Con presencia casi todo el año la macroalga ya presiona ecosistemas, turismo y economía con costos de hasta 150 millones de dólares.
El sargazo dejó de ser un fenómeno estacional para convertirse en una crisis persistente en el Caribe mexicano: en los últimos años la llegada masiva de esta macroalga ha encendido alertas por sus efectos en el ambiente, la salud y la economía, especialmente en destinos turísticos donde su acumulación altera ecosistemas y afecta la actividad local.
Aunque la ciencia ha avanzado en el monitoreo del fenómeno, sus causas y comportamiento no pueden predecirse aún con precisión. Mientras tanto, instituciones académicas y organismos públicos buscan no solo contener sus impactos, sino también transformar el problema en una oportunidad productiva mediante su aprovechamiento sustentable.
En expansión
Lo que durante décadas se concentró en el Atlántico Norte, en el llamado Mar de los Sargazos, cambió de escala a partir de 2009, cuando comenzaron a registrarse arribos masivos en el Atlántico tropical que, con el tiempo, se intensificaron hasta formar un corredor continuo de macroalgas.
De acuerdo con Valeria Chávez Cerón, catedrática del Tecnológico de Monterrey, campus Estado de México, este cambio responde a una combinación de factores que alteran el equilibrio del océano: el aumento de la temperatura del agua, la mayor disponibilidad de nutrientes provenientes de ríos como el Amazonas y las variaciones en corrientes y vientos que empujan el alga hacia el Caribe.
Este crecimiento ha sido documentado en investigaciones como el estudio The Great Atlantic Sargassum Belt (2019), publicado en Science, que identifica la formación de una franja masiva de sargazo en el Atlántico tropical. Más recientemente, monitoreos satelitales han estimado volúmenes cercanos a los 40 millones de toneladas, confirmando la magnitud del fenómeno.
En México la UNAM, a través del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático, da seguimiento a estas masas mediante imágenes satelitales y modelos oceanográficos que permiten ubicar y rastrear su desplazamiento en mar abierto.
Sin embargo, la capacidad de anticipar su llegada a las costas sigue siendo limitada. “Se puede seguir la trayectoria de los parches, pero no predecir con certeza si van a arribar ni en qué cantidad”, explica a Vértigo Chávez Cerón. La interacción de variables como temperatura, corrientes, oleaje y viento hace que el comportamiento del sargazo sea altamente dinámico.
Así, aunque la ciencia ha logrado dimensionar el problema, el fenómeno avanza más rápido que la capacidad de respuesta. Hoy no solo se observa un aumento en volumen sino también una mayor frecuencia, duración y persistencia, rasgos que confirman su transformación en una nueva normalidad ambiental en el Caribe mexicano.
Impactos ambientales y sociales
El problema del sargazo no radica en su presencia en mar abierto sino en su acumulación en las costas. Mientras flota, funciona como un ecosistema; pero cuando se estanca comienza a descomponerse, liberando lixiviados y gases que generan impactos ambientales y sanitarios. “En cuanto se queda sin movimiento, el alga empieza a degradarse y genera efectos severos”, explica Chávez.
Uno de los efectos más delicados se presenta en la península de Yucatán. Debido a la naturaleza kárstica del suelo, altamente permeable, los lixiviados pueden filtrarse hacia los acuíferos, principal fuente de agua dulce en la región. El fenómeno trasciende así la franja costera y se convierte en un riesgo hídrico.
A nivel ecológico, la acumulación masiva altera el equilibrio de los ecosistemas. La capa de sargazo impide el paso de la luz, afecta a pastos marinos y corales, y modifica las condiciones del hábitat para diversas especies. También impacta a fauna costera, como tortugas marinas, al interferir en sus procesos de anidación.
En este contexto, Brigitta van Tussenbroek, especialista del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, declaró recientemente que “el arribo de sargazo ya no es estacional, ahora puede presentarse prácticamente durante todo el año”, lo que incrementa la presión sobre los ecosistemas.
Además, señaló que su descomposición “genera condiciones de hipoxia”, es decir, una disminución del oxígeno en el agua que puede provocar mortandad de organismos marinos.
El impacto también es económico. En el Caribe mexicano, donde el turismo es uno de los principales motores, la llegada masiva de sargazo deteriora el paisaje, reduce la afluencia de visitantes y eleva los costos de mantenimiento. De acuerdo con el Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS), su manejo implica gastos cercanos a 150 millones de dólares para autoridades y sector privado.
De residuo a recurso
Frente a un fenómeno que rebasa la capacidad de contención, la apuesta comienza a girar hacia su aprovechamiento. El IMIPAS se integró a la iniciativa Caribe Circular, una alianza entre sector público y privado que busca transformar el sargazo en materia prima para productos como bioplásticos, utensilios y materiales de empaque.
El proyecto plantea revalorizar hasta dos millones de toneladas hacia 2028 y generar alrededor de tres mil 500 empleos, además de incorporar a gran parte del sector hotelero en el uso de estos insumos. Sin embargo, el reto no es menor: la variabilidad del arribo, los costos de recolección y almacenamiento, así como la regulación sanitaria, siguen siendo obstáculos para consolidar una industria.
Desde la academia, especialistas coinciden en que el aprovechamiento solo será viable si se logra recolectar el sargazo antes de su descomposición y bajo criterios técnicos. En paralelo, el desafío sigue siendo estructural: convertir un residuo altamente variable en una materia prima constante. La temporalidad impredecible del arribo, su rápida degradación y los costos logísticos obligan a pensar en esquemas de almacenamiento, procesamiento oportuno e incluso cultivo controlado.
Aun así, las estrategias actuales —como la instalación de barreras y la recolección en mar y playa— siguen siendo limitadas. Además de su alto costo, pueden generar efectos secundarios, desde la erosión de playas por la remoción de sedimentos hasta la acumulación de sargazo en el agua, donde continúa su descomposición.
En este contexto, el sargazo deja de ser un episodio extraordinario para convertirse en una condición permanente que exige respuestas de largo plazo. Más que erradicarlo, el reto será aprender a gestionarlo en equilibrio con el ambiente y con una visión que combine ciencia, política pública e innovación productiva.

