Dice mucho de una ciudad la forma en que su gente camina a través de ella. El peatón la caracteriza, le da vida y muestra, ante todo, el placer de recorrer sus calles. ¿Qué sería de una ciudad sin personas que la atraviesen a pie?, ¿cuántas postales de una ciudad en los últimos siglos no cuentan con personas caminando por ellas?, ¿quién puede imaginar una gran urbe sin su gente? Ciertamente, sería una vista deprimente, pues no tendría nada para el disfrute colectivo. Por ello, el peatón es parte esencial de la ciudad.
Dicho esto, parecería lógico que la ciudad estuviera configurada de tal manera que sus caminantes dispusieran de espacios para moverse en armonía con el resto de sus sistemas como el transporte y la infraestructura.
Sin embargo, en México, en sus ciudades (al menos en las principales), la configuración urbana parece haber tomado poco en cuenta al peatón. No es raro ver a la gente caminar por la calle en lugar de la banqueta, siempre mirando con precaución al encontrarse en un espacio que por lo general pertenece a los vehículos en movimiento.
En la Ciudad de México, por ejemplo, este fenómeno es frecuente: algo tan simple como ir a la tienda de la esquina puede implicar avanzar por las calles y no por el andén. Pocas personas podrían afirmar que nunca les ha tocado tener que salir de la banqueta y caminar sobre la vía.
Ello obedece, en buena medida, a que las banquetas se encuentran invadidas por vehículos. Existen otros obstáculos, desde postes hasta establecimientos, pero quizá ninguno tan invasivo como un automóvil que ocupa toda la acera. Lo peor es que esta práctica se ha vuelto casi habitual. Se asume por varios que la banqueta funciona como un segundo estacionamiento, a pesar de que el artículo 30 del Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México prohíbe estacionar vehículos en estos espacios: “Sobre vías peatonales, especialmente banquetas y cruces peatonales, así como vías ciclistas exclusivas; para ello es suficiente que cualquier parte del vehículo se encuentre sobre estos espacios (…)”.
Imposición
Aun con la normativa vigente, es común observar autos estacionados en los espacios peatonales en prácticamente toda la ciudad.
La banqueta resulta especialmente interesante por el doble entendimiento de su uso. Para muchos constituye una extensión de su propiedad y, por ello, se creen con la libertad de emplearla a su gusto. De ahí que la conciban como un segundo estacionamiento. Para el gobierno, en cambio, por definición, forma parte del ámbito público. Así, la banqueta es un espacio donde entran en tensión lo público y lo privado.
El resultado, al menos por lo que se puede observar, es la imposición de lo segundo sobre lo primero. Prueba de ello es que, en distintas vialidades, los peatones deben caminar por la calle y no por la acera.
Desafortunadamente, esta situación ya se ha normalizado, pues aunque no se debería la gente (y la autoridad en la mayoría de los casos) ha decidido aceptarlo. Se privilegia al auto sobre el caminante y la ciudad se vuelve, cada vez más, una ciudad de vehículos, no de personas.

