En el tejido social de México existe una herida que no deja de sangrar: la desaparición de niñas, niños y adolescentes. Las cifras, frías y punzantes, nos enfrentan a una realidad demoledora: cada dos horas un menor se desvanece de su entorno.
Ya sea por la sombra de la explotación sexual, que acecha principalmente a adolescentes de 14 años, o por el reclutamiento forzado, que arrebata a niños desde los diez, el resultado es un vacío que fractura familias y desafía la capacidad de respuesta del Estado.
Sin embargo, en los laboratorios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) la ciencia ha decidido no rendirse ante el paso del tiempo. Bajo el liderazgo de la doctora Ana Itzel Juárez Martín, del Centro de Estudios Antropológicos de la FCPyS, nace el Proyecto Regresa, una iniciativa que fusiona la rigurosidad de la antropología física con la potencia de la Inteligencia Artificial (IA) para una misión vital: vencer el olvido visual que imponen los años.
Todos hemos jugado con aplicaciones que “envejecen” nuestro rostro para entretenernos. No obstante, el Proyecto Regresa opera en una dimensión distinta: mientras que una App comercial suele limitarse a añadir arrugas o texturas, el algoritmo desarrollado en la UNAM se entrena en la biología del crecimiento.
El rostro humano no se expande de forma lineal. Existen picos hormonales, cambios en la estructura ósea del cráneo, variaciones en el tejido adiposo y ritmos de maduración que dependen tanto de la genética como de la etapa del desarrollo (especialmente en la transición de la infancia a la adolescencia). Regresa busca que la IA aprenda estas trayectorias reales.
Este enfoque tiene dos pilares fundamentales: entrenamiento biológico, que busca comprender cómo las hormonas de crecimiento y sexuales moldean las facciones; y, variabilidad poblacional, quizá su aporte más humano y necesario, pues los bancos de imágenes internacionales suelen estar sesgados hacia rasgos ajenos a nuestra realidad, y Regresa está creando el primer banco de imágenes específicamente mexicano, enseñando a la máquina a reconocer nuestras formas de nariz, grosores de labios y estructuras oculares.
Progresión y regresión: cerrando círculos
La utilidad de este desarrollo es bidireccional y profundamente ética. Por un lado, la progresión de edad permite que si un niño desapareció a los cinco años hoy podamos tener una imagen científicamente certera de cómo luce a los 15 o a los 20. Esto es crucial para la búsqueda a largo plazo, cuando los rasgos infantiles se han perdido en la memoria; por otro lado, la regresión de edad ofrece un camino hacia la identidad al permitir que un adulto que sospecha haber sido sustraído de su familia en la infancia pueda visualizar su rostro de niño, facilitando el reconocimiento por parte de padres o familiares que llevan décadas buscando un par de ojos conocidos.
A pesar del apoyo inicial de la Alianza UNAM-Huawei hoy el proyecto late gracias al esfuerzo voluntario de estudiantes y especialistas. El proceso es meticuloso: cada voluntario aporta fotografías de su vida (desde el nacimiento hasta la adultez) para que la IA extraiga los landmarks o puntos de referencia ósea en modelos 3D.
Construir esta base de datos es un acto de solidaridad colectiva. Para que la IA sea precisa necesita miles de rostros que le enseñen cómo somos los mexicanos. Actualmente el proyecto sigue recibiendo voluntarios mayores de edad dispuestos a donar su historia visual bajo estrictos protocolos de confidencialidad forense.
La ciencia no puede borrar el dolor de una ausencia, pero herramientas como Regresa demuestran que la tecnología, cuando se impregna de sensibilidad y contexto social, puede convertirse en una brújula poderosa.
En un país que busca a sus hijos, la IA se postula hoy como una aliada para que el tiempo deje de ser un enemigo y se convierta, finalmente, en el camino de vuelta a casa.
México: IA en búsqueda de desaparecidos

