LA ECONOMÍA DE LA INCERTIDUMBRE

Copia de COLUMNAS (1920 × 1080 px)-2.png
Columnas
Share

La economía ya no enfrenta solo riesgos. Enfrenta algo difícil: incertidumbre permanente.

La diferencia importa. El riesgo puede medirse y asegurarse. La incertidumbre aparece cuando no sabemos con precisión qué ocurrirá, cuándo ni con qué alcance. Durante décadas, empresas y gobiernos decidieron esperar una estabilidad razonable. Hoy deben hacerlo sin conocer las reglas que estarán vigentes dentro de seis meses. Es la diferencia entre jugar a las cartas y hacerlo con un mazo cuyas reglas cambian a mitad de la partida. La ventaja ya no está en producir más barato, sino en resistir lo inesperado.

Los organismos internacionales lo confirman. El Fondo Monetario Internacional (FMI) describe una economía atrapada entre dos fuerzas opuestas: la guerra en Medio Oriente y el auge tecnológico. En julio redujo a 3% su previsión de crecimiento mundial para 2026. La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) proyecta 2.8% este año, frente a 3.4% de 2025; la Organización Mundial del Comercio (OMC) calcula que el comercio de mercancías crecerá 1.9%, tras 4.6% de 2025. No es una recesión, pero sí una economía más lenta y con menos capacidad de anticipar el siguiente golpe.

El golpe tiene nombre hoy, se llama estrecho de Ormuz. Cuando una sola ruta concentra buena parte del petróleo, el gas y los fertilizantes del planeta, su cierre encarece la energía, dispara los seguros marítimos y reordena cadenas. La guerra golpea; la logística transmite el golpe.

La incertidumbre produce un efecto concreto: aplaza decisiones. Cuando una empresa desconoce el costo futuro de la energía, la seguridad de una ruta o la regulación de una tecnología, posterga inversiones y frena contrataciones. No porque espere una catástrofe, sino porque el margen de error se volvió demasiado amplio. La falta de certeza opera como un impuesto invisible, es decir, nadie lo cobra en ventanilla, pero todos lo pagan.

Hay, sin embargo, una fuerza que empuja en sentido contrario. Se trata de la inversión en Inteligencia Artificial (IA).

Este entorno modifica la lógica empresarial. Durante años, el ideal fue la eficiencia extrema: inventarios mínimos, proveedores únicos, cadenas para entregar justo a tiempo. Reducía costos mientras el mundo funcionaba con normalidad, pero se quebró con las disrupciones. De ahí la paradoja, para ser más resistentes, las empresas deben permitirse ser poco menos eficientes. Diversificar proveedores, mantener inventarios y asegurar rutas alternativas cuesta dinero, pero evita una interrupción total. La resiliencia no es gratuita, es una póliza contra un mundo menos predecible.

Estrategia

Lo mismo vale para los países. La energía, los alimentos, los semiconductores y los minerales críticos dejaron de ser mercancías, porque forman parte de la seguridad nacional. Por eso regresaron la política industrial y la búsqueda de proveedores confiables. El peligro está en confundir resiliencia con aislamiento, porque un país no se protege cerrándose al mundo. La autosuficiencia absoluta es una ilusión costosa; la dependencia absoluta, una imprudencia. Entre ambas está la verdadera estrategia.

México debe leer bien este momento. Su cercanía con Estados Unidos, su base manufacturera y su red de tratados le ofrecen una oportunidad extraordinaria. Pero la relocalización no llegará solo por geografía, puesto que las empresas comparan seguridad, energía, agua, logística y certeza jurídica. Ese es el punto decisivo; en la economía de la incertidumbre, la confianza institucional se vuelve infraestructura productiva. Una regla que cambia sin aviso, un contrato incumplido o un tribunal que tarda años encarecen tanto como una carretera rota. La certidumbre jurídica no es un adorno democrático, es una condición económica.

El mundo no dejará de crecer, comerciar ni innovar, ni está condenado a una crisis permanente. Pero entró en una etapa donde los sobresaltos serán más frecuentes y la previsión más estrecha. La prosperidad futura no dependerá de adivinar el próximo problema, sino de construir economías capaces de absorberlo. Antes, la competitividad se medía por cuánto podía ahorrar un país. Ahora, por cuánto puede soportar sin detenerse.

×