Loli hace seis meses que no acude a la escuela. Ella aprobó cuarto de primaria con la ayuda de sus padres, quienes le indicaron cómo seguir las clases y conectarse al aula virtual. A Pedro le da pereza el retorno al colegio para primero de secundaria, mientras que su madre se lo piensa dos veces, temerosa por el riesgo a la exposición de los abuelos. Para Pepi el tiempo se ha detenido desde que no asiste al centro de atención especial para autistas. Y a Akram su escuela en Málaga le perdió la pista desde el confinamiento en marzo pasado; apenas habla castellano y vive en una casa de asistencia social junto con su madre, también refugiada e inmigrante.
La realidad del retorno a clases desdibuja cientos de miles de historias adheridas al tejido de su propia condición socioeconómica, que les facilita o les dificulta la inmersión en el nuevo ciclo escolar, marcado por una pandemia en etapa de propagación y en vísperas de la segunda ola de contagios.
En Europa la vuelta al cole se ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza, entre reproches de los padres hacia las autoridades porque consideran que no han tomado las medidas necesarias para garantizar a niños, adolescentes y jóvenes un retorno a las aulas lo más seguro posible ante la amenaza de SARS-CoV-2.
Para el fracaso escolar la única vacuna es el aprendizaje, la disciplina y el estudio comprometido. A escala mundial la evolución de los datos de transmisión del coronavirus no son nada halagüeños: los infectados superan los 24 millones, mientras el número de fallecidos se encamina hacia el millón y las elevadas temperaturas estivales no logran contener al patógeno, que sigue circulando además entre continentes y países en la medida en que el trasiego de viajeros va de un sitio a otro, contribuyendo con ello a que las seis cepas del virus reconocidas por la OMS pasen de un lugar a otro, evidenciando diversas intensidades en su propagación y en sus efectos en los enfermos.
El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, vaticina una “catástrofe generacional” si persisten varios centros educativos cerrados y no se retorna a las aulas para echar a andar el ciclo educativo 2020-2021.
En datos fríos y duros la propia ONU asevera que “el mundo ya padecía una crisis educativa antes de la pandemia”, porque más de 250 millones de niños en edad escolar no estaban escolarizados. La UNESCO señala que son 258 millones, entre niños y jóvenes.
A inicios de septiembre siguen cerradas las escuelas en 160 países, afectando la vuelta de mil millones de estudiantes a los centros escolares.
El coronavirus también trastoca al sector educativo, al que la urgencia sanitaria y los confinamientos tomaron por sorpresa evidenciando que los teléfonos móviles y otros dispositivos tecnológicos usan más el internet para hacer uso de las redes sociales que para crear nuevos circuitos educativos favorables para contar con verdaderas aulas virtuales.
La Comisión Económica para América Latina indica que entre el primero y el segundo trimestre del año tanto el tráfico de datos como el uso de aplicaciones para favorecer el teletrabajo aumentaron 324%, mientras que la educación en línea, el uso de aplicaciones, subió 60 por ciento.
Respecto del costo de la asequibilidad a internet móvil y fijo para la población en situación de mayor pobreza, se sitúa en un rango de 5 a 10%, según el propio organismo regional.
El coronavirus crea tal emergencia de salud pública que los estragos colaterales son elevados, con fuertes e inéditas caídas en los niveles de la economía y poniendo en el foco —dadas las características de su transmisión— el contacto social con otras personas; la interacción solo bajo ciertas pautas.
Así ahonda las brechas en todos los sentidos y en todos los sectores, encima haciendo más agria la convivencia social. Amistades y matrimonios endebles sucumben ante las tensiones del momento crucial, que dejan al desnudo los sentimientos más íntimos.
Y a los educandos los sume en una lacerante realidad: la digitalización como opción. Quienes tengan los medios continuarán; quienes no quedarán rezagados y dejarán los estudios.
Por muchas décadas los encargados de las instituciones y de los gobiernos en el mundo basaron su mayor desafío social, incluir a los excluidos, en la alfabetización.
Sin embargo la pandemia recuerda que aquellas personas ajenas a las nuevas tecnologías son analfabetas digitales… y algunas probablemente doblemente analfabetas, esto es, doblemente excluidos en África, en muchas partes de Asia y, por supuesto, en América Latina. Aunque también Europa tiene grupos minoritarios, de inmigrantes fundamentalmente y varios colectivos vulnerables.
Graves dificultades
Anualmente la UNESCO publica un documento para monitorear la educación en el mundo. En el informe GEM 2020 relacionado con la inclusión en la educación “all means all” (en español, “todos significa todos”), el organismo señala que la tasa mundial de alfabetización (86%) indica que 750 millones de adultos en el mundo son analfabetos.
De hecho remarca que “los analfabetos mayores de 65 años son casi 40% más numerosos que los jóvenes”. Ahora la preocupación pasa porque nuevamente aumente el número de analfabetos jóvenes y se convierta en una generación Covid-19 marcada por el fracaso escolar.
¿Bajo qué criterios? Una pandemia larga, que dificulta la presencia dentro de las aulas en los centros escolares de los alumnos debido al incremento en los casos de contagio que obligue, en primera instancia, al cierre de las escuelas y a continuar los estudios en el hogar; lograrán concluir aquellos con los medios digitales suficientes para mantenerse al día con las clases, los deberes, la entrega de trabajos y los exámenes… en el camino quedarán aquellos que, aun cuando quieran estudiar, carezcan de los medios digitales para sumarse al resto de sus compañeros.
Segundo, muchos niños están en zonas de miseria, sobre todo en África subsahariana, donde persiste la extrema pobreza y otros en Asia en zonas de conflicto civil, guerras o inestabilidades. En el periodo 2013-2017 hubo más de doce mil 700 “ataques a centros educativos en diversas partes del mundo”, que afectaron a 21 mil alumnos y educadores.
Hay que añadir otros datos dramáticos de niños, adolescentes y jóvenes inmigrantes solos o en calidad de refugiados con sus progenitores en otros países, que no reciben ninguna atención educativa.
Y además de problemas endémicos en el sector educativo hay prácticas que persisten: “Dos países de África siguen prohibiendo la escolarización de las niñas embarazadas; 117 permiten los matrimonios infantiles, mientras que 20 todavía no ratifican el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo, que prohíbe el trabajo infantil. En varias naciones de Europa central y oriental los niños romaníes son segregados en las escuelas normales. Y en Asia las personas desplazadas, como los rohingya, reciben enseñanza en sistemas educativos paralelos”.
La UNESCO estima que el gasto anual de educación en el mundo es de 4.7 billones de dólares. “Los gobiernos aportan 79% del gasto total y los hogares 20%. La ayuda a la educación, pese a que alcanzó un pico en 2016, representa 12% del gasto total de educación en los países de bajos ingresos y 2% en naciones de ingresos medianos bajos. Para atender las necesidades más básicas de los niños en situaciones de crisis el porcentaje de la educación en la ayuda humanitaria debería multiplicarse por diez”, inquiere el organismo.
No hay esa capacidad de respuesta. Lo que queda por delante es la capacidad de aprendizaje para corregir lo que hasta ahora se venía haciendo mal y que la pandemia deja al descubierto.
Hasta el momento la UNESCO habla de “una exacerbación de la exclusión” durante la pandemia y cree que “alrededor de 40% de los países de ingresos bajos y medios bajos” no apoyan a los alumnos desfavorecidos durante el cierre de escuelas.
“Incluso antes de la pandemia 258 millones de niños y jóvenes estaban totalmente excluidos de la educación, siendo la pobreza el principal obstáculo para su acceso. En los países de ingresos bajos y medios es tres veces más probable que los adolescentes del sector 20% más rico de todos los hogares terminen el primer ciclo de enseñanza secundaria, que aquellos de los hogares más pobres”, destaca.
Universalizar la conectividad
Para la CEPAL solo hay un camino ante el coronavirus y la educación, que pasa por universalizar la conectividad y asequibilidad a las tecnologías digitales. Para ello hay que construir “una canasta básica” de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) a todos los hogares, con un costo anual inferior a 1% del PIB.
El organismo propone cinco líneas de acción: 1) una sociedad digital inclusiva; 2) impulsar la transformación productiva; 3) promover la confianza y la seguridad digital; 4) fortalecer la cooperación digital regional, y 5) avanzar hacia un nuevo modelo de gobernanza para asegurar un Estado de bienestar digital que promueva la igualdad, proteja los derechos económicos, sociales y laborales de la población, garantice el uso seguro de datos y genere el cambio estructural progresivo.
“Los países de la región deben garantizar una canasta básica de las TIC integrada por un computador portátil, un teléfono inteligente, una tableta y un plan de conexión para los hogares no conectados”, señala.
Las TIC, puntualiza, son esenciales para el funcionamiento de la economía y la sociedad durante la crisis de la pandemia.
En América Latina, explica, 46% de los niños de cinco a doce años vive en hogares que no están conectados, por lo que el acceso a los dispositivos digitales es también desigual en la región: “Mientras entre 70 y 80% de los estudiantes en los niveles socioeconómicos más altos tiene computadoras portátiles en sus hogares, solo entre 10 y 20% de los estudiantes pertenecientes a los quintiles de menores ingresos cuenta con estos dispositivos”.
La diferencia entre los estratos económicos más altos y más bajos “condiciona el derecho a la educación y profundiza las desigualdades socioeconómicas. Para garantizar una educación inclusiva y equitativa y promover oportunidades de aprendizaje a lo largo de todo el ciclo educativo se deben aumentar no solo la conectividad y la infraestructura digital sino también las habilidades digitales de maestros y profesores, así como la adecuación de los contenidos educativos al ámbito digital”, subraya la CEPAL.
El organismo regional dio a conocer que el año pasado 66.7% de los habitantes de la región tenía conexión a internet y el tercio faltante “un limitado acceso o sin acceso” a las tecnologías digitales debido a su condición económica y social, en particular su edad y localización.
Niños, menos expuestos
El fracaso en el sector educativo podría ser una realidad lacerante gracias a la presencia del coronavirus, que mete el miedo en el cuerpo aunque la OMS reitera que, de acuerdo con sus estadísticas, los menores y adolescentes son los que menos enferman por coronavirus y los que tienen las menores posibilidades de llegar a una situación de deceso.
La OMS los ubica más bien en calidad de potenciales contagiadores, de ser portadores silenciosos del virus, asintomáticos pero propagadores; muchos hogares conformados con personas mayores tienen precisamente el recelo de la vuelta al colegio de forma presencial sabedores de lo que las propias autoridades mencionan: son portadores asintomáticos.
Un estudio del Hospital de Sant Joan de Déu, en Barcelona, afirma que “el contagio por coronavirus entre niños es seis veces menor que entre adultos”.
Regreso dispar
En México la vuelta al ciclo escolar se decide bajo la polarización de sus estratos sociales: los que puedan estudiarán online con sus tabletas y computadoras personales; y los que no volverán a las clases por televisión.
Muchos otros países de América Latina lo han decidido así porque sigue habiendo transmisión comunitaria. De hecho Mike Ryan, directivo del programa de Emergencias de la OMS, advirtió que una vuelta a clases en medio de una creciente transmisión comunitaria “solo agravará” la pandemia.
En Israel volvieron a las escuelas en mayo, pero en pocos días empezaron las infecciones en los bachilleratos y luego en las casas con los familiares de los alumnos y de los profesores.
En Europa Alemania ha sido uno de los primeros países en convocar a sus alumnos a la vuelta a los centros educativos, pero tiene en Berlín 40 escuelas con reportes de contagios.
Por su lado Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido, asegura que la transmisión entre los niños es “muy, muy baja” y que si se contagian los efectos en ellos son “muy, muy bajos”. Reino Unido estudia incluso sancionar a los padres que no lleven a sus hijos a las aulas.
La escolarización, más que un derecho, en Europa es una obligación. Muchos padres rebeldes podrían enfrentarse —ante su negativa a matricular este ciclo escolar a sus hijos— a un expediente por abandono escolar que los confronte con servicios sociales.
En España los sindicatos de maestros en Madrid han convocado una serie de huelgas a partir del 4 de septiembre denunciando que no hay las condiciones de seguridad para estar en las aulas; les secundan los estudiantes organizando un paro nacional para presionar al Ministerio de Educación señalando que reinará el caos. La nación ibérica está etiquetada por la peor gestión de la pandemia y por tenerla en descontrol.

