Qué ven quienes no ven

Desde hace siete años, Ojos que sienten trabaja para vincular a invidentes con la fotografía.
26 julio, 2013
Hector González
Todo menos politica

Dice el fotógrafo ciego Evgen Bavcar: “Lo importante es la necesidad de las imágenes, no cómo son producidas. Cuando imaginamos cosas, existimos: no pertenezco a este mundo si no puedo decir que lo imagino a mi manera. La imagen no es por fuerza algo visual: cuando un ciego dice que imagina, significa que él también tiene una representación interna de realidades externas”.

Desde hace siete años, Ojos que sienten trabaja para vincular a invidentes con la fotografía. Su directora, Gina Badenoch, está convencida de que la disciplina es una herramienta de comunicación para quienes padecen esta discapacidad.

Por ello, la asociación civil instruye al interesado en hacer de la cámara un instrumento de expresión. “Soy fotógrafa y siempre me ha gustado enseñar el proceso que hay detrás de una imagen”, explica.

La idea surgió mientras visitó la exposición Diálogo en la oscuridad. “No conocía a personas invidentes; no tengo problemas de la vista; quería dar una herramienta a un grupo de personas que parece que no entienden el mundo visual”.

Asesorada por el propio Evgen Bavcar y Christian Lombardi, diseñó un curso lo suficientemente eficaz como para cumplir su objetivo: “Al principio más de la mitad del grupo pensó que estaba loca. Teníamos ciegos de nacimiento, ciegos adquiridos, gente en proceso de perder la vista”.

La primera vez

Darle una cámara a un ciego no es un fin, es un proceso con rumbo a vencer inseguridades y aprender a relacionarse de otra manera con el mundo que los rodea.

Karen Guerrero tiene más de seis meses en Ojos que ven; actualmente trabaja en una empresa de instrucción laboral; su visión se limita a la periferia: de frente no ve nada. “Yo digo que soy ciega porque percibo muy poca luz; en términos prácticos es mejor”, asegura.

En la asociación ya tomó cursos de redacción y computación, pero reconoce que ninguno le aportó tanto como el de fotografía: “Al principio pensé que iba a sacar tabiques chuecos, pero cuando salí de la caja negra, como se dice, abrí mi mente. Me dejé llevar por los otros sentidos, el tacto, la corriente de aire, etcétera. Me quité de paradigmas y adelante. Es una actividad que te ayuda a buscar los ‘sí’. ‘Sí’ se puede, ‘sí’ se quiere… Te abre un panorama muy grande en la creatividad y te ayuda a resolver problemas personales y profesionales”.

Salir de la caja negra equivale a superar la barrera de la oscuridad. No es fácil trascender la franja. “Se necesita un amplio criterio porque si no, te encierras; hay que cooperar con fuerza de voluntad”, añade.

A través de unos amigos fue que José Córdoba Tapia llegó al curso. La fotografía le representa un mundo de posibilidades expresivas: “Es un apoyo para que quienes carecemos de la vista o somos débiles visuales nos relacionemos con los demás. ¿Cómo puedo explicar algo que me parece hermoso? ¿Cómo entiendo un paisaje o figura humana? Lo puedo describir, pero qué mejor que demostrarlo con una fotografía”, asevera.

Un principio de realidad es que el invidente no puede ver su fotografía. Asumirlo no es fácil. El curso, explica Georgina Badenoch, implica apoyar al alumno con asesoramiento técnico, pero también sicológico. “Cuando empiezan a tomar sus fotos y se dan cuenta de que no ven pero perciben, se enfocan en el olfato, el gusto y el tacto. Es algo similar a lo que los normovisuales experimentamos cuando escuchamos radio o leemos un libro. Una vez que llegan a ese punto le pierden el miedo a la calle y a conectarse con la sociedad”.

La frustración es inevitable, pero no invencible. “Requiere trabajarla de cerca, porque si no el curso es contraproducente. El éxito no nada más consiste en que las imágenes sean bonitas, sino que se entienda el por qué de cada una; es entonces cuando se conectan con el mundo visual. Cuando describen la imagen establecen realmente comunicación con el otro”.

Córdoba Tapia lleva un año tomando fotografías. Su campo visual se limita a claroscuros; no distingue figuras. “A los débiles visuales la luz nos jala la poca vista que nos queda; mientras uso la cámara intento que esto no me suceda”. Para él, la parte más placentera del proceso es cuando discute su toma. “Es una forma de dialogar con las personas. Lo único que no queda en mi mente es la parte visual, pero lo que fotografío ya lo olí, palpé o escuché. Ya existe en mi mente y con eso me puedo formar una base de datos. Desde luego que mis imágenes nunca serán similares a las que un normovisual puede capturar, pero aun así es posible. Cuando la gente comenta nuestro trabajo es un auténtico gozo, porque significa que conseguimos comunicar algo”.

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