Ciudad de México, 11 de agosto de 2026. Las organizaciones exigen cada vez más rapidez, capacidad de adaptación y soluciones originales. Sin embargo, cuando esta demanda se traduce en la expectativa de que los profesionales sean creativos, productivos y accesibles de manera permanente, puede generar fatiga, pérdida de perspectiva y una menor calidad en la toma de decisiones.
De acuerdo con el AXA Mind Health Report 2026, el 62 % de la población trabajadora encuestada en México experimentó un nivel moderado o severo de estrés en su vida profesional durante el último año, cinco puntos porcentuales más que en 2025. Se trata del tercer porcentaje más elevado entre los 18 países analizados, por detrás de Turquía e Italia.
El informe se basa en respuestas autoinformadas, por lo que estos resultados no equivalen a un diagnóstico clínico ni deben interpretarse como una clasificación mundial absoluta.
La creatividad y la resolución de problemas complejos no funcionan como una línea continua de rendimiento. Requieren periodos de concentración deliberada, pero también momentos de menor control consciente que permitan cambiar de perspectiva.
La cuestión, por tanto, no es elegir entre concentrarse o distraerse, sino aprender a alternar distintos modos de trabajo mental.
“Existe la creencia de que una persona productiva debe permanecer concentrada durante toda la jornada. Sin embargo, la creatividad necesita foco, pero no foco permanente. Después de comprender el problema y trabajar intensamente sobre él, tomar distancia puede facilitar nuevas asociaciones. Lo importante es gestionar la atención y la energía mental, no medir el compromiso por el número de horas de concentración aparente”, explica Maite Moreno.
Este proceso se conoce como incubación. Para que se produzca, debe existir un trabajo previo: definir bien el reto, recopilar información, reconocer restricciones y explorar posibles caminos. Alejarse de un problema que apenas se ha elaborado difícilmente generará una solución relevante. La pausa tampoco garantiza una buena idea; crea, en determinadas condiciones, la posibilidad de volver con una mirada menos rígida.
Cuando aparece un bloqueo, puede ser más útil interrumpir temporalmente la insistencia y cambiar a una actividad de baja exigencia: caminar, ordenar materiales, realizar una tarea rutinaria o conversar con otra persona. Estas actividades pueden reducir la fijación en una única respuesta y facilitar conexiones distintas. Después es necesario regresar al problema, capturar las ideas y someterlas a análisis.
Esto no debe confundirse con revisar redes sociales, atender notificaciones o saltar de un mensaje a otro. La fragmentación digital obliga a reorientar la atención de forma constante y dificulta el trabajo profundo. Una pausa restauradora reduce la demanda cognitiva; una cadena de interrupciones la multiplica.
“El reto no es introducir más pausas sin criterio, sino diferenciar la desconexión intencional de la dispersión. También es un error trasladar toda la responsabilidad al trabajador. Pedir creatividad mientras se llenan las agendas de reuniones, se exigen respuestas inmediatas y se mantienen abiertos varios canales de comunicación es una contradicción organizativa”, advierte Moreno.
Para favorecer ideas de mayor calidad, la experta propone separar cuatro movimientos: formular con precisión el reto, proteger un periodo de concentración, introducir una pausa de incubación y regresar para evaluar. Esta última fase es esencial, porque creatividad e innovación no son sinónimos. La creatividad permite generar propuestas novedosas y útiles; la innovación exige seleccionarlas, desarrollarlas e implementarlas para producir valor.
No existe una duración universal para los bloques de trabajo o las pausas. Depende de la complejidad de la tarea, el nivel de fatiga y las características de cada persona. Las empresas pueden ayudar reservando espacios sin reuniones, limitando las interrupciones evitables y acordando tiempos razonables de respuesta. El sueño suficiente, la actividad física, la desconexión fuera del horario laboral y los espacios de ocio también contribuyen a preservar los recursos necesarios para pensar, aprender y resolver problemas complejos de forma sostenible.

