La serenata para cuerdas es una forma muy atractiva y peculiar dentro del vasto mundo de la música clásica. Uno se imagina la serenata como la conocemos en nuestras ya añejas tradiciones: un galán, acompañado de trío o mariachi, cantando al pie del balcón de su amada, a veces en una fecha u ocasión especial y, en otras, para pedir perdón por alguna travesura cometida.
Y pues algo hay de eso, si tomamos en cuenta que el género proviene de la palabra italiana sereno, y esto nos lleva al estado de ánimo apacible o para describir un cielo despejado. Recordarán los de mi generación cuando el velador de la manzana donde vivíamos pasaba por las noches y gritaba “¡las once y sereno!”, para hacernos saber que no había novedad en el barrio. Podíamos entonces estar tranquilos.
En esta ocasión me referiré a tres obras que han sido atesoradas, generación tras generación, hasta nuestros días. En primer lugar —en estricto orden cronológico— les presento la famosísima Eine kleine Nachtmusik (Pequeña serenata nocturna), de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). La obra está fechada el 10 de agosto de 1787, al mismo tiempo que componía una de sus óperas más grandiosas, Don Giovanni. Consta de cuatro movimientos (Allegro, Andante, Allegretto-Trío y Rondó Allegro) y su instrumentación es muy sencilla: dos violines, viola, chelo y contrabajo. Es considerada, pues, música de cámara.
No se sabe por qué o para quién compuso la obra este absoluto genio de Salzburgo. Y quizá jamás imaginó el impacto que tendría en los tiempos que corren. Aunque el movimiento más conocido es el primero, mi predilecto es el cuarto, que retoma la energía del inicio y contiene, básicamente, dos temas que se van mezclando e integrando hasta llegar a un finale en Sol menor. Hay cientos de versiones de esta obra, pero les recomiendo la que interpreta la Academia de San Martín en los Campos bajo la dirección de sir Neville Marriner (Philips).
Dvořák y Tchaikovsky
Luego tenemos la bellísima Serenata para cuerdas del gran compositor checo Antonín Dvorák (1841-1904). Esta obra fue escrita en mayo de 1875 y se estrenó en Praga en diciembre de 1876. La serenata consta de cinco movimientos (Moderato, Tempo di Valse, Scherzo-Vivace, Larghetto y Finale: allegro vivace). Sin duda, mi predilecto es el primero de ellos. Recordemos que Dvorák tuvo una notable influencia del compositor alemán Johannes Brahms (1833-1897) —de ahí el nacimiento de sus Danzas eslavas—, pero también de lo mucho que logró aprender y absorber durante su estancia en Estados Unidos. De aquí viene la idea e inspiración de escribir su novena sinfonía, Desde el nuevo mundo, quizá la más conocida de todas sus obras. Para su Serenata recomiendo la versión de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la conducción de Rafael Kubelik (Deutsche Grammophon).
Por último, pero no menos importante, tenemos la de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893). Esta obra fue compuesta en 1880 y fue concebida, originalmente, para quinteto de cuerdas. Pero el compositor decidió que sonaría mejor si tuviese más instrumentos y se ampliara su forma y contenido. Como su nombre lo indica —se trata de una Serenata para cuerdas—, no hay alientos ni metales ni percusiones. Se dice que Tchaikovsky se inspiró en Mozart, a quien admiraba a rabiar. Consta de cuatro movimientos: Pezzo in forma di sonatina, Valse, Elegie y Finale. Si bien los más conocidos son el primero y el último, yo me quedo con el segundo: Tempo di valse. Una auténtica belleza.
Y en cuanto a interpretaciones de la obra, les recomiendo nuevamente la versión de la Academia de San Martín en los Campos, dirigida por sir Neville Marriner (Philips).
¡Viva la música!

