HÉCTOR CRUZCELEBRA CON UNA NUEVA MUESTRA PICTÓRICA

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Cultura
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A sus casi 94 años Héctor Cruz García continúa demostrando que la creación artística no conoce descanso: el próximo 2 de julio, fecha en la que celebrará un año más de vida, el pintor, muralista, escultor y maestro inaugurará la exposición La poesía de la naturaleza en el Museo Lic. Adolfo López Mateos, en Atizapán de Zaragoza.

La muestra reúne cerca de 30 obras y representa una nueva etapa dentro de una trayectoria de más de siete décadas. La coincidencia entre cumpleaños e inauguración no fue planeada originalmente. Sin embargo, la invitación realizada por la escultora Cecilia Vélez y el entusiasmo de las autoridades municipales derivaron en una celebración doble para uno de los artistas más importantes surgidos del Estado de México.

“Es una emoción fantástica”, comenta el maestro Cruz García en entrevista con Vértigo. “Todos se emocionaron cuando supieron que el 2 de julio era mi cumpleaños y decidieron que la inauguración fuera ese día. Para mí siempre es emocionante un evento como este”.

Nacido en Chimalhuacán en 1932, Héctor Cruz García forma parte de una generación fundamental para comprender la evolución del arte mexicano del siglo XX. Su formación en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda lo colocó junto a figuras como Lilia Carrillo, Francisco Corzas y Gilberto Aceves Navarro, mientras que tuvo como maestros a Enrique Asaad, Manuel Rodríguez Lozano, Alfredo Zalce, Federico Cantú, Jesús Guerrero Galván y Francisco Zúñiga.

Su historia personal está marcada por la perseverancia. Hijo de una madre costurera que enfrentó numerosas dificultades económicas, pasó por diversas escuelas primarias antes de descubrir su vocación artística gracias a una maestra llamada Manuelita Cabrera, quien reconoció su talento para el dibujo y lo introdujo al mundo de la pintura.

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“Prácticamente me adoptó”, recuerda. “Me enseñó a dibujar y me abrió un universo que yo desconocía: libros, pinceles, retratos… la disciplina artística. Para mí era un sueño”.

A los 14 años ingresó a La Esmeralda, donde comenzó una formación que lo llevaría a convertirse en uno de los protagonistas de la gran tradición muralista mexicana.

Pocos artistas vivos pueden afirmar que trabajaron directamente en algunos de los proyectos más emblemáticos del muralismo nacional. Cruz colaboró en los preparativos del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, de Diego Rivera; participó en proyectos junto a Juan O’Gorman y colaboró con José Chávez Morado en los murales de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Además, Cruz es autor de los murales de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Su primer encuentro con Diego Rivera ocurrió cuando aún era estudiante y ayudaba en la preparación de los muros donde el muralista pintaría su célebre obra. “Era un humilde albañil que observaba cómo trabajaba el maestro. Nunca lo vi bajarse del andamio durante horas. Era algo extraordinario”, recuerda.

También fue testigo de la polémica generada por la inclusión de la frase “Dios no existe”, atribuida al Nigromante, en el mural de Rivera, controversia que provocó protestas multitudinarias y que finalmente derivó en la eliminación de la inscripción.

Legado artístico

Además de trabajar con los grandes muralistas Cruz debió desempeñar múltiples oficios para sostenerse económicamente. Pintó telones para teatros y carpas populares, impartió clases en Chapultepec y posó como modelo para esculturas de Francisco Zúñiga. “Había que buscar la forma de comer y seguir pintando”, recuerda. “Vender un cuadro era muy difícil”.

Y aunque sus primeras obras estuvieron vinculadas al realismo de la Escuela Mexicana de Pintura, con el paso de los años su trabajo evolucionó hacia una búsqueda más simbólica y poética.

Un momento decisivo ocurrió en 1971, cuando el poeta Carlos Pellicer visitó su estudio y observó una serie de paisajes que transformaron la percepción del propio artista sobre su trabajo. “Él fue quien me hizo consciente de que estaba logrando una nueva visión del paisaje”, explica. “Vio una pintura y me dijo: ‘Este es el Génesis’. En aquel momento yo no entendí completamente lo que significaba”.

A partir de entonces comenzó una etapa que el propio artista identifica como el nacimiento de una nueva manera de representar la naturaleza. Ya no se trataba de describir árboles, ramas o montañas de manera literal sino de capturar atmósferas, luces y sensaciones. “Simplemente me dejaba llevar por la naturaleza y por la belleza del paisaje. Sin prejuicios. Dejaba que el pincel me guiara”, afirma.

La exposición La poesía de la naturaleza reúne obras realizadas principalmente durante los últimos dos años. En ellas predominan los colores luminosos, las atmósferas envolventes y una búsqueda constante por sintetizar la esencia del paisaje. “Es una nueva etapa”, afirma el artista.

Estas piezas, de distintos formatos, exploran aquello que él considera la verdadera riqueza de la naturaleza: la luz, los colores, el ambiente y la emoción que producen. “Lo que hago es una introspección. Trato de pintar sin llegar a la descripción. Busco qué es lo que sobresale realmente del paisaje”.

Dicha búsqueda ha acompañado al artista durante décadas y continúa vigente a sus 94 años. De hecho, asegura que sigue trabajando diariamente porque la pintura es una necesidad vital. “No dejo de pintar. Para mí es algo necesario para mi existencia. Además de mi familia y mis amigos, pintar es lo que le da sentido a mi vida”.

Aparte de su producción artística, Cruz deja una huella importante en la vida cultural mexicana: como presidente de la Sociedad Mexicana de Artes Plásticas (Somart) entre 1984 y 1989 impulsó el sistema de pago en especie para artistas plásticos, iniciativa que contribuyó a la creación de una de las colecciones de arte más importantes administradas por la Secretaría de Hacienda.

La poesía de la naturaleza se presenta como una celebración de cumpleaños y un homenaje vivo a uno de los últimos grandes representantes de la generación que convivió con los maestros del muralismo mexicano y contribuyó a escribir una parte fundamental de la historia del arte nacional.

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