Ciudad de México, México, 22 de junio. Ruinosa y virgen, con el eco de su historia suspendido por más de mil años, así aguardó Minanbé al equipo de especialistas mexicanos y eslovenos, dirigido por el arqueólogo Ivan Šprajc. Camuflada entre la maraña selvática de la Reserva de la Biosfera Calakmul, en Campeche, la antigua ciudad solo podía ser nombrada con esa locución en maya yucateco: “no hay camino”.
Con este hallazgo, el experto, adscrito al Centro de Investigación de la Academia Eslovena de las Artes y las Ciencias, culmina tres décadas de su proyecto dedicado al reconocimiento de las Tierras Bajas Mayas Centrales, un paisaje arqueológico fosilizado que fue el hábitat de entre de 9 y 11 millones de personas, durante el periodo Clásico Tardío (600 y 900 d.C.).
En esta temporada de campo, avalada por el Consejo de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), instancia de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, el equipo volvió a internarse en el sector norte de la reserva para hacer la prospección superficial de un sitio al poniente de Chactún, un centro rector reportado por esta misma iniciativa 13 años atrás, y para el cual contaban con datos de escaneo láser aerotransportado (LiDAR).
Los arqueólogos y los trabajadores de la comunidad de Constitución que participaron en la exploración abrieron brecha a filo de machete a lo largo de cinco kilómetros, para avanzar en cuatrimotos y luego caminar una distancia similar bajo el sol.
Para Ivan Šprajc la inexistencia de callejones –como llaman a los caminos de tierra abiertos para la explotación maderera décadas atrás, y que les sirvieron de guía para llegar a otros sitios–, era buena señal: “En comparación de otros lugares en los que hicimos recorridos de superficie, aquí el acceso resultó mucho más difícil; sin embargo, en los últimos tres años, es el primero que encontramos intacto, no hay calas de saqueo. Fue un descubrimiento, una gran sorpresa que nos llevamos.
“Por eso elegimos el nombre de Minanbé, que proviene del maya yucateco (mina’an, ‘no hay’, y be, ‘camino’). Así, seguimos la tradición en la arqueología maya de denominar algunos sitios según alguna característica del lugar o en alusión a las circunstancias del descubrimiento”, explica.
Los arqueólogos Atasta Flores Esquivel, Israel Chato López, Quintín Hernández Gómez y Vitan Vujanović hicieron el reconocimiento del lugar, pasando de las imágenes LiDAR, que mostraban un asentamiento de 15 hectáreas bajo la capa forestal, a la verificación a ras de suelo de un núcleo urbano, con plazas rodeadas de edificios palaciegos y religiosos, terrazas y humedales con canalizaciones hidráulicas.
Respecto a una de las estructuras más altas, un templo piramidal que supera 13 metros de altura, Vujanović detalla que tiene características del estilo Río Bec, como la mampostería fina o paneles lisos en la fachada, una escalinata empinada y molduras en la parte superior. Se trata, dice, “de la primera vez que he registrado un templo más o menos bien conservado, y una estela todavía con glifos”.
Asimismo, destaca la Estela 1, la cual tiene grabada una escena de decapitación, el primer monolito del que pudo percatarse el equipo, además de 14 monumentos, algunos de ellos con elementos iconográficos y textos jeroglíficos.
Enigmas de piedra
Quintín Hernández, otro de los arqueólogos que colabora con Špraj, rememora que cuando exploraron la parte norte el sitio hallaron una serie de monumentos ‘en hilera’, de los cuales se liberaron los del extremo sur de la calzada, la cual conecta los sectores central y noreste, para hacer su levantamiento fotogramétrico.
A partir de medio millar de fotografías se crearon modelos tridimensionales de cada uno de los 14 altares y estelas descubiertos, los cuales se enviaron para su estudio al epigrafista del proyecto, Octavio Esparza Olguín, quien, mediante avanzados programas de edición, ha logrado discernir algunos elementos clave, pese a la erosión que afecta la mayor parte de las superficies calizas.
El especialista destaca que, en la parte superior de la Estela 1, donde aparece un personaje empuñando una especie de cuchillo o hacha para decapitar a un individuo, se observa un signo calendárico con el registro de la fecha 5 ajaw (849 d.C.). “Esto es una clave importante porque podemos pensar que todo el conjunto de monumentos o algunos fueron erigidos para ese momento del Clásico Terminal, cercano al abandono de los sitios de la región, que sucedió en el siglo X d.C.”.
En Minanbé también se hallaron altares redondos y uno rectangular. Según se desprende de su disposición, varios fueron intencionalmente alterados. Un ejemplo es el Monumento 6, que está partido, el cual tiene cartuchos jeroglíficos en los costados y la figura de un gobernante con tocado de plumas, pectoral con elementos trilobulados, muñequeras y collares, en la cara frontal. Uno de esos textos jeroglíficos contiene parte de una fecha de cuenta larga que, probablemente, alude a un momento de finales del siglo VII, lo que la convertiría en el más antiguo del área.
Como concluye Ivan Šprajc, el descubrimiento de Minanbé concuerda con el panorama regional: una zona extensamente modificada con fines agrícolas hacía su apogeo, en el periodo Clásico Tardío, la cual debió tener cierta jerarquía ligada con esta producción y la comercialización de los excedentes. Sin embargo, abre otras incógnitas, como la posible incursión de grupos venidos del norte de la península de Yucatán que, en una época posterior, pero cercana, llegaron con la intención de alterar el discurso de poder de la ciudad abandonada.
Enlace a video: www.youtube.com/watch?v=Zmo7lF4zuO4

