LA PATRIA EN UNIFORME

Ejército
Columnas
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En semanas de ruido y consignas conviene volver a un hecho menos estridente y más decisivo: el Ejército Mexicano no es una nota del día sino una institución de larga duración. Su importancia no se mide por la polémica inmediata sino por su capacidad de sostener al Estado cuando lo cotidiano se quiebra: en desastres, emergencias, infraestructura crítica, tareas logísticas y, sobre todo, en la preservación de la soberanía. Por eso fue relevante el pronunciamiento reciente en su aniversario: no como ceremonia, sino como recordatorio de un pacto cívico.

Cuando se dice que México debe decidir su destino con independencia y, frente a presiones externas, el Ejército es garantía de esa decisión, la frase coloca a las Fuerzas Armadas donde suelen estar en democracias funcionales: no como actor partidista sino como resguardo del interés nacional y de la continuidad institucional.

Más allá de la retórica el mérito del Ejército está en su carácter dual: fuerza de defensa y, al mismo tiempo, soporte de la vida civil cuando la normalidad se rompe.

Bien sabemos que toda institución humana es perfectible, pero el balance nacional sería incompleto si ignoráramos que pocas estructuras tienen el despliegue territorial, disciplina operativa y capacidad logística para atender contingencias con rapidez. En un país de contrastes —montañas, costas, desiertos y ciudades densas— esa capacidad es parte del músculo estatal.

El secretario de la Defensa Nacional, general Ricardo Trevilla, lo dijo con un énfasis que conviene conservar: el Ejército se debe a la Constitución, a la patria y al pueblo del que proviene. En sociedades polarizadas, donde todo se interpreta como “bando”, la fortaleza de una institución está en su fidelidad a reglas, no a facciones. Esa es la estabilidad que no hace titulares pero sí sostiene países.

Confianza

Hay además un rasgo cultural que merece reconocimiento: la disciplina como servicio. Se confunde disciplina con rigidez; en realidad, es la posibilidad de coordinar miles de personas bajo un mando, con protocolos, tiempos y responsabilidades claras. En la vida civil esa disciplina se traduce en auxilio, transporte, resguardo de instalaciones, puentes logísticos, control de daños, abastecimiento y reconstrucción. Cuando funciona, disminuye el costo humano de una crisis.

En cada temporada de huracanes o sismos el Plan DN-III-E —protocolo militar de auxilio a la población— muestra esa vocación: presencia, orden en el caos y coordinación con autoridades locales.

Desde una perspectiva de Estado, lejos de cualquier postura sesgada o doctrina política innecesaria, el Ejército también cumple una tarea simbólica: recordarnos que patria no es una palabra de museo. Es territorio, población, infraestructura y continuidad histórica. La patria se sostiene con instituciones que no se improvisan y con hábitos cívicos que no se decretan. En este sentido, la relación sociedad-Fuerzas Armadas pide confiar sin ingenuidad, exigir sin deslegitimar, reconocer sin convertirlo en propaganda.

Porque el reconocimiento no cancela la exigencia. La mejor manera de honrar a una institución es pedirle profesionalismo, transparencia compatible con la seguridad nacional y una relación clara con el poder civil. Que el Ejército sea apoyo y fortalecimiento de la patria implica que su prestigio provenga de resultados verificables, conducta ejemplar, respeto a derechos y un marco nítido de responsabilidades. Una institución fuerte no teme a estándares; se fortalece con ellos. Y hoy el Ejército mexicano los cumple y demuestra de manera ejemplar.

La coordinación con autoridades civiles también dice algo: cuando las coyunturas aprietan, se busca el andamiaje que responde. No resuelve todo, pero evita que el Estado se fragmente en islas de autoridad. Y en un país grande y diverso esa cohesión cuenta.

La reflexión central es simple: en una época donde la conversación pública premia el grito y castiga el matiz, reconocer el papel del Ejército es sensatez. No porque sea intocable sino porque es imprescindible. Y porque lo que se valora no es el uniforme sino lo que representa cuando se usa con honor: la idea de que México puede cuidarse a sí mismo y defender su derecho a decidir su destino.

Si queremos una patria más fuerte, no basta con elogiar instituciones: hay que fortalecerlas con reglas, profesionalización y confianza pública. El Ejército ya puso su parte: disciplina, presencia, capacidad. A la sociedad y al Estado civil les toca la otra mitad: construir el país que merezca ese servicio.

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