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Foto: Esteban Cobo/EFE
12 febrero 2021
Hector González
Columnas

“LA LIBERTAD, EL DON MÁS PRECIADO”

Al poeta español Luis Alberto de Cuenca ni la pandemia le quita lo bailado. “Para mí la poesía siempre ha sido territorio de la libertad, incluso ahora”, sostiene. Y recuerda los versos de uno de sus ídolos, el francés Paul Éluard: “Por el pájaro enjaulado,/ por el pez en la pecera,/ por mi amigo que está preso/ porque ha dicho lo que piensa./ Por las flores arrancadas,/ por la hierba pisoteada,/ por los árboles podados,/ por los cuerpos torturados, yo te nombro, libertad”.

Figura de la lírica en castellano el escritor es un desenfadado defensor de la impostura y el libre pensamiento sobre todas las cosas, aunque eso hoy sea, en sus propias palabras, políticamente incorrecto.

—Hace poco recordé su libro Sin miedo ni esperanza: creo que conecta con el presente.

—No lo había pensado pero tienes razón. Aquel título viene de un adagio latino que se empleaba en los blasones y escudos nobiliarios, Nec metu nec spe (“Sin miedo ni esperanza”). Ahora podríamos adoptar esa actitud. Es mejor encarar el horror de la pandemia desde la ausencia del miedo, aunque esto parece alargarse más y más tiempo.

—¿Cómo no tener miedo?

—Miedo tenemos todos: es la sensación más común en la humanidad. Adagios como Nec metu nec spe nos ayudan a superarlo. La literatura y el arte nos ayudan a vivir, a superar la desazón que supone estar vivo y que procede de nuestra condición humana y tan perecedera.

—Usted ha sabido rebelarse a esa desazón por medio de la escritura.

—A mí la literatura me ha ayudado siempre y desde niño. Comencé con los cómics. De hecho, en mi formación fue muy importante la editorial mexicana Novaro, cuya distribución era enorme en los países de habla hispana. Después me sumé a la movida madrileña y colaboré con músicos como Javier Gurruchaga y Loquillo. Fue un momento curioso que se produjo al recuperar la libertad. Lo vivimos con intensidad y desgraciadamente las drogas se llevaron a muchísima gente. No hubo la contención normal de los países libres. En España pasamos de la supresión absoluta de la dictadura a un sentido de la libertad poco responsable y varios se quedaron en el camino.

—¿A partir de ahí, entonces, su poesía alcanzó mayor libertad?

—Para mí la poesía siempre ha sido un territorio de libertad. Mi padre me leía en voz alta a Rubén Darío y desde entonces me quedé prendado de la literatura. Comencé a escribir en un cuaderno de tapas rojas que me regaló mi madre a los doce años y desde entonces no he parado.

Defensa de la duda

—Usted ha dicho que durante la dictadura franquista había más libertad de pensamiento que ahora.

—A lo que me he referido con esas declaraciones es que contra Franco se vivía con más libertad. Ahora la corrección política o political correctness, que viene fundamentalmente de las universidades estadunidenses, creó una especie de red de contención para imponer un pensamiento único. Creo que lo ideal es que cada quien sea libre de pensar lo que quiera sin que haya un pensamiento dominante. La corrección política creó un espacio de dominio con el que no estoy de acuerdo; es una forma de maniatar y privar a la gente de las libertades habituales en una sociedad democrática.

—¿Es posible una convivencia sana entre la corrección política y la libertad?

—La convivencia entre ambas es mala. La libertad es el don más preciado del mundo. Paul Éluard, uno de mis poetas, le dedicó un enorme poema: Yo te nombro, libertad. No podemos dejar de buscarla y de entender que solo termina donde empieza la de nuestro semejante. Hay una tendencia a corrientes como el “buenismo”: no son más que brazos de la political correctness. Jean-Jacques Rousseau, el gran pensador y creador de Emilio, un personaje bueno por naturaleza, terminó siendo usado por los nazis. Al final tanto Rousseau como Emilio terminaron en la base de todos los fascismos y totalitarismos modernos. Hoy estamos muy próximos a ese tipo de “ismos” debido al auge de los populismos, tanto de izquierda como de derecha.

—¿En términos de ideología política qué tan afín es al joven Luis Alberto de Cuenca?

—Creo que desde los 15 años estoy más o menos en la misma actitud. Soy una persona que, como diría Borges, por escepticismo milita en una especie de pensamiento conservador. La humanidad avanza gracias a la duda, no al dogma. Tanto la izquierda como la derecha tienen dogmas inaceptables. Comulgo con ese vago sentimiento conservador borgiano porque, insisto, me parece de un escepticismo profundo.

—¿Vivimos tiempos dogmáticos?

—Creo que sí. Esta es una prueba que nos han puesto dioses que, por cierto, tienen muy mala leche. La percepción de nuestro amigo como un posible agente de contagio nos pone a la defensiva. Al no podernos abrazar ni acercar a nadie nos enfrentamos a un nuevo obstáculo. No obstante saldremos adelante. Al final todo se acaba, lo bueno y lo malo. Otra cosa es que la pandemia acabe antes con nosotros.

—¿La pandemia ha puesto en peligro a la libertad?

—Claro. Sin ser negacionista, que no lo soy, sí reconozco que para los gobiernos será muy tentador mantener las restricciones que hoy se aplican para frenar los contagios.

—Usted ha escrito sobre la muerte. ¿Percibe un cambio en su conciencia de la finitud a partir de la pandemia?

—Es verdad que se profundizó con la pandemia. Perdí a mi suegro, una persona de 96 años muy culta y encantadora. Lo tremendo en dado caso es que no hay forma de escapar. Heráclito escribió: “¿Cómo escapar de un sol que no se pone?” No hay crepúsculo para esta enfermedad. Es terrible porque además la gente muere sola y eso vuelve todo más dramático. No me cabe duda que hay avances tecnológicos maravillosos. Ahora mismo tú y yo podemos hablar desde nuestras casas. No obstante la cibernética no suple a las relaciones humanas.

Luis Alberto de Cuenca nació en Madrid el 29 de diciembre de 1950. Interrumpió sus estudios de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid para licenciarse en Filología Clásica. Ahora es doctor en Filología Clásica. Ha sido director de dicho instituto y de la Biblioteca Nacional de España, además de ministro de Cultura. Su obra poética incluye los libros Los retratos, Necrofilia, La caja de plata, El otro sueño, Por fuertes y fronteras, Sin miedo ni esperanza y Se aceptan cheques, flores y mentiras, entre otros. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Poesía. Además es integrante del jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras.