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Juan Carlos del Valle
04 mayo, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

CINE Y ENCIERRO (2)

El confinamiento actual nos enfrenta al presente con más contundencia que nunca.

Seguimos sumando días de cuarentena y sus efectos, tanto sicológicos como económicos, se intensifican. Y si bien es cierto que el encierro tiene la particularidad de revelar algunas de las caras más oscuras del ser humano la historia ha demostrado una y otra vez que, al igual que sucede en situaciones de guerra y otras crisis, la clausura y el aislamiento pueden inspirar algunos de nuestros más altos valores y capacidades.

El cine a menudo nos recuerda situaciones de encierro desoladoras o excepcionales por las que la especie humana ya ha pasado antes, tanto en lo individual como en lo colectivo.

El chico de la burbuja de plástico (1976) es una historia inspirada en un caso verdadero que, aunque pudiera parecer simplona, ajena y hasta ficticia, plantea una cuestión que resulta de gran actualidad. Debido a una deficiencia inmunológica el protagonista debe elegir entre permanecer dentro de un confinamiento esterilizado y conservar la vida o vivir una existencia fugaz pero plena, fuera de él. ¿Cuántos milagros pasan desapercibidos en la cotidianidad y se añoran desde el encierro? La película nos cuestiona sobre cómo y desde dónde escogemos vivir.

Probablemente no haya ninguna historia de encierro más conmovedora e infortunada que la de Ana Frank y su familia. En ninguna otra se pone de manifiesto la enorme capacidad de adaptación de los seres humanos a situaciones de adversidad inimaginable. Si bien hay varias versiones fílmicas de esta historia real, El diario de Ana Frank (1959) de George Stevens es mi preferida. A pesar de su terrible desenlace es sin duda una lección invaluable sobre el triunfo del amor. Frente a la incertidumbre, fe; frente a la injusticia e intolerancia, sentido familiar y fraterno; frente al horror de la muerte, la perseverancia en la lucha por la vida.

Otra historia verídica llevada al cine que rescata las posibilidades creativas y restaurativas del aislamiento es La celda olvidada (1962), de John Frankenheimer, en la cual un asesino convicto es puesto en prisión solitaria permanente y, en lugar de sucumbir a la demencia o la depresión, se entrega tenazmente a la curiosidad científica de cuidar y estudiar pájaros, volviéndose un especialista reconocido. Así, mientras aprende a curar a las aves dentro de sus jaulas, se regenera también a sí mismo y, teniéndolo todo en contra, transforma el encierro en un espacio de sanación, dando sentido a su existencia.

Dinámica

En El enigma de Kaspar Hauser (1976) Werner Herzog narra la historia real de un hombre que ha permanecido aislado y confinado desde su nacimiento. No sabe quién lo encerró ni por qué lo liberaron. La maravilla es observar a Kaspar aprehendiendo el mundo por primera vez, con la inocencia de un niño que se conmueve hasta las lágrimas al escuchar música o al tocar la mano suave de un bebé. ¿De qué tamaño tiene que ser un hombre para construir edificios tan altos? ¿Por qué las manzanas no piensan?, se pregunta. Kaspar se encuentra dividido entre la curiosidad y el asombro que le produce el mundo exterior y la incapacidad de adaptarse a sus reglas y restricciones; es decir, entre una forma de contención y otra.

Hay encierros impuestos o voluntarios, reales o imaginarios, edificantes o destructivos, físicos o sicológicos. Desde las muchas historias exploradas a través del cine podemos identificarnos con la euforia de Kevin McAllister cuando por fin se encuentra solo en casa en Mi pobre angelito (1990), así como con los impulsos sicóticos de Jack en El resplandor (1980) o con la frustración de Phil en El día de la marmota (1993), condenado a repetir el mismo día una y otra vez, atrapado en un bucle infinito hasta aprender una lección. Por nuestra parte, ¿estamos aprendiendo alguna?

El futuro no existe. El confinamiento actual nos enfrenta al presente con más contundencia que nunca. La acostumbrada dinámica de planear para mañana y vivir un paso adelante está cancelada. Estamos detenidos, viviendo a expensas de los mensajes inciertos y confusos de expertos, líderes y medios de comunicación, que tampoco entienden nada. Ante este horizonte cabe preguntarnos: ¿qué estamos haciendo desde el aquí y el ahora? Podemos escoger entre rendirnos o encontrar un renovado valor y respeto por el milagro que es la vida misma; podemos sucumbir a la angustia y el miedo o hacernos más fuertes, resilientes, reflexivos, empáticos, propositivos, amorosos y conscientes; perder toda esperanza o trabajar para construir un mundo más humano, más justo y más libre.