Los mentores son uno de los regalos más grandes de la vida. Esas personas que, voluntaria o involuntariamente, ya sea por una relación cercana o una enseñanza a distancia, las conozcas o jamás hayas cruzado una palabra con ellas, te dejan lecciones y aprendizajes que se convierten en herramientas para transitar los días con más sabiduría.
Mi primer mentor fue David Siller, editor de Camaleón, la sección cultural de la revista Época, en 2002, en mi primer empleo. David es periodista, fundador del unomásuno, colaborador de Excélsior, Canal 11 y muchos medios más. Escritor de crónicas en libros publicados en México y Alemania. Sus obras Aquí, allá y en todas partes y Uno de estos días coincidieron con mis ojos cuando estaba yo recién egresada de la universidad con el sueño de dedicarme a escribir y no morirme de hambre.
Llegar al otro lado de su escritorio como correctora de estilo en Época fue mi primer golpe de suerte como aspirante a escritora profesional. Es un hombre generoso, de mirada inquieta e incisiva y energía que se expande hacia sus interlocutores: no hay forma de que pase desapercibido. Pocas veces he visto en alguien esa disposición de compartir lo aprendido con años de trabajo y esfuerzo desde una postura de generosidad sin ego y con ánimo de ayudar a otros a construir.
David me enseñó a corregir, a editar, a observar las entrelíneas del mundo, del arte, de la literatura, de la música, de las otras personas. Bajo su mando no solamente corregí 52 ediciones de Camaleón sino que aprendí a seleccionar la mejor fotografía para ilustrar un artículo, redacté ensayos periodísticos, notas de prensa, reportajes, crónicas, reseñas y, lo que más me fascinó, hice múltiples entrevistas a actrices, actores, músicos, directores de cine y teatro, escritores, artistas plásticos, incluso a médicos y científicas. Desde Ricardo Arjona, hasta Pat Metheny, pasando por Diego Luna, Antonio Sánchez y hasta una chica Almodóvar, Cecilia Roth.
Vocación
Mi primera colaboración publicada fue un ensayo sobre los 100 años de Manuel Álvarez Bravo. A las dos semanas de trabajar con él me dijo: “Ten este libro, léelo y escribe lo que te inspira. Si me gusta, lo publicamos”. El resto es historia. Cada texto que entregaba pasaba por el ojo crítico y experimentado de David, quien me corregía con severidad y ternura: cuando le di a leer el borrador de una de mis novelas me felicitó por el esfuerzo y me sugirió, con delicadeza, colocarla al fondo del bote de basura y olvidarme de ella.
Las 52 semanas que compartí con él en la redacción de la revista, en la esquina de la avenida Álvaro Obregón y Medellín, en la Ciudad de México, fueron un curso intensivo de escritura, de autoconfianza, de afianzar cada vez más mi vocación en las letras.
Años después de trabajar con él me convocó para corregir y editar otros libros y hasta las memorias de un gobernador. Además, presentó uno de mis primeros títulos, por allá de 2005, y nunca nos perdimos la pista.
David Siller es una de las personas más importantes de mi vida profesional, un escritor brillante y mejor persona que me enseñó a confiar en mí no solo como reportera, sino además como autora de ficción.
Hace unas semanas me entregó el borrador de su primera novela para fungir como lectora alfa. Fue muy emocionante y conmovedora la oportunidad de darle mis comentarios de editora profesional al señor que me convirtió en una y, sobre todo, reconocer, 24 años después, que seguimos compartiendo la pasión por escribir.

