La música es un fenómeno casi tan antiguo como el surgimiento del hombre moderno. Entre los especialistas existen debates sobre el origen de esta expresión, pero lo cierto es que el hallazgo de vestigios, como flautas hechas con huesos de animales, demuestra que nuestros ancestros de hace miles de años ya tenían la necesidad de crear música. ¿Con qué fines? Eso sigue siendo materia de discusión.
Lo cierto es que la música ha tenido distintos propósitos a lo largo de la historia. Uno de los que más ha llamado la atención en las últimas décadas es la música de protesta. Por lo general, esta música se relaciona con la política, ya sea por su producción, sus letras, la ideología de los artistas o los mensajes que busca promover. Siempre hay un elemento más profundo de lo que se percibe a simple vista. En este sentido, entre los diversos aspectos políticos que permean la música destaca su uso como vehículo de protesta contra el statu quo o las injusticias sociales.
Como suele suceder con los fenómenos históricos, resulta complejo precisar sus orígenes. Sin embargo, es claro que a partir del siglo XX, en paralelo al auge de diversas manifestaciones musicales, la música de protesta comenzó a surgir en diferentes espacios y contextos.
En Estados Unidos, por ejemplo, la clase trabajadora de principios de siglo empleó la música como herramienta de lucha por mejores jornadas laborales y sueldos. Así, en 1911, el activista y compositor Joe Hill escribió la canción The Preacher and the Slave (“El predicador y el esclavo”), en la que llamaba a la unión de la clase trabajadora internacional para alcanzar el poder.
En Latinoamérica uno de los mayores exponentes fue el músico chileno Víctor Jara, quien probablemente sea el referente por excelencia de este género. Sus composiciones se opusieron a la guerra en todo el mundo y temas como Manifiesto mostraron su compromiso con la izquierda en Chile. Esto provocó que se convirtiera en objetivo de la dictadura luego del golpe de Estado, lo que derivó en su tortura y asesinato a manos del régimen de Augusto Pinochet.
Eficacia
Cualquier acontecimiento que genere disidencia encontrará en la melodía una forma de oposición. Un ejemplo emblemático fue la Guerra de Vietnam, que inspiró una gran cantidad de canciones de protesta, entre las que destaca Fortunate Son (“Hijo afortunado”), de Creedence Clearwater Revival, una crítica mordaz a la guerra, al servicio militar obligatorio y a la clase política estadunidense.
En un artículo de 2013 la compositora Buffy Sainte-Marie escribió que una canción de tres minutos, si está bien lograda, puede ser más efectiva que un libro de 400 páginas como medio de protesta. Ella destacaba esta eficacia con base en el alcance a un público más amplio, la sencillez de la letra y su fácil distribución.
Sainte-Marie es un referente importante, pues ella misma compuso temas contra diversas injusticias. Por ejemplo, en Now That the Buffalo’s Gone (“Ahora que el búfalo se ha ido”), aborda la casi extinción del bisonte en Estados Unidos como símbolo de los atropellos contra los pueblos originarios. Específicamente, la canción denuncia la construcción de la presa de Kinzua, proyecto que expulsó al pueblo seneca de sus tierras en los sesenta.
Para alzar la voz la música ocupa un lugar especial. Hasta la fecha es algo que podemos observar y, sobre todo, escuchar: es uno de los grandes medios para expresar nuestra oposición a las injusticias del mundo.

