Irán entra a 2026 con cuatro tensiones simultáneas: una economía exhausta, una calle inquieta, un programa nuclear más adelantado y un vecindario donde cualquier chispa encarece la energía y el comercio. Para México —economía abierta, importadora neta de combustibles— no es un tema lejano: lo que ocurra en Teherán se sentirá en precios, logística y expectativas.
Ahí, el cuadro macro no ofrece respiro. El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta para 2026 un crecimiento real de apenas 0.6% y una inflación de 42.4%, una combinación que erosiona salarios y margina inversión.
El factor petróleo explica tanto la resistencia del régimen como sus límites. Aun bajo sanciones, Irán encontró un salvavidas en China: más de 80% del crudo iraní exportado en 2025 terminó en refinerías chinas —sobre todo independientes— atraídas por descuentos de ocho a diez dólares por barril frente a alternativas no sancionadas. Ese flujo promedió 1.38 millones de barriles diarios en 2025 y amortiguó las finanzas iraníes, pero es frágil: depende de la tolerancia regulatoria en Pekín y de la capacidad de Estados Unidos para encarecer la logística con sanciones “quirúrgicas”. No es ruta de prosperidad, es línea de flotación.
La dimensión nuclear eleva el riesgo estratégico. El Organismo Internacional de Energía Atómica reportó en 2025 que Irán acumuló más de 400 kilogramos de uranio enriquecido a 60% de pureza, un umbral técnicamente cercano al necesario para fabricar un arma si se diera el salto final de enriquecimiento. A eso se suma un régimen de inspecciones limitado y una negociación estancada.
En este contexto, cualquier incidente —un ataque a instalaciones, un sabotaje, una mala lectura militar— podría elevar de golpe la prima de riesgo en energía y seguros marítimos, justo cuando la economía global intenta consolidar la desinflación.
Adentro la estabilidad tampoco está garantizada. Organismos internacionales documentaron desde finales de 2025 una nueva ola de protestas, extendida y con respuestas represivas letales. Esa presión social no es un episodio aislado: condensa años de frustración por inflación, deterioro de servicios y ausencia de canales de representación. Si la protesta se convierte en huelga sectorial o en desobediencia civil sostenida, el cálculo del poder cambia; y con él, la capacidad de Teherán para gestionar su agenda exterior.
Moverse a tiempo
¿Qué escenarios asoman para 2026? El más razonable en el corto plazo es un empate inestable: Irán mantiene ventas con descuento a compradores dispuestos; Estados Unidos y Europa suben el costo de cada barril iraní con sanciones focalizadas; China calibra entre ahorro y exposición a castigos; y el Golfo opera con sobresaltos administrables. Este guion sostiene el día a día, pero no resuelve el fondo: sin reglas verificables sobre el programa nuclear ni un alivio económico creíble la presión social volverá una y otra vez.
Un segundo camino —menos probable, pero posible— sería un deshielo transaccional: gestos verificables (menos uranio altamente enriquecido, más acceso a inspectores, canjes humanitarios) a cambio de alivios graduales que den oxígeno a la economía. No requiere un “gran acuerdo” ideológico sino una ingeniería de incentivos y verificación que reduzca el riesgo de accidente estratégico.
El tercer desenlace —el de mayor daño— sería la escalada: un incidente naval o un cruce de líneas rojas en Líbano que dispare precios, interrumpa rutas y devuelva al mundo a un ciclo de inflación por energía.
Para México la lección es práctica. Hay que vigilar el precio de importación de gasolinas y diésel y su traspaso a la inflación doméstica; con márgenes fiscales estrechos, cada dólar cuenta. A su vez, tenemos que leer el riesgo geopolítico como variable macro: cadenas de valor que dependen de fletes estables y energía barata necesitan planes de contingencia. No se trata de sobrerreaccionar a cada titular, sino de anclar decisiones en datos y escenarios.
Irán vive en una cornisa donde el tiempo político y el económico chocan: la calle pide alivio hoy, la industria energética necesita años, la seguridad requiere acuerdos que nadie quiere firmar. El resto del mundo —México incluido— no puede dictar ese desenlace, pero sí prepararse para sus efectos. En 2026 la prudencia no será quedarse quieto sino moverse a tiempo: asegurar energía, blindar rutas y recordar lo esencial de cualquier prospectiva seria. La incertidumbre no se elimina: se gestiona.

