La elección en Costa Rica no solo entrega una presidencia: reacomoda fichas en el tablero regional. La victoria de Laura Fernández —48% en primera vuelta— y la mayoría legislativa de su partido (31 de 57 escaños) coronan un ciclo en el que el discurso “mano dura + reformas rápidas” gana tracción en América Latina.
El mensaje es nítido: seguridad, productividad y fatiga con la política de siempre.
Pero de ahí a decretar la “extinción del socialismo” hay un salto analítico que conviene evitar: lo que vemos es un péndulo, no un parteaguas ideológico irreversible.
Costa Rica es un caso singular por su prestigio institucional. Precisamente por eso el resultado pesa: por primera vez desde 1990 un mismo partido controlará Ejecutivo y Asamblea, aunque sin los 38 votos que otorgan supermayorías constitucionales. Ese matiz importa: hay capacidad para legislar, pero no para rediseñar el régimen a golpe de aplanadora. El incentivo se desplaza del choque al acuerdo. Y aquí asoma la estrategia de la presidenta electa: bajar el tono, invocar “concertación nacional” y ofrecer respeto a libertades mientras promete combatir el crimen y “refundar” capacidades del Estado.
A escala regional el patrón es menos lineal de lo que dictan los eslóganes. Argentina giró con ímpetu liberal; El Salvador consolidó su mandato de seguridad; Ecuador experimenta una derecha reformista de emergencia; Paraguay se mantuvo conservador. Del otro lado, Brasil continúa con un progresismo disciplinado por el Congreso; Colombia ensaya una izquierda que negocia su supervivencia; Chile mantiene un centro movedizo; Guatemala sorprendió con una anticorrupción de cuño progresista.
Reconfiguración
No hay “fin” de una familia ideológica; hay electorados que premian respuestas tangibles a dos ansiedades: inseguridad y estancamiento. Costa Rica, con su historial de estabilidad, decidió castigar la parálisis y apostar por capacidad de ejecución.
¿Dónde se reconfigura la geopolítica? Primero, en seguridad. La presión del crimen trasnacional —tráfico de cocaína y economías de la extorsión— empuja a gobiernos a coordinar con Washington en inteligencia e interdicción. Si San José prioriza ese frente veremos más cooperación operativa con Estados Unidos y actores europeos, y un discurso de “tolerancia cero” que encaje con agendas hemisféricas. El desafío será gestionar derechos humanos sin caer en atajos de excepción; la ganancia potencial, recuperar control territorial y reputación como destino confiable para inversión.
Segundo, en economía política. Un gobierno con mayoría simple y narrativa de modernización puede acelerar tramitología, abrir infraestructura a inversión mixta y reordenar empresas públicas. Si el pragmatismo económico convive con una retórica institucionalmente prudente, Costa Rica puede convertirse en vitrina de “reformas sin trauma” en Centroamérica. Si, en cambio, la pulsión de concentrar poder domina, el país se parecerá más a los experimentos de personalismo que hoy fascinan a parte del electorado pero que espantan al capital paciente.
Tercero, en alineamientos. La presidenta electa ya tendió puentes discursivos con Washington y mantuvo la puerta abierta a Pekín. Ese doble juego —seguridad con EU, comercio y tecnología con China— es hoy el estándar regional. La clave estará en la letra chica: reglas de 5G, contratación pública, ciberseguridad y blindaje de infraestructura crítica. Ahí se mide la geopolítica real.
¿Se extinguen los socialismos latinoamericanos? No. Lo que se erosiona es la paciencia con plataformas maximalistas —de izquierda o derecha— que no entregan bienes públicos básicos. El ascenso de derechas de nuevo cuño comparte dos rasgos: prometer orden y reabrir la conversación sobre crecimiento. Pero su sostenibilidad depende de resultados medibles (homicidios, inversión, empleo) y de no cruzar líneas rojas institucionales. La región aprendió que las mayorías sin contrapesos, de cualquier signo, se vuelven tentación autoritaria.
Costa Rica aporta una señal de madurez: premia la promesa de eficacia, no el aplauso fácil del “todo o nada”. Su mayoría legislativa obliga a la oposición a elegir entre bloqueo testimonial y negociación. Su ausencia de supermayoría obliga al oficialismo a negociar en serio. Si ambos responden, el país ganará un gobierno con músculo y límites. Si alguno se equivoca el péndulo volverá con más fuerza.
La nueva geopolítica latinoamericana no es un mapa rojo o azul: es un tablero de incentivos donde seguridad, crecimiento y calidad institucional pesan más que las etiquetas. Costa Rica lo acaba de recordar. Que sea brújula, no coartada.

