EL FUTBOL

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Columnas
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El juego del hombre.

Cada cuatro años el mundo parece detenerse. Las guerras continúan, los gobiernos siguen cayendo, la pobreza permanece en los mismos rincones y las ciudades siguen creciendo como monstruos de concreto. Sin embargo, durante un breve instante, millones de personas vuelven la mirada hacia una simple esfera de cuero que rueda sobre el césped. Es la Copa Mundial de la FIFA 2026™, el torneo más importante del planeta, una celebración capaz de unir a desconocidos y dividir familias enteras por 90 minutos.

La historia comenzó en 1930, cuando Uruguay organizó el primer torneo y se coronó campeón. Aquella fue una época en la que viajar entre continentes era una aventura y el futbol apenas comenzaba a descubrir su inmenso poder. Después vendrían Italia en 1934 y 1938, utilizando el torneo como escaparate nacional. La Segunda Guerra Mundial obligó a suspender las ediciones de 1942 y 1946, como si incluso el balón hubiera tenido que esconderse de la locura humana.

En 1950 Uruguay volvió a sorprender al mundo derrotando a Brasil en el legendario Maracanazo. Cuatro años después apareció Alemania Federal para iniciar una tradición de disciplina y grandeza. Brasil conquistó los torneos de 1958 y 1962, impulsado por un joven llamado Pelé, quien transformó el futbol en una forma de arte.

La década de los sesenta concluyó con Inglaterra levantando la copa en 1966. Luego llegó México 1970, considerado por muchos el mejor campeonato de la historia. Ahí Pelé alcanzó la inmortalidad. Alemania ganó en 1974 con la elegancia de Beckenbauer, mientras Argentina celebró en casa en 1978.

España 1982 vio coronarse a Italia, pero México 1986 perteneció a un solo hombre: Diego Armando Maradona. Su talento y sus contradicciones quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva. Alemania obtuvo nuevamente la gloria en 1990, Brasil regresó en 1994 y Francia hizo historia en 1998 al conquistar su primer campeonato.

Milagros

El nuevo milenio comenzó con Brasil campeón en 2002. Italia levantó el trofeo en 2006 después de una dramática final. España alcanzó la cima en 2010 gracias a una generación irrepetible. Alemania conquistó Brasil 2014, dejando una herida imborrable con el histórico 7-1. Francia triunfó en 2018 y Argentina, guiada por Lionel Messi, se coronó en Catar 2022 en una de las finales más emocionantes jamás disputadas.

Pero estos eventos son mucho más que una lista de campeones. Son recuerdos. Son fotografías escondidas en la memoria de los pueblos. Cada generación tiene su propio campeonato, su propio héroe y su propia tragedia. Algunos recuerdan las atajadas imposibles de Lev Yashin; otros, la sonrisa de Pelé; otros más, las lágrimas de Roberto Baggio o la magia de Zidane.

La verdadera pregunta es: ¿por qué nos gusta tanto el futbol?

Quizá porque es la historia más sencilla jamás contada: 22 personas persiguiendo un balón para llevarlo hasta una red. No hacen falta traducciones ni explicaciones complejas. Un niño en la calle con dos botes de portería en México, un campesino en Argentina o un oficinista en Tokio entienden las reglas casi de inmediato.

También porque el futbol representa algo humano: la esperanza. Durante 90 minutos, cualquiera puede derrotar al gigante. El equipo pequeño puede vencer al poderoso. La lógica puede romperse. Los milagros existen y, a veces, suceden frente a millones de espectadores.

Son además una gigantesca ceremonia emocional. Los himnos nacionales, las banderas ondeando, los estadios repletos y las lágrimas de los jugadores crean una atmósfera que se parece más a una religión que a un deporte. Cada aficionado deposita en su selección una parte de sus sueños. Cuando su equipo gana, siente que gana también. Cuando pierde, experimenta una derrota íntima y dolorosa.

Quizá por eso el futbol nunca dejará de fascinarnos. Porque en un mundo cada vez más complicado, sigue ofreciendo una historia simple. Porque nos recuerda que la gloria y la tragedia pueden separarse por apenas unos centímetros. Porque en cada campeonato la gente vuelve a ser niños frente a una pantalla (yo no, a mí me caga), creyendo que el próximo gol puede cambiarlo todo.

Y mientras exista un balón rodando sobre el césped, mientras haya alguien dispuesto a celebrar o a llorar por once jugadores vistiendo los colores de su patria, los campeonatos seguirán siendo la gran novela colectiva de la humanidad.

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