Porfirio Díaz
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01 julio, 2015
Hector González

Porfirio Díaz, el dictador y sus claroscuros

Este 2 de julio se cumplen 100 años de la muerte de una de las figuras más polémicas de la historia mexicana: Porfiro Díaz.

Este 2 de julio se cumplen 100 años de la muerte de Porfirio Díaz, uno de los personajes más polémicos de la historia y que exige una relectura.

El historiador y académico Paul Garner, autor del libro Porfirio Díaz. Del héroe al dictador (Planeta), hace una primera aproximación: “Fue un personaje muy complejo”.

Explica que la formación militar, religiosa y de Derecho marcó la senda de su desempeño político:

“Fue un estadista enigmático, mejor para escuchar que para hablar. Su carrera política inicia con la Revolución de Ayutla. Participó en la Guerra de Reforma y en la intervención francesa, donde se convierte en un militar destacado. En su momento fue considerado un héroe nacional”, dice en entrevista con Vértigo.

Las rutas de la historia exhiben las contradicciones de Díaz. Compitió en dos ocasiones por la Presidencia con Benito Juárez y en ambas perdió. Por ello les criticó a él y a Lerdo de Tejada su ambición de poder. “Irónicamente, fue Díaz quien propuso que el periodo presidencial durara cuatro años”, añade Garner.

Después de un tiempo como legislador, Porfirio Díaz llegó a la silla presidencial en 1876 y no saldría del cargo hasta 1911, para marcharse exiliado a Francia. Sus 35 años de gobierno dejaron una estela de claroscuros cuya lectura depende del historiador y el interés político.

Así lo entiende el historiador Álvaro Matute:

“Es una figura que merece una revisión constante. Hay que ir más allá de los libros de texto. Con esa información histórica todo es muy esquemático y superficial”.

Matute expone que el Porfiriato legó el ferrocarril que dio cohesión al país, el urbanismo, la estabilidad y una dirección clara en términos políticos, sociales y económicos. Su talón de Aquiles reposa en la desigualdad que propició, sobre todo, en comunidades rurales e indígenas, como sucedió con los yaquis y mayas o los cañeros de Morelos.

Garner define a Porfirio Díaz como un político pragmático y patriótico.

“Construyó un proyecto liberal. Creó una infraestructura económica que vincularía a México con el exterior. La historiografía dice que a su llegada al poder distorsiona al liberalismo. Es un error: la mayoría de los juicios hacia su régimen se centran en su última etapa. De 1906 a 1910 el régimen sí se desmorona y se vuelve más autoritario, hay incidentes de huelga y represión, eso distorsiona el resto de su trabajo”.
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Balance

El análisis del Porfiriato tiene que ir de la mano con una revisión de su contexto. Eran los años del positivismo. A nivel internacional había terminado la Guerra Franco-Prusiana, Europa entró en un periodo de paz y Estados Unidos atravesaba por un momento de crecimiento. Estas condiciones contribuyeron a la estabilidad en México.

Comenta el historiador Pedro Salmerón:

“La época de Díaz corresponde con la época del imperialismo clásico. El ferrocarril conecta y rompe ataduras, pero también vincula directamente a México con el mercado mundial y convierte al país en un productor de materias primas a favor del imperio. Todas las exportaciones en México —y cuando digo todas quiero decir casi exactamente eso— beneficiaban directamente a las grandes compañías, sobre todo británicas y estadunidenses. Todas las exportaciones salían por cuenta de compañías como la Hardcore Standard Oil, International Robert Company, International Harvard’s Company…”

Crítico, Salmerón expone que el gobierno de Díaz promovió la explotación del trabajador:

“En las plantaciones tropicales los trabajadores vivían como esclavos; lo mismo sucedía en las plantaciones de henequén en Yucatán, con los madereros de Chiapas y en Oaxaca con quienes plantaban tabaco”.

Pero “México es un país muy difícil de gobernar”, revira Paul Garner. Si bien en teoría a partir de la Independencia la legitimidad se obtenía por medio de la Constitución, en la práctica era otra cosa:

“Aquí predomina la cultura política de jerarquías y favores. La paradoja de la política mexicana del siglo XIX es que hay aspiraciones democráticas constitucionales, pero para ponerlas en práctica se necesitan medidas autoritarias. Eso lo entendió muy bien Díaz, porque siempre se aferraba a la Constitución en cuestiones electorales”.

A lo largo de sus ocho periodos de gobierno, Díaz siempre se impuso en las urnas.

“Esto no quiere decir que las elecciones fueran siempre limpias y sin arreglos políticos. El sistema porfiriano se basaba en hacer arreglos y negociaciones. Pero estas prácticas se mantuvieron en el siglo XX, el sistema priista las retomó. Cuando Díaz llegó a la Presidencia no tenía tanto poder; por el contrario, su gobierno era débil. Cuando lees sus cartas descubres que tenía que negociar constantemente. Sí, ejerció la mano dura; pero sobre todo en sus últimos cuatro años decía que por justificada que fuera una rebelión no se puede permitir un levantamiento militar”.

Su biógrafo destaca que si bien dejó un importante legado, Díaz no supo adecuarse a los nuevos ciudadanos surgidos a partir del modernismo impulsado por el mismo gobierno:

“Dejó un mercado interno. No había infraestructura financiera o fiscal. Cambió las formas tributarias. Creó instituciones jurídicas sociales. Tenemos el progreso material, tenía un proyecto de nación y Estado. Al final del Porfiriato, México es uno de los países de Latinoamérica más industrializados. No existía una clase media urbana y en su régimen surgió. El problema es que ese sector exigía más derechos y eso Díaz no lo entendió. Lo que falló es que no hubo un desarrollo político acorde al material. Fue víctima de la modernización del país, porque ese fue el sector que se opuso y siguió al maderismo”.

Para el historiador Alejandro Rosas hacen falta estudios serios sobre Porfirio Díaz y concluye que su análisis debe dejar atrás las visiones reduccionistas:

“Necesitamos repensarlo en función de lo que requerimos como país. No necesitamos un dictador, tampoco una aplicación discrecional de la ley, ni una paz ensangrentada, como la aplicada en su gobierno. Del Porfiriato hay que aprender lo que no debemos hacer y que sin embargo estamos haciendo. Como su éxito fue en términos materiales, por eso es fácil pensar que necesitamos a alguien como él. Pero en realidad necesitamos hacer de México un país de leyes”.
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