CIUDAD DE MÉXICO, 29NOVIEMBRE2018.- Los escritores Juan Villoro y Roger Bartra participaron en la conferencia "¿Fracasó el movimiento estudiantil de 1968?”, en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. 
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29 octubre 2020
Hector González
Columnas

“SI LA LIBERTAD NO SE ENTIENDE DE MANERA INTELIGENTE SE CONVIERTE EN CAOS”

Una de las paradojas de la libertad es que siempre debe ser relativa y no vulnerar al otro.

“El ser humano no vive solo en una dimensión material: necesita soñar, ilusionarse y pensar”, sostiene Juan Villoro. Al escritor mexicano la pandemia lo tomó dando clases en Estados Unidos. Alcanzó a regresar y desde entonces sigue con atención un momento inédito como este.

Convencido de que la libertad de elegir es una de las cosas que nos definen como seres humanos, el autor de libros como Examen extraordinario y El vértigo horizontal es consciente también de que su ejercicio necesariamente estará acotado por límites.

—En Examen extraordinario, su nuevo libro, escribe: “El principal combustible del arte es la inseguridad”. ¿Se ha potenciado esto durante la pandemia?

—Inevitablemente todas las cosas que nos gustan nos ponen nerviosos. Escribir implica dudar y ponerse en tela de juicio. Hoy todos estamos en esa tesitura y ante un enemigo invisible que no sabemos cuándo pasará. Es una situación muy cercana a la que se imaginó Buñuel en El ángel exterminador o a las historias de aislamiento que ocurren en islas desiertas. La pandemia enfatiza muchas cosas imaginadas desde la literatura.

—Y muchas no necesariamente buenas…

—Sin duda, pero también es una maravillosa oportunidad para replantearnos cosas. El ecocidio que sufre el planeta nos ha llevado a un límite. Algunos científicos proponen que a esta era geológica se le llame Antropoceno para denotar el papel pernicioso que ha tenido el ser humano. El virus forma parte de este mundo interconectado y contagioso, pero incapaz de responder con unidad a problemas sanitarios. Por desgracia el ser humano es experto en oportunidades perdidas.

—¿Esto replantea nuestra idea de la libertad?

—La libertad siempre ha tenido límites. Los grandes teóricos del tema nunca lo han visto de otra manera. En aras de la libertad de expresión no se puede defender el derecho de los fascistas a quemar libros. Si no la entendemos de manera inteligente se convierte en el ejercicio del caos más irrestricto.

—Giorgio Agamben y Bernard-Henri Lévy cuestionan la facilidad con que aceptamos el confinamiento y la pérdida de libertades…

—Agamben es uno de los filósofos más importantes de nuestro tiempo, pero claramente se equivocó y minimizó la pandemia. Habló del estado de excepción y desde luego el coronavirus permite que haya mayor control sobre nosotros producto del tecnopolio que ya padecemos. Desde luego la dependencia progresiva de los aparatos y la realidad virtual nos convierte en rehenes de sociedades autoritarias. Ya sabemos que la principal mercancía del planeta son los datos personales. Sin duda es necesario estar alerta al respecto, pero tampoco podemos hacer a un lado los efectos del virus. Me parece que estamos en la franja de una libertad mal entendida y sin límite alguno. Una de las paradojas de la libertad es que siempre debe ser relativa y no vulnerar al otro. Toda libertad está acotada por límites.

Cultura necesaria

—En alguna conferencia le oí equiparar la imaginación como un espacio de libertad, en particular en momentos como este.

—Totalmente. Hemos soportado el tedio, la desesperación y la zozobra del encierro gracias a la posibilidad de representar el mundo; a divertirnos con los memes; a recitar poemas, cantar o leer libros. La imaginación ha demostrado su importancia en nuestra constitución como sujetos y como elemento liberador en momentos de confinamiento. Por eso me parece agraviante que algunos gobiernos cuando hablan de la recuperación se refieran nada más a lo económico e ignoren lo educativo y lo cultural. El ser humano no vive solo en una dimensión material: necesita soñar, ilusionarse y pensar. En Los hermanos Karamazov Dostoievski recuerda el pasaje de Jesús cuando dice: “No solo de pan vive el hombre”. Lo importante es que el hombre con su libre albedrío conciba la fe, no que sea obligado a tenerla. A través de esa parábola se nos dice que lo que define al ser humano es la libertad de elegir. Y esa libertad es cultural.

—Aunque a nivel global la cultura se ha visto particularmente afectada…

—Tienes razón. Necesitamos condiciones materiales de existencia y la economía es fundamental, pero lo espiritual es igual de importante. En la Segunda Guerra Mundial Churchill expresó: “¿Me pueden decir para qué diablos hacemos la guerra si no es para defender nuestra cultura?” En otro momento también señaló que Inglaterra ganó porque no cerró los teatros durante los bombardeos. La fuerza de la cultura es esencial para una sociedad, pero esto no siempre se entiende. Actualmente muchos mandatarios lo tienen desterrado. Confucio decía: “Necesito arroz para vivir y flores para saber que vivir vale la pena”.

—¿Ha cambiado en algo su forma de ver las cosas a partir de la pandemia?

—Yo creo que a todos. Ahora soy sordo del oído izquierdo. Una enfermedad repentina producto de un virus, no necesariamente Covid-19, me dejó un padecimiento llamado tinnitus. Es un mal menor pero siempre lo relacionaré con este periodo. En lo positivo me ha permitido escribir muchísimo y concluir varias obras. Todos hemos contribuido a la contaminación excesiva del ecosistema y esta es una oportunidad para replantear nuestra relación con el planeta. El problema es que la esperanza no es una realidad tangible: se construye entre todos.

Perfil

Juan Villoro nació en la Ciudad de México en 1956. Es narrador, cronista y ensayista. Estudió Sociología en la UAM. Fue agregado cultural en la embajada de México en Berlín y profesor de Lengua y Literaturas Hispánicas y Estudios Latinoamericanos en la UNAM, en Yale y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Es integrante del Sistema Nacional de Creadores desde 1994. Premio Cuauhtémoc de Traducción 1988 por Aforismos de Georg Christoph Lichtenberg; Premio Xavier Villaurrutia (1999) por La casa pierde; Premio Herralde de Novela (2004) por El testigo; Premio Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán (2006) en la categoría de periodismo deportivo por Dios es redondo; Premio de Narrativa Antonin Artaud en México (2008) por Los culpables; Premio Internacional de Periodismo Rey de España (2010); Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (2012); Premio Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco (2015), otorgado por la FILEY; Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2016); Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (2018); Primer Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura (2018). Actualmente es director de El Colegio Nacional.