SÁBADO DE GLORIA EN LOS ENCINOS: EL RITUAL DE LA BRAVURA Y EL ADACTE

Los Encinos
Columnas
Compartir

Solo se vive una vez.

El Sábado de Gloria suele ser, para muchos, un día de estruendo y agua. Pero en la ganadería Los Encinos, propiedad de Eduardo Martínez, el silencio del campo queretano dictaba otra sentencia: ahí, donde la tierra guarda el secreto de las castas, la jornada se transformó en una experiencia de esas que yo llamo Magicanismo puro: un evento donde lo sagrado del rito taurino se sienta a la mesa con la calidez de una familia que te hace sentir, sin más, como un pariente recién llegado.

Llegamos con la curiosidad a flor de piel. Mi mujer y yo, asumiendo con orgullo nuestro papel de “colados villamelones”, nos adentramos en un escenario que parecía detenido en el tiempo. El anfitrión, Eduardo Martínez, junto a su esposa, Lourdes, hijas, yernos y nietos, nos recibió con esa generosidad que no se ensaya, esa que nace del corazón y que te hace sentir tratado “a cuerpo de rey” desde el primer apretón de manos. También estaban Luis Niño, que sí sabe de toros, y la Pelona.

La tienta comenzó. El ritual es hermoso, casi hipnótico. No es la espectacularidad de la plaza, es algo más íntimo, más verdadero. Es el laboratorio de la bravura. Se tentaron cuatro vacas y un novillo. Al ver al ejemplar macho no pude evitar un pensamiento intrínseco del observador novato: “Si esto es un novillo, ¿cómo carajos estarán los toros?” El porte del animal imponía un respeto que silenciaba cualquier charla trivial.

El matador Juan Pablo Sánchez estuvo extraordinario. Hay algo en su manera de entender al animal que trasciende la técnica; es una comunicación silenciosa. “Permiso, ganadero”, decía Juan Pablo con la solemnidad de quien pide entrada a un templo. “Adelante, torero”, respondía Eduardo, y entonces comenzaba la danza. Eduardo dirigía la tienta con la precisión de un director de orquesta, soltando comentarios atinados, pinceladas de sabiduría que solo da el adacte —ese conocimiento que no viene de los libros, sino de décadas de mirar a los ojos al ganado—.

El picador merece una mención aparte: atinado, quirúrgico, con una sensibilidad tal que prácticamente no lastimó a los animales. Aquí es donde el Magicanismo se manifiesta: la tienta no es para destruir, sino para descubrir la vida. Los cinco animales, luego de mostrar su casta y su estilo, regresaron al corral. No hubo muerte, hubo futuro. Esas vacas y ese novillo regresaron a la libertad del campo para ser los arquitectos de las nuevas crianzas, para perpetuar una estirpe que es orgullo de Los Encinos. Fue una tarde redonda, de esas donde el tiempo se dobla y se olvida uno del reloj.

Sobremesa

Pero la faena no terminó en el ruedo. La verdadera tienta del alma ocurrió después.

Pasamos a la comida: permítanme decirles que fue de campeonato. Nada de pretensiones innecesarias: una ensalada de nopales fresca como la mañana, arroz en su punto, frijoles de olla y una carne picada que sabía a gloria. Comida de verdad, hecha con el cariño de quien sabe que el alimento es el vehículo de la hospitalidad.

Ahí, bajo la sombra y el aroma del campo, la sobremesa se volvió inmejorable. Es curioso cómo funciona la energía en estos lugares. Entre bocado y bocado, entre anécdotas de luces y sombras del mundo taurino, la plática fluyó de tal manera, que para cuando llegó el café ya hasta parientes resultamos. Esa es la magia de la familia Martínez: tienen la virtud de ensanchar su árbol genealógico en una sola tarde, abrazando al extraño como si siempre hubiera pertenecido a su mesa.

Sé perfectamente lo que van a decir los animalistas. Sé que habrá quien piense que me pagaron por escribir estas líneas, o que trato de maquillar una realidad que ellos no comprenden. Nada más falso. Escribo esto desde el corazón, desde la piel que todavía guarda el sol de la tarde y desde la memoria que sabe reconocer la belleza cuando la tiene enfrente. Lo que se vive en una tienta como esta es un respeto profundo por la naturaleza, un ciclo de vida que se cuida con una pasión que raya en lo religioso.

Felicidades a Eduardo, a su Lourdes y a toda esa descendencia que mantiene viva una tradición que es, en esencia, la identidad de nuestro campo. Gracias por permitirnos ser parte de ese rompecabezas de valentía y cortesía.

Regresamos a casa con la sensación de que el Sábado de Gloria fue, por fin, un día de revelación. El Magicanismo nos regaló una tarde donde lo cotidiano de una comida se volvió épico, y donde la bravura de un novillo nos recordó que en este México nuestro lo increíble siempre está a la vuelta de la esquina, especialmente si esa esquina te lleva a Los Encinos.

Maravillosa experiencia. Gracias, de verdad.

×