Cada vez son más los posicionamientos de Tucker Carlson en los que asegura estar arrepentido de haber apoyado públicamente al mandatario de Estados Unidos. Va más lejos: pide disculpas a su público por haberlos invitado a sumarse a su última campaña proselitista. El motivo principal de su cambio de opinión es la guerra en Irán, pero se advierte en múltiples factores.
Daría risa si no fuera preocupante. A la manera de los intelectuales y comentaristas que apoyaron el ascenso del modelo populista mexicano, Carlson dice que “lo engañaron”. Que él no votó por esto y que así no debió ser el gobierno actual en EU. En suma, sugiere que la falla estuvo en el hombre al mando y no en el modelo mismo.
Esto es interesante, pues asegura la sobrevivencia de la corriente que hoy preside la Casa Blanca como movimiento o como movimientos, si bien con otro nombre, pues de lo que se trata es de encontrar un nuevo caudillo capaz de encarnar adecuadamente los valores de este autoritarismo contemporáneo.
Como sucede siempre con los fieles de una religión, de lo que se trata es de mantener viva la fe. La necesidad de creer alimenta la esperanza de que fallamos esta vez por errores humanos, pero la doctrina no estaba equivocada. Lo que sucede es que los hombres no están a la altura de la expectativa que despiertan las grandes ideas. Es decir, nadie se hace responsable, y así como se ovacionó a un déspota, mañana se alabará uno nuevo hasta el cansancio y así sucesivamente hasta encontrar al líder definitivo.
Oportunistas
Carlson no renuncia a sus ideas reaccionarias ni a sus posturas racistas y antiinmigrantes, simplemente se deslinda de un gobierno. Así como los comunistas no abjuraron del marxismo después de 1989, sino que nada más se deslindaron del fracaso de la URSS. Y es que no debemos pensar que los propagandistas son personas estúpidas —aunque los haya—, sino que en su mayor parte son dirigentes políticos oportunistas que saben leer el momento.
De ahí la importancia de interpretar su deslinde como un indicio de la posible caída electoral del mandatario estadunidense en las intermedias de este año. No obstante, Carlson ya tuvo diferencias con el actual presidente en otro momento y se reconciliaron. Con quien nunca ha tenido diferencias públicas y a quien sí impulsa continuamente es al vicepresidente JD Vance.
No es imposible que todo esto se trate de una apuesta a futuro de Carlson: el presidente norteamericano fracasó, pero el modelo puede revitalizarse y mejorar con un nuevo exponente más joven e ideológico como Vance.
Esa parece la insinuación de Carlson, uno de los comentaristas políticos más populares de EU, si no es que el de mayor popularidad. Mientras, su choque con el jefe de la Casa Blanca ha llevado al presidente a calificar al locutor como alguien de bajo coeficiente intelectual, perdedor y otras tantas lindezas. Así terminan los gobiernos populistas, con la gente que los promovió bajándose del barco. El problema es que para entonces las cosas ya no tienen remedio.

