cosas claramente ausentes en nuestro México.
Lo más trágico de este asunto es que en el fondo —y sean honestos— todos reconocemos que el orden y la armonía son el estado ideal de las cosas. Sabemos que la vida en México se desenvuelve entre el mugrero y apreciamos cuando este caos está ausente.
Todo esto viene a colación porque recientemente viajé por segunda vez a Japón para celebrar mi luna de miel. Fueron tres semanas recorriendo diversos lugares donde pude experimentar la vida en una sociedad que se encuentra a años luz de México.
El impacto de esta realidad es evidente desde el momento en el que aterrizas en Tokio. Lo primero que notas es el silencio… un silencio rehabilitador que domina todos los espacios en uno de los aeropuertos más transitados del mundo. Es en ese silencio donde comienzas a percatarte de que acabas de entrar a un nuevo mundo donde predominan la limpieza, la atención al detalle y la meticulosidad; y donde todo —absolutamente todo— funciona perfectamente.
Esta misma realidad se extiende por todas las ciudades y pueblos que visité: la pulcritud, el silencio, el respeto al espacio ajeno, la seguridad absoluta a cualquier hora del día, la excelencia en el servicio, el encumbramiento del orden, la apreciación de la belleza, el equilibrio en las cosas, y en general, una mentalidad de querer siempre hacer las cosas lo mejor posible.
Y me aventuro a decir que, como mexicanos, este es el mundo que realmente preferimos y deseamos. Los homo sapiens no estamos diseñados para vivir entre el mugrero, el desorden y la presión derivada de una amenaza constante de violencia.
Opresión
Pero precisamente son estas cosas las que celebramos en nuestro país: el ruido, el estruendo y la desorganización. Malcriamos a nuestros niños para que toleren y repliquen la visión del “chingue su”; nos regodeamos ante los extranjeros de ser una sociedad inmensamente desmadrosa, ruidosa y caótica; y al final confundimos la libertad con el libertinaje.
Todos sabemos dónde termina esto: en un país con servicios y obra pública deficientes; en una sociedad agresiva y violenta; en un país donde prácticamente nada funciona como debería.
Pero uno se acostumbra a todo. Y aquí, en México, ya hemos normalizado la violencia, el alboroto, la corrupción y el estruendo. Sobrevivimos en un estado constante de terror: el terror de que, si te apendejas o te distraes por un segundo, otro mexicano va a aparecer para chingarte.
De esta manera, toda nuestra supuesta libertad se revela como lo que realmente es: un espejismo. Porque una sociedad con base en el orden y las reglas podrá parecer opresiva a distancia, pero la verdadera opresión existe cuando en todo momento puedes ser asaltado, robado, violentado o asesinado.
Durante mis tres semanas en Japón reconocí a varios mexicanos cumpliendo tranquilamente con todas las normas sociales. Mi ilusión era que esta nueva realidad permeara en sus mentes, para que al menos importaran algo de estas costumbres y cosmovisión hacia México.
Por desgracia, no fue así. Bastó con reunir a todos los mexicanos en la sala de espera del aeropuerto para ver una regresión inmediata a la barbarie: gritos, filas desordenadas, invasión del espacio ajeno, bulla y alboroto.
Era evidente: una vez más fracasó el ideal que surgió en mi primera visita a Japón. Ese de promover a MONINA: el Movimiento de Niponización Nacional.

