Cuando alguien me diga que la ropa es una frivolidad superficial o simples pedazos de tela sin mayor trascendencia le voy a recordar una escena de House of the Dragon que considero una de las más simbólicas de la televisión contemporánea. Ocurre en el quinto episodio de la primera temporada, durante el banquete de bodas de la princesa Rhaenyra Targaryen y Laenor Velaryon.
Es una escena increíble; la puesta en escena y la cinematografía son de otro nivel, la música y el vestuario son perfectos. Pero lo verdaderamente importante ocurre cuando la reina Alicent Hightower interrumpe el discurso del rey Viserys. Llega tarde, camina con la cara en alto y capta la atención de toda la corte: está usando un imponente vestido verde.
Sin contexto, podrían decirme: “Verde, ¿y?” Pues bien, el color de su vestido es más que una elección por gusto o moda: es básicamente un llamado a la guerra. En la misma escena vemos que Larys Strong hace un comentario sobre el color y le comenta a su hermano Harwin que el verde es usado por los Hightower cuando llaman a sus abanderados a la guerra.
Así que no, la guerra no comenzó cuando los verdes tomaron el trono, como era de esperar. No comenzó cuando Aemond mató a Luke. No comenzó cuando Rhaenyra dio a luz a Jade. La Danza de los Dragones, esa disputa que veremos estallar en la tercera temporada, comenzó la noche en que Alicent usó ese vestido verde para el banquete de su hijastra.
Esto lo conecto de forma directa con el planteamiento que hace Leslie Jamison en su artículo para The New Yorker. Aquí se destruye la idea de que la vestimenta es un asunto trivial y propone el concepto de las “superficies profundas”: la ropa funciona como un lapsus linguae, un síntoma que delata lo que el inconsciente calla. Nuestra ropa dice cosas sobre nosotros que no podemos o no queremos verbalizar; la ropa siempre habla, incluso cuando intenta guardar silencio.
Nunca más
Alicent no usó el verde solo para desafiar a la corona; lo usó porque la vestimenta, como bien apunta Jamison en su ensayo, es una manera de alterar nuestra imagen. No nos vestimos únicamente para expresar quiénes somos sino para experimentar quiénes podríamos ser o para aceptar aquello que tememos. El vestido verde fue la “armadura provisional” que le permitió a una reina sumisa experimentar con la crueldad, la soberanía y la declaración explícita de una guerra que ya se cocinaba en su interior.
Cuando llegamos al final de nuestro día y nos quitamos la ropa que utilizamos, no es un simple gesto; es matar un personaje provisional. Alicent se quitó ese vestido pero no regresó a su esencia natural. La piel de la reina calculadora, fría y dispuesta a la crueldad ya se había incrustado a su cuerpo. A partir de esa noche nunca volvió a usar otro color que no fuera verde.

