Samanta Schweblin. El buen mal. Random House. 187 pp.
El pasado 8 de abril se anunció a la primera ganadora del Premio Aena de Narrativa. Desde su lanzamiento el reconocimiento dio de qué hablar porque su bolsa es de un millón de euros, cantidad que aportará una empresa aeroportuaria española que busca reforzar la circulación del triunfador en la región hispanoamericana.
El certamen llamó también la atención porque sus “criterios” apuntan a reivindicar aquello que la crítica avala como “buena literatura”.
Los finalistas fueron Héctor Abad Faciolince, Nona Fernández, Enrique Vila-Matas, Marcos Giral Torrenter y Samanta Schweblin, todos con destacada trayectoria.
Al final el jurado —que conformaron Rosa Montero, Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, Jorge Fernández Díaz, Leila Guerriero, José Carlos Llop y Élmer Mendoza, todos autores de prestigio— se decantó por la argentina Schweblin (Buenos Aires, 1978), por su libro El buen mal, publicado a inicios del año pasado.
En principio hay que celebrar que un reconocimiento que entrega tal cantidad de dinero se otorgue a literatura que no es necesariamente comercial, algo que sucede claramente con el Premio Planeta, que en sus últimas ediciones ha ido a parar a manos de personajes de la televisión.
El buen mal se conforma por seis cuentos atravesados por la pérdida y la tragedia, pero también por la compasión. La narradora es una de las protagonistas del resurgimiento del género fantástico en español por su forma de utilizarlo para hablar del dolor, la culpa y el permanente estado de incertidumbre que todos tenemos ante una realidad que es incontrolable.
Schweblin es una autora que por medio de la imaginación nos ayuda a enfrentar o resolver las vicisitudes cotidianas.
Dinero y prestigio
Dicho esto, conviene preguntarse si la ruta para dar visibilidad y respeto a un premio es el dinero. El prestigio de un galardón se gana con la historia, no con los ceros que incluye el cheque. Los premios Goncourt y Booker entregan diez euros (una cifra meramente simbólica) y 30 mil libras esterlinas, respectivamente, y son dos de los más codiciados en el mundo. En este sentido, y al menos en principio, el Aena de Narrativa ha dado de qué hablar por su monto y no por otra cosa.
Por otro lado, los cinco finalistas forman parte del catálogo de los principales conglomerados editoriales del idioma, es decir, se reconoce al statu quo y no a propuestas disruptivas.
Seguramente con la suma obtenida Samanta Schweblin tendrá tranquilidad para seguir escribiendo buena literatura y quizá Random House venda algunos cientos de ejemplares más de El buen mal. Sin embargo, esto no necesariamente generará nuevos lectores y promoverá la lectura.
En todo caso, el nacimiento de un premio como el Aena de Narrativa sirve para reflexionar sobre el sentido y la vocación del mecenazgo. ¿Tiene sentido premiar al arte ya establecido y aceptado o habría que abrir brecha y visibilizar a quien propone algo distinto? ¿Usted qué opina?
Otros títulos de Samanta Schweblin son Pájaros en la boca y otros cuentos y Distancia de rescate.
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