Selva Almada. Una casa sola. Penguin Random House. 156 pp.
¿Qué historias guarda una casa abandonada? Al interior de un espacio silencioso y empolvado se esconden episodios protagonizados por hombres y mujeres que han enarbolado luchas internas. Con un poco de atención y oficio, cualidades ambas de las que puede presumir Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973), se puede hurgar en esos pasajes.
Amante de los escenarios rurales y periféricos, la autora argentina publica Una casa sola, su nueva novela y desde la cual lanza una crítica certera a las narrativas con mirada antropocentrista.
A partir de un notable ejercicio de imaginación y oficio literario, Almada otorga voz no solo a lo que en su momento fue una casa llena de vida sino también a todo el entorno natural que la rodea.
Finalista del Premio Booker en 2024, Almada se distingue por desarrollar una prosa alejada de los círculos urbanos y mantener un respeto hacia la oralidad de las comunidades periféricas. Sin embargo, a diferencia de sus libros anteriores, en esta ocasión toma un riesgo mayúsculo al convertir a la construcción y a la naturaleza que la rodea en “personajes” y narradores.
Cambio de perspectiva
La casa en cuestión, ubicada en el medio del campo, quedó deshabitada luego de la misteriosa desaparición de una familia, diez años atrás. Vacía de humanos, se llena de vegetación, animales, insectos.
Por medio de una suerte de monólogo interior, el espacio hace memoria de sus días pasados: cómo llegó a ser una casa después de ser simplemente un refugio de peones golondrinas. Su ejercicio es una invitación a repensar la relación que tenemos con la naturaleza, pero también con la memoria.
A diferencia también de libros anteriores como Ladrilleros, donde había un premeditado esfuerzo por hablar de las masculinidades para desacralizarlas y despojarlas del control del relato, ahora Selva Almada teje una novela femenina en el mejor de los sentidos. La voz narrativa se sostiene en una prosa que reflexiona sobre los cuidados, el acompañamiento y la solidaridad, sin dejar de denunciar la forma en que se construye un discurso político que se sostiene en la confrontación y la violencia.
Lo que nos cuenta la casa es más que un testimonio de “algo” que intenta aferrarse a la vida con brío y una dignidad notable: es además un relato crítico hacia una forma de ver el mundo. Almada nos descoloca al mismo tiempo que nos invita a buscar nuevas formas de observar el statu quo. Si somos lo suficientemente atentos a lo que la argentina nos quiere contar quizá podamos tomar algunas ideas y empezar a ver las cosas de una manera más humilde y menos protagónica.
Otros títulos de Selva Almada son Chicas muertas, No es un río y El viento que arrasa.
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