DE BOLSAS DE DIÁLISIS A TENIS: EL PROYECTO MEXICANO QUE RECICLA RESIDUOS MÉDICOS

“Los residuos médicos también pueden formar parte de la economía circular”.

Tenis de residuos
Nacional
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Un paciente puede generar más de 100 kilogramos de residuos de PVC al año, lo que representa todo un desafío ambiental si no se gestionan adecuadamente.

Cada mes una persona que recibe diálisis en casa puede generar entre doce y 15 kilogramos de residuos plásticos por mes. Son bolsas y materiales médicos que, tras su uso, terminan en la basura doméstica sin una ruta clara de manejo. En hospitales estos desechos están regulados; en los hogares, no. El resultado es una contaminación silenciosa que se acumula día a día: PVC médico que puede tardar hasta 400 años en degradarse.

Frente a ese vacío, una iniciativa mexicana propone una salida distinta. La alianza entre RE-PVC y Panam transforma bolsas de diálisis en suelas de tenis, integrando este material a un nuevo ciclo.

La apuesta es concreta: retirar residuos del entorno y demostrar que incluso un desecho médico puede convertirse en un producto útil y de calidad.

Residuos fuera del sistema

En México los residuos biológico-infecciosos están regulados por la NOM-087-ECOL-SSA1-2002, pero ese marco está diseñado para hospitales, clínicas y laboratorios. Cuando el tratamiento se traslada al hogar, como ocurre con la diálisis, los desechos quedan fuera de ese sistema. Ahí comienza el problema.

“Muchos pacientes enfrentan dificultades para hacerlo”, explica el nefrólogo Nathan Berman. “Algunos servicios de recolección los rechazan por considerarlos potencialmente infecciosos y otros simplemente no saben cómo tratarlos”, precisa en entrevista el especialista adscrito al Departamento de Nefrología del Trasplante del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición.

En la práctica esto deja a los pacientes sin alternativas claras: los residuos se generan todos los días, pero no existe una ruta definida para su manejo fuera del ámbito hospitalario.

“En la diálisis peritoneal, por ejemplo, las bolsas no están en contacto directo con el paciente ni con sus fluidos de la manera en que la gente imagina”, explica. “Aun así, se manejan como si fueran residuos de alto riesgo”.

Esta percepción influye directamente en su destino: materiales que podrían ser recuperados o tratados terminan siendo rechazados o enviados a la basura común.

“El sistema de salud ha avanzado para que los pacientes puedan atenderse en casa, pero no hemos resuelto qué hacer con los residuos que eso genera”, añade.

El volumen da dimensión al problema. “Un paciente puede generar más de 100 kilos de residuos de PVC al año”, confirma. Se trata de un flujo constante de plástico que, sin mecanismos de recuperación, se acumula en rellenos sanitarios o se dispersa en el ambiente.

Cerrar el ciclo

Fue durante la pandemia cuando el problema se volvió más visible. Con mayor número de pacientes realizando diálisis en casa, los residuos comenzaron a acumularse y evidenciaron la falta de opciones para su manejo fuera del entorno hospitalario, recuerda Berman.

En ese contexto empezó también la solución. “Yo mismo pasaba con mi camioneta a recoger las bolsas con los pacientes”, cuenta. Iba casa por casa, viendo cómo se almacenaban y la rapidez con la que se generaban. Ese contacto directo le permitió dimensionar el problema.

Berman ya llevaba tiempo trabajando con este material. Antes de pensar en calzado había desarrollado otros productos a partir del reciclaje de bolsas de diálisis, pero buscaba algo con mayor alcance.

Ese punto de inflexión llegó cuando identificó una coincidencia técnica: el PVC de las bolsas de diálisis es el mismo material que se utiliza en la suela de algunos tenis. Con esa idea, se acercó a Panam.

“Llegó tocando la puerta con una propuesta que no habíamos visto antes”, recuerda Paola Reglín, responsable de Comunicación y Marketing de la marca. “Nos habló del reciclaje de bolsas de diálisis y de cómo ese material podía integrarse a nuestro proceso”.

La propuesta llegó en un momento clave. Durante años la empresa había buscado desarrollar un modelo sustentable sin encontrar una causa que realmente hiciera sentido.

“Queríamos hacer algo bien, no solo sumarnos a una tendencia”, explica Reglín. “Había muchas iniciativas en la industria, pero cuando entendimos el impacto de este proyecto supimos que ahí estaba la oportunidad”.

El proceso comienza con la recolección de las bolsas, principalmente de pacientes que realizan diálisis en casa. Actualmente el programa trabaja con residuos provenientes de entre 250 y 300 personas, y cerca de 90% del material se obtiene directamente de los hogares.

Después el material pasa por varias etapas: separación, limpieza, clasificación y molienda. El PVC reciclado se convierte en pequeñas partículas que posteriormente se funden mediante un sistema de inyección para fabricar las suelas. El resultado es un producto cotidiano con un origen poco visible.

Cada par de tenis, explica Reglín, incorpora material reciclado de bolsas de diálisis, integrándolo a un nuevo ciclo. En términos del producto completo, alrededor de 20% del tenis está compuesto por este material, mientras que la suela se fabrica completamente con PVC reciclado.

Pero el proyecto no se queda en lo ambiental. “El objetivo también es generar conciencia”, señala Reglín. “Queremos que la gente entienda que este no es un tenis cualquiera, sino que hay una historia detrás”.

Esa historia también tiene un impacto social: 10% de las ventas se destina a programas de educación sobre salud renal impulsados por NEF Salud Renal con el objetivo de informar y apoyar a pacientes.

Para Nathan Berman el alcance del proyecto va más allá del producto. “No se trata solo de reciclar sino de cambiar la forma en que vemos estos residuos”.

Más allá del reciclaje

Detrás del proyecto también hay una urgencia que va más allá del plástico. La enfermedad renal continúa en aumento y, en muchos casos, avanza de forma silenciosa. Se estima que una de cada diez personas vive con algún grado de este padecimiento, lo que convierte a la prevención y la información en un eje clave.

Para Marisol Robles, presidenta de la Fundación Mario Robles Ossio y promotora de la educación renal a través de NEF Salud Renal en Red Global, el valor de la iniciativa está precisamente en esa conexión. “Cuando hablamos de salud renal también tenemos que hablar del planeta. Este proyecto demuestra que incluso los residuos del tratamiento pueden transformarse en conciencia, innovación y educación para los pacientes”.

Esa intención también se refleja en los detalles del producto. Las agujetas amarillas (color de la orina) del modelo hacen referencia al Día Mundial del Riñón, un símbolo que busca visibilizar la enfermedad y abrir conversación desde lo cotidiano.

El impacto, aunque aún en una escala inicial, apunta a dos frentes: reducir residuos y generar conciencia. En un contexto donde el problema apenas comienza a discutirse, cada paso —o cada par— también es una forma de hacer visible lo que hasta ahora había permanecido fuera del radar.

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