El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping despertó grandes expectativas en la prensa internacional. Al cierre de esta edición, se esperan conversaciones significativas en materia comercial (aranceles), en la competencia por la Inteligencia Artificial (IA), en la rivalidad geopolítico-militar y hasta en el reparto mundial por minerales raros.
De igual manera, pareciera ineludible la discusión sobre el futuro de Taiwán o las armas nucleares. No creo, sin embargo, que se alcance ningún acuerdo trascendental en ninguna materia. No obstante lo anterior, me parece valiosísimo el encuentro entre las dos superpotencias. Era una necesidad apremiante en el escenario político internacional.
Habrá quien diga que un encuentro bilateral sin acuerdos sustantivos resulta estéril. Desde mi perspectiva, la interlocución personal ya es un logro entre dos rivales tan poderosos. Hablar con el diferente es la base de toda política de calidad y el piso mínimo de una diplomacia eficaz. Mientras estos dos gigantes de la política internacional mantengan comunicación fluida podremos evitar el peor escenario como humanidad, a saber, una guerra nuclear de exterminio entre las potencias.
Esa fue desde siempre la inquietud primordial de Henry Kissinger. De ahí que en su libro póstumo, Genesis, haya postulado la necesidad de que la IA siempre tenga el respaldo de un humano detrás que tome las decisiones. No podemos, dice Kissinger, dejar las decisiones en manos de las computadoras. Su papel es efectuar nuestras instrucciones, no decidir nuestro destino. Y esa debiera ser otra de las materias a discutir entre los dos gobernantes más poderosos del mundo.
Buena noticia
Volviendo al tema, insisto en que estamos ante una buena noticia con esta cumbre. Si bien el New York Times y la prensa liberal temen que Trump haga concesiones a China sobre el reparto del mundo, aún eso es mejor que la suspensión del diálogo entre las dos superpotencias. La preservación de la paz será siempre preferible a la perspectiva de una guerra de destrucción mutua asegurada, como la que se puede dar entre potencias militares con arsenal nuclear. Si se desea incidir en la agenda de este tipo de cumbres es preciso que la opinión pública mundial haga cabildeo en Estados Unidos o ejerza presión mediante movilizaciones populares, etcétera.
Pero negar el valor de que dos líderes mundiales cuya rivalidad es ostensible sostengan conversaciones bilaterales me parece un error grave.
El diálogo entre Estados Unidos y la Unión Soviética salvó al mundo de la guerra nuclear durante la Guerra Fría. Fue precisamente la capacidad para seguir intercambiando puntos de vista entre Kruschev y Kennedy lo que evitó la conflagración nuclear durante la crisis de los misiles. No sé si Trump y Xi están a la altura política de Kruschev y Kennedy pero me felicito de que sigan su ejemplo en la disposición a seguir conversando.
La humanidad no puede darse el lujo de que no hablen y, mucho menos, de que se declaren la guerra. Hay que creer en la política: no nos queda otra cosa como humanidad.

