Dedicarse a escribir es aprender a convivir con la locura, los temores, la rabia, los milagros, el amor, el corazón roto, la desilusión, la esperanza, la cordura. Es volver de la demencia con la voluntad, para reescribir, intacta.
Dedicarse a escribir implica mucho más que el hecho de sentarse frente a una computadora a teclear o llenar un cuaderno de palabras: escribir un libro es vivir en varios mundos simultáneos, el real y los que van naciendo conforme aparecen la idea, los personajes y sus anécdotas; la historia.
Dedicarse a escribir es aprender de tantos temas como ocupaciones existen, es enloquecer a Google con búsquedas disímiles, es obsesionarte con una estructura y tener que modificarla cuando reescribes si entorpece al texto, es buscar a tus personajes entre los peatones, es cazar chismes en los lugares menos esperados, es domar ese párrafo rebelde con ayuda de un sueño.
Dedicarse a escribir es saber que puedes haber invertido años en una novela, un ensayo, una colección de cuentos, un poemario y tener que descartarlo porque algo no terminó de cuajar. Es darte cuenta de que investigabas para algo y resulta que no te irás por el camino que pensabas. Y de todas formas inicias un nuevo proyecto.
Dedicarse a escribir también es eliminar más cuartillas de las que conservas, odiarte por temporadas y amarte en ocasiones; leer los trabajos ajenos y preguntarte si vale la pena seguir escribiendo. Y, sin embargo, sigues.
Mundo real
Por eso utilizar la Inteligencia Artificial (IA) para escribir esa idea que se prendió en tu cabeza me parece lo más triste del mundo. Es un desperdicio regalarles a los algoritmos lo más gozoso de dedicarte a escribir, lo más rico: el proceso. La batalla intelectual, emotiva, personalísima de darle forma al contenido de tu mente para compartirlo con tus lectores, esas personas que van a invertir su dinero y su tiempo en leer lo que creaste.
Alguien me decía hace unos días: “Yo escribo el texto, y después le pido a Copilot que me lo reescriba”. Sé que parece inocente. No lo es. Al dejar que una máquina decida la elección de tus oraciones, aunque la idea sea tuya, le quitas a tu cerebro el trabajo de esforzarse, de generar nuevas conexiones neuronales al retarlo a crear diferentes versiones de la misma idea. La IA gana información, tú pierdes habilidades. Así como la práctica hace al maestro, la falta de ella tiene el efecto contrario, la ejecución artística es celosa y posesiva. Aplica lo mismo para corregir y editar.
Además, ¿cómo vas a desarrollar tu propia voz como autor, si quien decide la redacción, la sintaxis y la utilización exacta de tus palabras no eres tú?
La IA es una herramienta, como un martillo, una liga para el pelo, un cuchillo, una amiga chismosa, la tía que sabe quién es hijo de quién y todos los secretos familiares, una enciclopedia o una calculadora. Hay que utilizarla como tal para no convertirla en la mano que mueve el pincel o la mente detrás de una ópera o la voz de una generación.
No me importa sonar como vieja cascarrabias para convencerte de utilizar lo más intensamente posible el increíble órgano que tienes dentro del cráneo y posee 100 mil millones de neuronas para seguir conectándote con otros seres humanos por medio de los sentimientos y la empatía que habitan en la literatura.
A fin de cuentas, la vida se trata de aprender, evolucionar y experimentar en el mundo real, el virtual no es más que información y entretenimiento.
Usa tu talento y no dejes que nada ni nadie sea condescendiente con tu inteligencia natural.

