Llevo un par de semanas obsesionada con love love FLAKK, el último disco del palmesano Rels B. El concepto es preciso y las canciones son frescas, sostenidas por una producción impecable. Sin embargo, si algo tengo que reclamarle a él —y de paso al argentino Trueno, cuyo reciente álbum también lo escuché hasta hartarme— es que las canciones duran menos de tres minutos.
Es importante precisar que esto no es nuevo sino una regresión histórica forzada por la industria. Entre las décadas de 1920 y 1950 la música popular se mantenía por debajo o alrededor de los tres minutos debido a las limitaciones físicas de los discos de 78 RPM. A partir de los sesenta, con el LP y el auge del rock progresivo, la duración promedio subió de manera constante hasta alcanzar su pico a mediados y finales de los ochenta rozando los cuatro minutos y medio. Pero a partir de los noventa, y drásticamente con el streaming, la tendencia se revirtió.
En ese entonces la música se tomaba su tiempo para construir atmósferas, pero actualmente es preocupante que las canciones se estén acortando de nuevo. Esto lleva un rato ya y claramente se trata de una dinámica provocada por el streaming, donde en plataformas como Spotify, cuyas regalías se activan si el usuario reproduce apenas 30 segundos de un tema, la industria descubrió que es más rentable inyectar un coro pegajoso de inmediato y diluir el resto.
Fragmentos inconclusos
Bajo este panorama me parece que el encogimiento de la música responde a dos síntomas contemporáneos.
El primero tiene que ver con la capacidad de retención que tenemos: vivimos bajo la tiranía de la inmediatez, donde el oyente promedio sufre de una ansiedad digital que le impide escuchar un tema de principio a fin sin activar el botón de skip… ¡y peor si la canción dura más de tres minutos!
El segundo síntoma es la presión que el uso de plataformas como TikTok ejercen en el proceso creativo. ¿Quién no ha escuchado la famosa regla de los tres segundos? Sobre que si no atrapas al usuario en ese lapso quedas sepultado en el olvido del scroll. Esto genera que los artistas ya no aspiren a estructurar un álbum trascendental que construya un universo sino a hacer un fragmento que explote en el algoritmo y se convierta en un trend para hacer más dinero.
Se les olvida que las canciones te cuentan historias y el valor de la música radica en teletransportarte hacia otros mundos. En la posibilidad de perderse en canciones de hasta 20 minutos donde Pink Floyd construye paisajes mentales, Fela Kuti consolida revoluciones desde la espiral del ritmo o King Gizzard te sumerge en una sicodelia hipnótica. Todos esos universos requieren de tiempo para distorsionar la realidad y no caben en dos minutos y 30 segundos.
Me atrevo a decir que uno de los círculos del infierno —al menos para mí— es escuchar infinitamente álbumes de canciones de menos de tres minutos; una tortura de fragmentos inconclusos que se cortan enseguida, justo cuando empezabas a orbitar en la espiral, dejándote suspendido en el vacío.

